SABERSINFIN
Por Abel Pérez Rojas.
La detención y posterior abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), volvió a colocar a México frente a sí mismo. Durante horas —y luego durante días— el país vivió un estado de tensión que reactivó viejos temores y evidenció nuevamente las fracturas profundas de nuestra realidad social.
Los reportes comenzaron a multiplicarse casi de inmediato. Bloqueos carreteros, incendios de vehículos, enfrentamientos armados y actos de violencia se registraron en distintas regiones del país como reacción del crimen organizado ante la caída del líder criminal. Las imágenes circularon con rapidez en redes sociales y portales informativos mientras la ciudadanía intentaba comprender qué estaba ocurriendo realmente.
Lo que vivimos en esas horas tuvo un aire inquietantemente familiar. Calles vacías, comercios cerrados antes de tiempo, familias resguardadas y una avalancha de información contradictoria.
En muchos sentidos, el ambiente recordó los primeros momentos de la pandemia de COVID-19: miedo, saturación informativa y la sensación de que el día siguiente podía traer una nueva incertidumbre.
Durante buena parte de la jornada seguí el desarrollo de los acontecimientos cotejando versiones, revisando portales informativos y observando el pulso de las redes sociales. Intentaba apropiarme de una versión razonablemente verosímil de la realidad para dimensionar lo que estaba pasando.
Pero al mismo tiempo apareció una pregunta inevitable para quienes vivimos en el territorio de la palabra: ¿qué papel juegan los poetas y la poesía cuando la violencia vuelve a irrumpir con tal intensidad en la vida colectiva?
No era la primera vez que me hacía esa pregunta.
En marzo de 2020, cuando el mundo comenzó a paralizarse por la pandemia, surgió la iniciativa #PoesíaALasOcho, una convocatoria abierta para leer, escribir y compartir poesía todos los días. Aquella práctica colectiva nació como una forma de hacer frente a la incertidumbre, al aislamiento y al miedo.
Con el tiempo comprendí que ese gesto no era improvisado ni casual
. La historia cultural demuestra que la poesía suele emerger con mayor fuerza en los momentos de crisis, cuando las sociedades buscan un lenguaje capaz de nombrar lo que la razón instrumental no alcanza a explicar.
El filósofo Martin Heidegger sostenía que el lenguaje es “la casa del ser”.
Dicho de otro modo: habitamos el mundo a través de las palabras que utilizamos para comprenderlo. Cuando el lenguaje se empobrece, también se empobrece nuestra comprensión de la realidad.
Desde esta perspectiva, la poesía cumple una función singular: ensancha los límites del lenguaje y, con ello, amplía nuestra experiencia del mundo.
Octavio Paz lo expresó de manera memorable al afirmar que la poesía no es solamente un género literario, sino una forma de conocimiento.
El poema revela una dimensión de la realidad que no puede ser capturada por el discurso técnico ni por la lógica puramente racional.
Por eso, en contextos de violencia, la poesía adquiere una dimensión social inesperadamente profunda.
La poesía puede convertirse en un megáfono de denuncia, una forma de nombrar las arbitrariedades, los abusos y los delitos que no respetan nada ni a nadie.
La palabra poética no sustituye a las instituciones ni a la justicia, pero sí puede preservar la conciencia moral de una sociedad.
Pero al mismo tiempo la poesía cumple otra función: nos permite mirar más allá de lo evidente.
En cierto sentido, nos ayuda a salir —aunque sea momentáneamente— de la caverna platónica en la que solemos vivir.
Desde dentro de esa caverna apenas alcanzamos a describir las sombras que proyecta la realidad inmediata y terminamos creyendo que esas sombras son el mundo completo.
La poesía, en cambio, abre una escisión en ese muro y nos permite sospechar que existe algo más profundo detrás de los acontecimientos visibles.
La violencia, por ejemplo, no es solamente un fenómeno criminal o policial. También es un fenómeno cultural. Se alimenta de imaginarios, símbolos y narrativas que moldean la percepción colectiva de la realidad.
Aquí resulta pertinente recordar a Pierre Bourdieu, quien explicó que las sociedades se organizan a partir de campos simbólicos donde distintos discursos compiten por imponer su visión del mundo.
En ese terreno simbólico se libra una batalla silenciosa.
Si dejamos ese espacio vacío, otros discursos ocuparán su lugar.
Y eso es exactamente lo que ha ocurrido en muchos contextos del país.
Cuando la cultura crítica se debilita y la poesía pierde presencia en la conversación pública, otras narrativas comienzan a colonizar el imaginario colectivo.
Una de ellas es la narrativa del crimen organizado.
A través de los narcocorridos y otras expresiones musicales se construye una estética de la violencia que glorifica la vida de los cabecillas, relata las acciones de un cártel frente a otro y presenta la criminalidad como una forma de poder, valentía o ascenso social.
No se trata de un fenómeno inocente.
Es una operación cultural que busca normalizar conductas criminales y transformar a los perpetradores de violencia en figuras míticas.
Bajo esa lógica, la lírica —que históricamente ha servido para cantar la vida, el amor o la memoria— termina puesta al servicio de intereses que poco tienen que ver con la dignidad humana.
La palabra se convierte entonces en propaganda simbólica del crimen.
Por eso es fundamental recuperar el lugar de la poesía como espacio de conciencia.
Frente a la narrativa que romantiza la violencia, la poesía auténtica recuerda que la vida humana no puede convertirse en espectáculo ni en mercancía simbólica. Su tarea es otra: dignificar la palabra, cuestionar las estructuras de violencia y abrir posibilidades para imaginar una convivencia más humana.
Mientras seguía las noticias sobre el abatimiento de “El Mencho”, pensaba también en la responsabilidad cultural que tenemos quienes trabajamos con el lenguaje.
Los poetas no somos estrategas de seguridad pública ni jueces penales. No tenemos soluciones técnicas para los problemas estructurales que alimentan la violencia.
Pero sí podemos ofrecer algo que no es menor: una mirada que busca comprender, una palabra que intenta humanizar la conversación pública y una sensibilidad que recuerda que detrás de cada cifra hay vidas, historias y comunidades
.
Los hechos recientes nos recuerdan que México vive en una tensión constante entre la destrucción y la esperanza.
Por un lado, la violencia que aparece de manera intermitente en distintas regiones del país.
Por el otro, la persistencia de millones de personas que todos los días trabajan, educan, crean y resisten.
En medio de ese contraste, la poesía sigue siendo una forma de resistencia silenciosa.
Escribir un poema en tiempos convulsos no es un gesto trivial. Es una afirmación de la vida.
Porque al final los poetas también somos ciudadanos.
Y cada acontecimiento que sacude al país nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo con nuestras palabras y qué tipo de mundo estamos ayudando a construir con ellas.
Tal vez esa sea una de las tareas más profundas de la poesía en tiempos de violencia: recordarnos que, incluso en medio del miedo, seguimos teniendo la posibilidad de nombrar la realidad de otra manera y, al hacerlo, comenzar también a transformarla.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoetaPrincipio del formulario
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