SABERSINFIN . Abel Pérez Rojas.
La semana pasada, después de enviar mi artículo habitual para su publicación,
escribí otro texto bajo el título Domingo de barrio, en el cual describí algunos de
los festejos realizados con motivo de la fiesta patronal del Barrio El Parral, en el
Centro Histórico de la ciudad de Puebla.
Aquella experiencia me dejó pensando en algo que, aunque siempre ha estado
presente en mi vida, quizá debo reflexionar con mayor frecuencia y profundidad: la
estrecha relación que existe entre la poesía y el barrio.
El barrio o colonia es mucho más que una delimitación urbana.
Es un organismo
vivo construido por la memoria colectiva. Posee una identidad propia que surge de
las relaciones humanas, de las historias compartidas, de las fiestas, los conflictos,
las tradiciones y los afectos que se acumulan generación tras generación.
En 2006, Luis Fernando Paredes Porras, Eréndira Armas Aguirre y yo redactamos
la Carta del Barrio Educador, un documento inspirado en los principios de las
Ciudades Educadoras que buscó visibilizar el enorme potencial formativo de los
espacios comunitarios. Aquella iniciativa partía de una convicción sencilla: la
educación no ocurre solamente dentro de las escuelas.
Las calles, los mercados, las plazas, los vecinos y la convivencia también
enseñan.
Con el paso de los años he llegado a comprender que la vida barrial, además de
educar, también propician poesía.
La poesía suele asociarse con los libros o con los recitales literarios, pero antes de
convertirse en palabras escritas es una forma de mirar la realidad.
Es una
sensibilidad que permite descubrir significado donde otros observan únicamente
costumbre o rutina.
Por ello, los barrios constituyen verdaderas fábricas de símbolos, emociones e
historias.
No es casualidad que algunos de los grandes poetas de la humanidad hayan
encontrado en ellos una fuente permanente de inspiración.
Jorge Luis Borges convirtió a Palermo en territorio literario universal.
En sus
primeros poemas, las esquinas, los patios y el ambiente vecinal adquirieron una
dimensión casi mítica.
Charles Bukowski encontró en los barrios marginales de Los Ángeles el escenario
perfecto para retratar la vida de quienes suelen permanecer invisibles para la
historia oficial.
César Vallejo llevó a sus versos la experiencia cotidiana de las clases trabajadoras
y la memoria de los espacios donde transcurrió su vida.
Un ejemplo de lo anterior es el poema La violencia de las horas, en el cual Vallejo
nos conmueve así:
Todos han muerto.
Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.
Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas,
respondiéndoles a todos, indistintamente: «Buenos días, José! Buenos días,
María!»
Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también
murió a los ocho días de la madre…
Murió mi eternidad y estoy velándola.
Octavio Paz conservó siempre la influencia de Mixcoac, el barrio donde creció y
desde el cual comenzó a construir muchas de sus reflexiones sobre el tiempo, la
identidad y la condición humana.
Por ejemplo, en Epitafio sobre ninguna piedra, Paz dice:
Mixcoac fue mi pueblo: tres silabas nocturnas,
un antifaz de sombra sobre un rostro solar.
Vino Nuestra Señora, la Tolvanera Madre.
Vino y se lo comió. Yo andaba por el mundo.
Mi casa fueron mis palabras, mi tumba el aire.
Y Federico García Lorca encontró en los barrios populares de Granada, en sus
plazas y patios andaluces, algunos de los símbolos más poderosos de su universo
poético.
Todos ellos nos recuerdan que la poesía frecuentemente nace de territorios
concretos. Que las grandes obras suelen tener raíces profundamente locales
antes de alcanzar una dimensión universal.
Yo mismo soy un ejemplo vivo de esos vínculos entre poesía y barrio.
Cuando vuelvo la mirada hacia mi infancia, encuentro que gran parte de mi
sensibilidad se formó en las calles de la colonia Venustiano Carranza de
Tehuacán, Puebla. Aquellas calles fueron mi primer contacto con la diversidad
humana, con los juegos compartidos, con los relatos vecinales, con los ritmos de
la vida comunitaria y con las múltiples expresiones de la cultura popular.
Mucho de lo que posteriormente encontraría cauce en la escritura tuvo allí sus
primeras semillas.
Años después, la fundación de Sabersinfin y la escritura de mi primer poemario
estuvieron íntimamente ligadas al entorno conformado por las calles del Centro
Histórico de Puebla y por el emblemático barrio de El Carmen.
Quienes hemos caminado una y otra vez por esos espacios sabemos que poseen
una energía particular. Sus edificios antiguos, sus plazas, sus cafés, sus templos,
sus vendedores ambulantes y la constante circulación de personas provenientes
de distintos ámbitos generan un ambiente propicio para la reflexión, el diálogo y la
creación.
No es casualidad que muchas de las ideas que dieron origen a Sabersinfin
surgieran precisamente allí.
Tampoco es casualidad que numerosos versos hayan encontrado forma mientras
recorría aquellas calles.
En 2011, el Barrio El Carmen me inspiró a escribir
Desierto citadino, un poema
surgido en los albores de mi trayectoria lírica.
Dos camellos cruzan a toda velocidad,
una palmera lejana, frondosa, multicolor, seduce con su sombra.
Dos siluetas cruzan una duna y dos bereberes estrechan sus manos.
¿Será aquel un oasis de bebidas espirituosas?
Un mercader envuelve con sus explicaciones,
un grupo de forasteros paga con sudor la osadía de caminar de frente al sol.
Es el desierto de concreto, la ciudad en que vivo,
una ciudad del centro de México,
un desierto de cemento con dromedarios metálicos,
princesas que no cubren su rostro,
polvo que no es arena,
pero violan la privacidad ocular.
Aquí también se desea con los huesos un sorbo de agua fría, tequila o ron.
Y ahora, en esta etapa de mi vida, tampoco puedo dejar de reconocer la influencia
que ejerce en mí el ambiente del Barrio El Parral.
Sus fiestas patronales, su historia, sus expresiones culturales y la intensa vida
comunitaria que todavía conserva constituyen recordatorios permanentes de la
riqueza humana que puede encontrarse en los espacios de convivencia cotidiana.
Cada barrio deja una huella distinta en quienes lo habitan y enseña una forma
particular de comprender el mundo.
Cada barrio posee su propia poesía.
Esta reflexión encuentra una profunda correspondencia con los principios del
saber infinitista.
El Manifiesto del Saber Infinitista sostiene que el conocimiento es una
construcción colectiva, abierta e inacabable. El saber no pertenece
exclusivamente a las universidades, a los centros de investigación o a los
especialistas. También nace de la experiencia cotidiana, de la convivencia
comunitaria y de los múltiples intercambios humanos que ocurren todos los días.
Desde esta perspectiva, el barrio debe verse como una auténtica comunidad de
aprendizaje.
En él confluyen conocimientos académicos y populares, tradiciones ancestrales y
nuevas formas de pensamiento, memorias colectivas y experiencias individuales.
Cada persona aporta una parte de la comprensión del mundo.
La señora que conoce la historia de la calle.
El comerciante que ha visto transformarse la colonia durante décadas.
El niño que descubre por primera vez el entorno que lo rodea.
El adulto mayor que conserva recuerdos que ya no aparecen en los libros.
Todos ellos participan en la construcción permanente del conocimiento.
La poesía desempeña una función fundamental porque nos ayuda a reconocer el
valor de esos saberes. Nos permite descubrir que detrás de cada conversación
existe una experiencia humana significativa y que detrás de cada espacio urbano
se encuentra una historia digna de ser contada.
Sin embargo, los barrios enfrentan hoy amenazas importantes. La violencia, el
narcotráfico, la fragmentación social, la gentrificación y la creciente sustitución de
la convivencia presencial por los entornos digitales debilitan los lazos comunitarios
que históricamente han dado identidad a estos espacios. Y en ese sentido, los
barrios también pueden contener experiencias deshumanizantes.
Por ello resulta urgente fortalecer la vida barrial.
Necesitamos barrios educadores y lectores; espacios donde la cultura siga siendo
una práctica cotidiana.
Necesitamos barrios donde la poesía vuelva a ocupar las calles.
Porque mientras exista una comunidad capaz de dialogar, compartir experiencias
y construir significados comunes, el saber continuará expandiéndose.
Y mientras el saber siga generando dinamia, la poesía seguirá encontrando
nuevas formas de florecer.
Por todo lo anterior y por muchos otros motivos, estoy convencido de que la
poesía no vive únicamente en los libros.
También habita en las banquetas donde conversan los vecinos, en los mercados
llenos de voces, en las fiestas patronales, en las plazas públicas y en las
memorias que compartimos.
Habita, en suma, allí donde una comunidad transforma un simple espacio urbano
en un verdadero hogar para el conocimiento, la cultura y la esperanza.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta