SABERSINFIN . Abel Pérez Rojas
Quizá todavía sean pocos quienes advierten que uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo no es únicamente el exceso de información, sino la profunda intoxicación mental y emocional que ese exceso produce. Vivimos inmersos en un flujo incesante de datos, opiniones, imágenes, videos, alertas y mensajes que llegan sin descanso a través de las redes sociales y de múltiples plataformas digitales. Paradójicamente, nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil distinguir lo esencial de lo accesorio, la verdad del engaño y la reflexión del impulso inmediato.
Diversos especialistas, entre ellos el doctor Enrique Canchola Martínez, investigador en neurociencias de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (UAM-I), coinciden en que esta saturación informativa genera consecuencias cada vez más evidentes.
Los elevados niveles de infoxicación —término acuñado en 1996 por el consultor y experto en innovación Alfons Cornella, resultado de la fusión de las palabras "información" e "intoxicación"— provocan fatiga mental, ansiedad, insomnio, dispersión de la atención, dificultades para concentrarse y una creciente incapacidad para procesar la realidad con serenidad.
Las afectaciones no se limitan al plano psicológico. Poco a poco se produce una especie de aletargamiento de nuestras funciones cognitivas que debilita el pensamiento crítico, reduce la autonomía para tomar decisiones y propicia nuevas formas de dependencia
. En muchos casos dejamos de pensar para reaccionar; dejamos de comprender para consumir información de manera compulsiva. Sin advertirlo, corremos el riesgo de convertirnos en rehenes de los algoritmos, de la inteligencia artificial utilizada sin criterio, de los intereses económicos de los gigantes tecnológicos y de las ideologías que atraviesan el complejo entramado político, económico y cultural de nuestra época.
No se trata de descalificar la tecnología. Sería absurdo negar las extraordinarias posibilidades que ofrecen las herramientas digitales para aprender, investigar, crear y comunicarnos. El problema surge cuando dejamos de gobernarlas y permitimos que sean ellas quienes determinen nuestros ritmos de atención, nuestras emociones y hasta nuestras prioridades existenciales. Entonces la tecnología deja de ser un instrumento para convertirse en un entorno que condiciona silenciosamente nuestra manera de percibir el mundo.
En este contexto resulta especialmente sugerente el libro Desinfoxicación: lucidez como resistencia, de Salvador Calva Morales (Universidad Mesoamericana, 2026). En esta obra, el autor desarrolla una profunda reflexión sobre los mecanismos que permiten recuperar la claridad de pensamiento frente al ruido informativo que caracteriza nuestra época.
Entre las propuestas que plantea destacan dos caminos complementarios: fortalecer el pensamiento crítico y aprender a razonar con mayor rigor.
Respecto del pensamiento crítico, Calva Morales invita a recuperar la capacidad de pensar por nosotros mismos. Reflexiona sobre la importancia de revisar nuestras creencias, cultivar una curiosidad auténtica y practicar la duda metódica, entendida no como un escepticismo paralizante, sino como una actitud intelectual que busca comprender antes de aceptar o rechazar cualquier afirmación.
En cuanto al aprendizaje del razonamiento, el autor propone revisar nuestros propios procesos mentales. Sugiere prestar atención a la forma en que construimos argumentos, analizar paso a paso nuestras inferencias, identificar los sesgos cognitivos que afectan nuestros juicios y aprender tanto de la experiencia personal como del diálogo con los demás. En otras palabras, invita a desarrollar una inteligencia más consciente de sí misma.
La lectura de este libro, así como las numerosas conversaciones sostenidas con colegas durante las transmisiones de Sabersinfin, me ha llevado a considerar que el desafío de la desinfoxicación todavía admite nuevas perspectivas. Es un fenómeno demasiado complejo para enfrentarlo únicamente desde la lógica o la argumentación racional, por más indispensables que estas sean.
Es precisamente aquí donde emerge una dimensión que con frecuencia pasa inadvertida.
Estoy convencido de que la poesía puede convertirse en uno de los antídotos más eficaces frente a la infoxicación contemporánea.
A primera vista podría parecer una afirmación exagerada. Sin embargo, basta detenerse unos minutos para advertir que la lógica del poema es radicalmente distinta de la lógica de las plataformas digitales. Mientras estas buscan captar nuestra atención de manera ininterrumpida, la poesía exige detenerse.
Mientras los algoritmos favorecen la velocidad, el poema reclama lentitud. Mientras las redes premian la reacción inmediata, la poesía propone la contemplación. Mientras la saturación informativa multiplica estímulos superficiales, el lenguaje poético nos conduce hacia la profundidad.
Leer un poema implica modificar el ritmo interior.
Obliga a respirar de otra manera, a escuchar el silencio entre las palabras, a aceptar que el sentido no siempre aparece de inmediato y que comprender también requiere paciencia. En una cultura dominada por la inmediatez, esta experiencia constituye una forma de resistencia
. Una especie de rebelión.
La poesía también nos devuelve la capacidad de asombro. Allí donde el flujo constante de información termina por volverlo todo efímero e indiferente, el poema rescata el valor de lo aparentemente pequeño: una hoja que cae, el vuelo de un ave, la mirada de un niño, el rumor del mar o la inmensidad de un cielo estrellado.
Nos recuerda que el universo sigue hablándonos mediante símbolos y que el ser humano no puede reducir su existencia al consumo permanente de contenidos digitales.
Además, la poesía fortalece nuestra vida interior. Nos invita a dialogar con nosotros mismos, a reconocer nuestras emociones, a reconciliarnos con nuestras contradicciones y a descubrir dimensiones de la realidad que permanecen ocultas bajo el ruido cotidiano. En ese sentido, constituye una auténtica pedagogía de la atención
. Esta perspectiva guarda una estrecha afinidad con el saber infinitista, el cual concibe a la poesía no solo como una expresión estética, sino también como una vía de conocimiento, de transformación personal y de construcción comunitaria. Desde esa mirada, poetizar el mundo significa recuperar la capacidad de contemplar, comprender y resignificar la realidad más allá de la superficialidad que imponen la prisa y la sobreabundancia informativa
.
Desinfoxicarse, por tanto, no consiste únicamente en apagar el teléfono durante algunas horas o reducir el tiempo frente a las pantallas. Implica recuperar la soberanía sobre nuestra conciencia. Significa volver a elegir qué merece nuestra atención, qué alimenta nuestro pensamiento y qué fortalece nuestra sensibilidad. En otras palabras, asumir una actitud plenamente consciente frente a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.
En ese camino, la poesía no representa un lujo reservado para unos cuantos ni un simple entretenimiento cultural. Es una forma de conocimiento, una ruta de sensibilidad y un ejercicio permanente de libertad. Quizá por ello, en medio de una época caracterizada por el exceso de información, leer y escribir poesía constituyan una de las formas más profundas de recuperar el pensamiento crítico, reencontrar el silencio creador y ejercer una auténtica resistencia frente al ruido del mundo.
Porque quien aprende a leer un poema con atención también aprende a leer la realidad con mayor lucidez.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoetaPrincipio del formulario