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8 de julio de 2018

DOS DESLEALTADES QUE HICIERON PERDER A EDUARDO RIVERA PÉREZ




CUITLATLÁN
POR FERMÍN ALEJANDRO GARCÍA
Más allá de la ola de Morena, la derrota electoral de Eduardo Rivera Pérez se entiende por dos actos de falta de lealtad y cumplimiento de compromisos. El primero fue del propio candidato albiazul, lo cual le provocó un voto de castigo de la militancia panista. Y el segundo, fue del morenovallismo que lo dejó solo y no le cumplió muchos de los compromisos de campaña.

El ex gobernador Rafael Moreno Valle Rosas le acabó dando “un dulce envenenado” a un Eduardo Rivera que, pecó de exceso de confianza y de creer que había resuelto su distanciamiento y confrontación con el ex mandatario. Al final, el morenovallismo lo deja derrotado electoralmente hablando y enfrentado con la militancia del PAN.

Sin duda, Eduardo Rivera Pérez es el gran derrotado de la actual contienda electoral, ya que su carrera política se ve severamente truncada al haber perdido su liderazgo en el panismo tradicional y enfrentar un fracaso mayúsculo en su intento de volver a ser alcalde de la capital.


Por su fuera poco, aún está pendiente un juicio en un tribunal colegiado que determinará si los procesos administrativos que el Congreso inició en su contra, como parte de la represión morenovallista, son zanjados o continúan su curso, lo cual podría significar que nuevamente lo inhabiliten del servicio público.

Rivera Pérez actuó con candidez al suponer que de ser un perseguido de Rafael Moreno Valle Rosas podía ser un aliado, un cómplice del morenovallismo. Ya que quedó evidenciado que el ex mandatario no le cumplió y no lo ayudó a enfrentar el crecimiento de la intención del voto de Morena y su candidata, Claudia Rivera.

Primera traición
A lo largo del año pasado, dentro del albiazul había surgido una poderosa corriente interna llamada Grupo de Identidad Panista, que articulaba en un solo frente a todos los líderes del PAN que habían sido agraviados, ninguneados o perseguidos por el ex gobernador Rafael Moreno Valle.

Esa corriente había logrado que Ricardo Anaya Cortés, entonces presidente nacional del PAN, planteara que debía construirse un proyecto político–electoral para que en la contienda de este año las candidaturas de Puebla –a gobernador, senadores, alcaldes y legisladores locales y federales– fueran resultado de un acuerdo, de un equilibrio de fuerzas, entre el Grupo de Identidad Panista y la facción de Rafael Moreno Valle Rosas.

Sobre todo porque el Grupo de Identidad Panista jugaba a no decidir su apoyo entre Ricardo Anaya y Margarita Zavala Gómez del Campo, quienes eran los dos aspirantes a la candidatura presidencial.

En octubre del año pasado, cuando Margarita Zavala dejó las filas del PAN y anunció que sería candidata independiente a la presidencia de la República, en el interior del Grupo de Identidad Panista se empezó a notar la ausencia de Eduardo Rivera de sus reuniones y giras que hacían por el estado.

Al principio se dijo que Rivera se encontraba negociando con Margarita Zavala un acuerdo de ayuda mutua, de ella para ser candidata presidencial y de él para ser aspirante a gobernador de Puebla.

Unas semanas más tarde, el panista Miguel Ángel Mantilla le comunicó a los demás líderes del grupo –entre ellos Humberto Aguilar Coronado, Rafael Micalco Méndez, Hilario Gallegos y panistas cercanos a Ana Teresa Aranda– que Rivera había iniciado una negociación con Ricardo Anaya y con Rafael Moreno Valle Rosas, en la sede del Comité Ejecutivo Nacional del PAN, para frenar la persecución morenovallista contra panistas disidentes.

Posteriormente, ya casi a finales de 2017, trascendió que Rivera había iniciado pláticas con Rafael Moreno Valle Rosas para dejar el proyecto de ser candidato a gobernador y aceptar ser aspirante a alcalde de la capital, a cambio de frenar los procesos administrativos que el Congreso inició en su contra por malversación de fondos públicos.

En el Grupo de Identidad Panista hubo molestia por ese comportamiento de Rivera, de negociar con Moreno Valle sin consultarlos, pero el enojo se contuvo cuando el ex edil les comunicó que como parte de la negociación se había pactado que habría ocho candidaturas de diputados –cuatro locales y cuatro federales–, y que la mayoría de los lugares de la planilla de aspirantes a regidores serían para miembros de esta corriente albiazul.

Pasaron las semanas y de las ocho candidaturas a diputados, solo se concretó una: la de Guadalupe Arrubarena.

Y de la planilla de regidores, todos los lugares fueron para amigos personales de Eduardo Rivera.

Al final, se supo que Rafael Moreno Valle Rosas no le intereso ceder espacios al panismo disidente y Eduardo Rivera, para no afectar su proyecto de ser alcalde por segunda vez, no hizo nada para abrir los espacios de participación.

Ese comportamiento egoísta de Eduardo Rivera –que para algunos fue una felonía– llevo a que la militancia panista actuara de “brazos caídos” en la campaña a la alcaldía de Puebla. Nadie hizo nada para dar votos a favor del ex edil y de Martha Erika Alonso, la candidata a la gubernatura del morenovallismo, o de plano mejor votaron por Morena.

Segunda traición
Eduardo Rivera creyó en las promesas de Rafael Moreno Valle Rosas sin escuchar las voces que le advertían que el ex gobernador lo iba a acabar traicionando.

Así pasó: Moreno Valle le ofreció que en los últimos 15 días de campaña todo el aparato electoral de Martha Erika se iba a volcar en la capital para frenar el avance de Morena. Con ello se ganaría la alcaldía de la Angelópolis y este triunfo apuntalaría la victoria en la contienda por la gubernatura.

Rivera se comió “el dulce envenenado”, y al final no hubo el apoyo ofrecido al final de la campaña, perdió la elección y Martha érika Alonso se tambalea, ya que Morena tiene muchas posibilidades de anular la contienda por la gubernatura.
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