La muerte de una técnica del Instituto Antipeste de Siberia reavivó una palabra que parecía de manual de historia: peste. Las autoridades rusas hablan de una neumonía de causa no aclarada y niegan, de momento, el diagnóstico. Los reportes locales apuntan a peste neumónica. Para entender la alarma no hace falta el parte final: basta con saber qué es esa enfermedad y por qué la forma pulmonar no se comporta como la peste bubónica de los libros.
La peste la produce Yersinia pestis, una bacteria que vive sobre todo en roedores silvestres y pasa al ser humano casi siempre por la picadura de una pulga infectada. No está erradicada. Sigue en focos naturales de Asia central, África, América y también en Rusia, que reconoce varias zonas donde el germen circula entre animales. Cada año hay cientos de casos humanos en el mundo, concentrados en países como Madagascar, la República Democrática del Congo o Perú. Con antibióticos a tiempo suele curarse. Sin ellos, mata.
No es una sola enfermedad. Tiene tres formas principales, según dónde se instala la bacteria.
- La más conocida es la bubónica. Tras la picadura, el germen llega a un ganglio linfático, que se inflama hasta formar un bubón doloroso en la ingle, la axila o el cuello. Hay fiebre alta, escalofríos y malestar intenso. No se contagia de persona a persona con facilidad. Es la forma clásica de la peste medieval, aunque aquella pandemia también tuvo componente pulmonar.
- La septicémica aparece cuando la bacteria pasa a la sangre. Puede surgir sola o como complicación de la bubónica. Provoca fiebre, shock y, a veces, gangrena en dedos, nariz o labios: de ahí el apodo de “muerte negra”. Tampoco se transmite por el aire.
- La que preocupa en Irkutsk es la neumónica, la infección del pulmón. Puede ser secundaria —la bacteria llega al pulmón desde un bubón o desde la sangre— o primaria, si alguien inhala gotas respiratorias de un enfermo o, en un laboratorio, aerosoles del patógeno. Esa es la única forma que se contagia de persona a persona, por tos o contacto estrecho, como una neumonía grave. El cuadro es rápido: fiebre, dolor de pecho, tos, a veces con sangre, y dificultad para respirar. Sin tratamiento, la muerte puede llegar en 24 a 72 horas desde el inicio de los síntomas. Con antibióticos en las primeras horas (estreptomicina, gentamicina, doxiciclina o ciprofloxacino, entre otros), el pronóstico cambia por completo. Por eso los protocolos internacionales recomiendan vigilar y, a menudo, medicar de forma preventiva a los contactos estrechos de un caso neumónico durante unos siete días.
El instituto de Irkutsk existe precisamente para estudiar ese germen: se fundó en época soviética para vigilar la peste y otras infecciones de alto riesgo. Que una empleada muera de una neumonía no confirmada, y que cerca de 200 contactos queden en observación, encaja con el protocolo de una sospecha de peste neumónica, aunque Rospotrebnadzor sostenga que en las muestras no halló microorganismos ligados al trabajo de la paciente y que los contactos siguen sin síntomas y con pruebas negativas.
La diferencia con la peste negra del siglo XIV es el contexto, no la bacteria. Entonces no había antibióticos, ni diagnóstico de laboratorio, ni aislamiento sistemático. Hoy un caso, incluso uno de laboratorio, no implica por sí solo una epidemia. Lo que sí exige es transparencia: la peste neumónica es rara, tratable y contenible, pero solo si se nombra a tiempo.
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