Estados Unidos y Venezuela reescriben, al menos sobre el papel, su relación energética. Chevron se comprometió a invertir 7.000 millones de dólares y Washington obtiene acceso a 17 campos con reservas equivalentes a miles de millones de barriles. El secretario de Energía estadounidense viajó a Caracas para celebrar el entendimiento. Otras compañías, como Eni, también anuncian regreso.
El contraste político es brutal. Nicolás Maduro y su esposa pidieron a un juez estadounidense que desestime los cargos de narcotráfico, invocando inmunidad como jefe de Estado. La opositora María Corina Machado, sin atacar de frente a Washington, cuestionó que un “régimen ilegítimo” pueda hipotecar el patrimonio del subsuelo.
Venezuela tiene las mayores reservas probadas de crudo del mundo, pero produce alrededor de un millón de barriles diarios, lejos de los tres millones de los años noventa. Analistas de Rystad Energy estiman que volver a esa cota exigiría 15 años y unos 183.000 millones de dólares. “Rápido”, en este sector, es relativo.
Para la Administración Trump el pacto encaja en una estrategia de seguridad energética en plena tensión con Irán y con el Brent por encima de 96 dólares. Para Delcy Rodríguez y el entorno chavista, es oxígeno financiero y un reconocimiento de facto. Para la oposición democrática venezolana, es el riesgo de que el petróleo finance la continuidad del poder sin elecciones libres.
En el mercado, la noticia se leyó con cautela alcista: más oferta futura, sí, pero no inmediata. El gas europeo sigue caro y el crudo reacciona más a Ormuz que a promesas en el Caribe. Aun así, el gesto marca un giro: después de años de sanciones máximas, Washington prioriza barriles sobre aislamiento total.
Queda por ver si las inversiones desembarcan de verdad o se quedan en memorandos. La infraestructura venezolana está deteriorada, la diáspora técnica no vuelve de un día para otro y la inseguridad jurídica no se borra con una foto. El acuerdo, de momento, es una apuesta: Estados Unidos busca crudo; Caracas busca legitimidad y dólares. El tablero venezolano, una vez más, se juega bajo tierra.
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