Nacida en 1934, Steinem se hizo conocida en los años sesenta y setenta por un periodismo que combinaba infiltración —trabajó de conejita en un club Playboy para denunciar las condiciones laborales— con ensayos que cuestionaban el matrimonio como destino inevitable y el silencio sobre el aborto. Ms. Magazine, lanzada en 1972, apostó por portadas que hablaban de política, sexualidad y economía doméstica sin pedir permiso.
En las últimas décadas su figura se volvió más institucional, pero nunca del todo cómoda. Apoyó campañas presidenciales, defendió derechos reproductivos cuando volvieron a estar en disputa y mantuvo una agenda internacional contra la trata y la desigualdad salarial. Quienes la trataron en persona recuerdan una conversadora aguda, con gafas de aviador y un sentido del humor seco que desactivaba ataques personales.
Su muerte coincide con un momento en que el feminismo estadounidense está fragmentado: debates sobre identidad, redes sociales y una reacción conservadora que ha recortado derechos en varios estados. Los homenajes de este jueves no ocultan esa tensión. Algunas voces la celebran como puente entre olas; otras recuerdan críticas por el protagonismo de mujeres blancas de clase media en los primeros años del movimiento.
Lo que nadie discute es el impacto cultural. Steinem ayudó a que palabras como “acoso sexual” o “doble jornada” pasaran del ensayo académico a la conversación cotidiana. También insistió, hasta el final, en que la igualdad no era un asunto solo de mujeres: era un reordenamiento del poder.
En Capitol Hill, legisladoras de ambos partidos —las menos, en el segundo caso— evocaron encuentros personales. En redes, circulan fotos de Steinem con el puño alzado o sentada en el suelo de una redacción. El legado que deja no cabe en un obituario: está en leyes, en revistas, en la costumbre de preguntar en voz alta quién cocina, quién decide y quién calla.
Fotos: Getty Images
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