Al minuto

Gaspar Pérez de Villagrá






SABERSINFIN 


 Abel Pérez Rojas


 La semana pasada, después de la presentación de dos de los más recientes libros de mi querido Dr. Salvador Calva Morales, mi brillante paisano, el maestro Antonio Tenorio Adame puso sobre la mesa, ante un selecto grupo de amigos, el tema de los más destacados poetas poblanos, a propósito del cada vez más cercano quingentésimo aniversario de la fundación de la ciudad de Puebla.


 La conversación giró en torno a los aportes de Gaspar Pérez de Villagrá, Alejandro Arango y Escandón, Gregorio de Gante y Germán List Arzubide, entre otros. La charla me llevó a reflexionar sobre la pertinencia de escribir al respecto, como una forma de refrescar la memoria de quienes nos asumimos poetas. Hoy inicio este recorrido por los más destacados poetas poblanos con la vida y obra de Gaspar Pérez de Villagrá (1555-1620), no sin antes dejar testimonio que previo a la llegada de los españoles, la región que hoy ocupa Puebla albergó una vasta tradición oral y poética en náhuatl, principalmente por forjadores de cantos (cuicapique), quienes eran los poetas y compositores a través de los cuales el pueblo externaba sentimientos, su memoria histórica y su culto a los dioses.

 Hablar de Gaspar Pérez de Villagrá es adentrarse en una zona de frontera: frontera geográfica, frontera histórica y, sobre todo, frontera espiritual. Nacido en la Puebla de los Ángeles hacia 1555, en una ciudad que ya era cruce de caminos entre la península y el Nuevo Mundo, Villagrá encarna la tensión originaria de la identidad novohispana: hijo de la expansión europea, pero también voz que busca fijar en el lenguaje una experiencia inédita, áspera y fundacional. Puebla, desde sus primeras décadas, fue semillero de funcionarios, juristas, religiosos y letrados. No era una aldea periférica: era una ciudad estratégica, erigida como proyecto civilizatorio. 


De ese entorno surge Villagrá, formado en letras en la Universidad de Salamanca. No fue un poeta de tertulia ni de contemplación lírica; fue un hombre de acción que comprendió que la palabra puede ser espada y escudo a la vez. Su vida estuvo marcada por la expedición encabezada por Juan de Oñate hacia los territorios del septentrión novohispano a finales del siglo XVI. Aquella empresa no fue un paseo heroico, sino una marcha incierta hacia lo desconocido: desiertos vastos, pueblos originarios con sus propias cosmovisiones, hambre, conflictos internos y la presión constante de justificar ante la Corona cada paso dado.

 Villagrá no observó desde lejos; participó. Caminó, padeció y presenció. De esa experiencia nace su obra mayor: Historia de la Nueva México, publicada en 1610. No es un simple poema; es un gesto de inscripción en la eternidad. Villagrá elige la forma épica, consciente de que la epopeya es el molde reservado a las gestas que aspiran a trascender. En un tiempo en que América todavía era, para muchos europeos, una prolongación incierta del mapa, él afirma mediante el verso que lo ocurrido en esas tierras merece ser cantado con solemnidad clásica. LAS armas y el varón heroico canto, 

El ser, valor, prudencia y alto esfuerzo De aquel cuya paciencia no rendida, Por vn mar de disgustos arrojada, A pesar de la envidia ponzoñosa Los hechos y prohezas va encumbrando De aquellos españoles valerosos Que en la Occidental India remontados, Descubriendo del mundo lo que esconde, “Plus ultra” con braveza van diziendo A fuerza de valor y brazos fuertes, En armas y quebrantos tan sufridos Quanto de tosca pluma celebrados. Suplicoos, Christianísimo Filipo, Que, pues de nueva México soys fénix, Hay en su escritura una voluntad de altura. El eco de Virgilio y de la tradición épica renacentista resuena en su arquitectura verbal.

 Sin embargo, el escenario ya no es el Mediterráneo ni la Roma imperial, sino los desfiladeros, los poblados indígenas y los horizontes inmensos del norte novohispano. La lengua castellana, en su pluma, se expande hacia geografías que aún no han sido plenamente nombradas. Esa tensión entre forma heredada y realidad inédita constituye uno de los núcleos más fascinantes de su obra. No obstante, cualquier valoración responsable de Villagrá debe reconocer la complejidad ética de su proyecto. Historia de la Nueva México no es una crónica neutral. Es, en buena medida, una defensa. Defiende la expedición, defiende el liderazgo de Oñate, defiende la legitimidad de la empresa colonial. En ese sentido, la poesía funciona como dispositivo de legitimación. La épica eleva los hechos al rango de hazaña y, al hacerlo, transforma la violencia y el conflicto en narrativa de grandeza. Nuevamente salido y producido De aquellas vivas llamas y cenizas De ardentísima fee, en cuyas brasas A vuestro sacro Padre y señor nuestro Todo deshecho y abrasado vimos, Suspendáis algún tanto de los hombres El grande y grave peso que os impide 


De aquese inmenso globo que en justicia Por sólo vuestro brazo se sustenta Y, prestando, gran Rey, atento oído, Veréis aquí la fuerza de trabajos, Calumnias y aflicciones con que planta El evangelio santo y Fee de Christo Aquel Christiano Achiles que quisistes Que en obra tan heroica se ocupase. Hoy, desde una conciencia histórica más amplia, sabemos que aquellos procesos implicaron sometimiento, rupturas culturales y heridas profundas en los pueblos originarios. Leer a Villagrá exige, entonces, una doble mirada: reconocer su relevancia literaria y comprender el contexto ideológico en el que escribe. No se trata de absolver ni de condenar sin matices, sino de entender cómo la palabra construye mundo. Dicho en otras palabras, Villagrá —el poeta militar o militar poeta—, se enfunda en la casaca de quien somete nuevos territorios para dejar testimonio posterior de las aventuras que vio directamente. En términos literarios, Villagrá inaugura algo: la posibilidad de que el territorio americano sea materia de epopeya. Antes de que la identidad mexicana cristalizara en discursos independentistas o románticos, ya un poblano estaba diciendo, en clave clásica, que el suelo que pisaba era digno de canto. Esa afirmación es poderosa. 



Coloca a Puebla no solo como ciudad administrativa o religiosa, sino como matriz de una conciencia narrativa que trasciende su tiempo. Y si por qual que buena suerte alcanzo A teneros, Monarca, por oriente, Quién duda que con admirable espanto La redondez del mundo todo escuche Lo que a tan alto Rey atento tiene. Pues siendo assí de vos favorecido, 

No siendo menos escrevir los hechos Dignos de que la pluma los levante Que emprender los que no son menos dignos De que la misma pluma los escriba, Sólo resta que aquellos valerosos Por quien este cuydado yo he tomado Alienten con su gran valor heroico el atrevido buelo de mi pluma, Porque desta vez pienso que veremos Yguales las palabras con las obras. Su estilo es solemne, extenso, por momentos reiterativo —como exige la tradición épica—, pero también profundamente comprometido con la idea de memoria. Villagrá sabe que escribir es fijar. En un mundo donde la autoridad dependía de documentos, informes y testimonios, su poema se convierte en prueba literaria de servicios prestados. La poesía, lejos de ser adorno, se vuelve expediente simbólico. La muerte de Villagrá en 1620, durante una travesía marítima, añade un matiz casi alegórico a su biografía. Muere en tránsito, entre orillas, como si su destino estuviera marcado por la intersección de mundos. Nació en la Nueva España, escribió sobre la frontera septentrional y terminó su vida en el espacio que conectaba imperio y colonia.



 Su existencia fue navegación constante, y su obra, cartografía verbal de territorios físicos y políticos. Para un estudio sobre los más grandes poetas de Puebla, su inclusión no es opcional; es estructural. No porque su voz se asemeje a la lírica moderna, sino porque representa una de las primeras manifestaciones de ambición literaria surgidas desde suelo poblano con proyección transcontinental. En él se conjugan formación humanista, experiencia militar y conciencia de la escritura como herramienta de poder. Si hoy hablamos de identidad, memoria y narrativa histórica, Villagrá aparece como antecedente temprano de esas discusiones.

 Su poema es espejo de un momento en que la palabra buscaba domesticar la vastedad del territorio y convertir el caos de la frontera en relato coherente. En esa operación se advierte la grandeza y la sombra: la aspiración a trascender y la tentación de justificar. Gaspar Pérez de Villagrá es, en suma, un poeta de fundación. Fundó un modo de contar la experiencia americana desde el molde épico; fundó una tradición en la que Puebla se inscribe como generadora de discurso; fundó, incluso sin proponérselo, un campo de debate sobre la relación entre literatura y poder. Su legado no radica únicamente en los versos que dejó impresos, sino en la conciencia de que la palabra puede erigir imperios simbólicos. 


Estudiarlo hoy es asumir que la literatura no es inocente. Es territorio de disputa, de construcción y de memoria. Y en esa memoria, Villagrá permanece como una figura axial: poblano universal, testigo de frontera, poeta que quiso fijar en el canto lo que el tiempo amenazaba con disolver. INVITACIÓN. El próximo miércoles 18 de febrero, a las 12:00 horas (tiempo del centro de la República mexicana), presentaré en la nueva sede del H. Congreso del Estado de Puebla mi más reciente libro, Cartografía de la flama. Poemas de lo inmanente. Están todos invitados; la entrada es libre. El evento se transmitirá a través de YouTube en Sabersinfin TV Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta ...

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