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Científica plantea que la conciencia podría persistir tras la muerte y reabre debate ético sobre donación de órganos





 Phoenix, EE.UU.—

 La muerte no sería un evento instantáneo e irreversible, sino un proceso gradual en el que la conciencia podría persistir brevemente más allá del cese de la actividad cerebral y cardíaca, sostiene la investigadora Anna Fowler durante la conferencia anual de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia.

 De acuerdo con la científica de la Universidad Estatal de Arizona, evidencias emergentes indican que las funciones biológicas y neuronales no se detienen de forma abrupta al morir, sino que disminuyen gradualmente durante minutos u horas. 

Este fenómeno sugiere que “elementos de la conciencia” podrían existir por un corto periodo después de que el cerebro deja de mostrar actividad medible. Para sustentar su planteamiento, Fowler revisó más de 20 estudios sobre experiencias cercanas a la muerte y procesos cerebrales posteriores al fallecimiento. Algunos pacientes que sufrieron paro circulatorio completo reportaron posteriormente recuerdos implícitos de lo ocurrido a su alrededor durante la reanimación. 

Además, experimentos de laboratorio han demostrado que el metabolismo y el flujo sanguíneo pueden restablecerse en cerebros y órganos de mamíferos más allá de los límites considerados irreversibles. La investigadora concluye que la muerte biológica “no es inmediatamente irreversible” y propone redefinirla como un proceso potencialmente interrumpible.

 Este enfoque, advierte, tiene implicaciones éticas relevantes, especialmente en la donación de órganos, ya que una parte importante de los trasplantes proviene de donantes cuyo corazón ya se ha detenido. Actualmente, los órganos suelen extraerse minutos después de declarada la muerte para preservar su viabilidad. 

Sin embargo, Fowler plantea que en ese intervalo el donante podría mantener cierta actividad neuronal e incluso conciencia residual. Estudios citados por la autora indican que descargas neuronales pueden persistir hasta 90 minutos después de la certificación de muerte. 

 “El final de la vida podría ser más un paisaje cambiante que una frontera abrupta”, señala la científica, quien sostiene que medicina, filosofía y bioética deben reconsiderar la muerte como una transición gradual más que como un instante definitivo. Su investigación abre un debate sobre los límites entre vida y muerte y sobre los protocolos médicos aplicados en el final de la vida.

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