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16 de agosto de 2020

OLVIDAR AL FLAUTISTA. Fernando Vázquez Rigada







Las campañas para renovar 21 mil cargos en junio del año entrante han iniciado.



Toda campaña comienza con un periodo clave: definirse y definir al otro. Eso es lo que estamos viviendo.



Hay un encontronazo por definir la agenda del país que se basa en dos narrativas: levantar a México de su quebranto económico y sanitario, por un lado, y el ataque a la corrupción, por otro.



La primera es la de las oposiciones. La segunda la del partido en el gobierno.



Se tejen así dos narrativas claras y definidas, que apelan a los sentimientos profundos de los mexicanos.



La narrativa opositora conecta con los sentimientos de angustia, incertidumbre y tristeza que agobian a millones de hogares.



La narrativa del gobierno, a su enojo e indignación.



Las oposiciones cometerían un grave error estratégico si se enredan en el espectáculo del caso Lozoya. Si optan por migrar al debate anticorrupción, perderán la elección.



Para muchos, entrar en ese debate es atractivo. López Obrador es un maestro del anzuelo. Provoca. Tienta. Exacerba.



Por eso desde su púlpito mañanero reta a que los opositores se bajen del ring de señalar su ineficiencia absoluta para gobernar y desciendan a la pelea callejera de honestos contra corruptos.



El cebo es atractivo. El partido de López Obrador es peor en materia de corrupción que los gobiernos anteriores. Datos sobran. 78 de cada cien adquisiciones en este gobierno se adjudican. Se ha tendido un manto protector a personas como Manuel Bartlett, Irma Eréndira Sandoval, Ana Gabriela Guevara. Se liberó a Ovidio. Se perdonó a Lozoya. Hasta ahí son iguales al pasado, pero se envuelven en un discurso moralino de pureza. Ahí son peores.



No se trata de defender la corrupción. Si hubo en el pasado que se castigue y ya. Pero el buen juez por su casa empieza.



Pruebas de la corrupción actual sobran, pero hay un problema: la gente no lo cree. Por lo pronto, el monopolio de la imagen de pulcritud la tiene el presidente. Se acabará, pero no pronto.



No es el caso cambiar las creencias de la gente. No hay ni tiempo, ni recursos, ni método para lograrlo.





Por eso hay que enfocarse en la narrativa ganadora. La gente siente que las cosas no van bien.



Lo ven todos los días: 20 millones de personas perdieron su trabajo. Medio millón de personas han enfermado. Más de 150 mil han muerto. 10 mil empresas cerraron en dos meses. La violencia contra las mujeres, menospreciada con arrogancia por el gobierno, arrecia. Ha habido 57 mil ejecutados.



Hay en los hogares mexicanos hambre. Luto. Escasez. Un triste sentimiento de pérdida.



Ahí es donde debemos conectar.



Es una tragedia que no tendrá fin pronto ni de manera indolora. No hay la independencia en el gabinete ni en las mayorías del partido Morena en el congreso para dar alivio a ese dolor que no se había conocido en un siglo.



Por eso, la labor central de los opositores es poner el reflector en la magnitud de ese desastre.



Esa es la mayor preocupación hoy de las y los mexicanos: todas las mediciones así lo indican.



Hablar de lo que quiere López Obrador es, justamente, lo que a él le conviene.



Por eso el espectáculo de Lozoya será largo, morboso.



No hay que olvidarlo: una elección la gana quien impone la agenda.



De nosotros depende: hay que olvidarse del flautista y atender la tonada que exigen las personas.





@fvazquezrig


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