Pero en los corrillos políticos la lectura es bastante menos inocente: se trata, posiblemente, de una jugada de control de daños que permite al senador conservar su escaño mientras Morena toma distancia del costo político que representa su caso. Inzunza anunció este miércoles su separación de la bancada morenista para continuar como senador independiente.
Y ahí está precisamente el detalle: deja la bancada, pero no deja el Senado. El movimiento ocurre después de semanas de presión para que solicitara licencia, en medio de señalamientos provenientes de Estados Unidos sobre presuntos vínculos con el crimen organizado.
El legislador ha rechazado las acusaciones y, hasta ahora, no se ha hecho pública en México una acusación judicial en su contra.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿a quién beneficia realmente esta maniobra? Políticamente, parece beneficiar a ambos lados. Morena consigue marcar distancia de un asunto que amenaza con convertirse en otro dolor de cabeza nacional e internacional. Inzunza, por su parte, conserva el cargo que obtuvo en las urnas, así como su margen de acción y negociación política.
El coordinador de Morena en el Senado, Ignacio Mier Velazco, ya había sostenido que, mientras no existieran pruebas o un procedimiento formal contra el legislador, el partido no podía simplemente retirarlo de su cargo. Incluso había reconocido que la ausencia de Inzunza en determinadas actividades respondía a una estrategia del propio grupo parlamentario.
Ahora la fórmula es todavía más cómoda: Morena puede decir que Inzunza ya no pertenece a su bancada, mientras el senador mantiene su representación. Todos ganan tiempo. Pero el problema de fondo sigue ahí. Porque si las autoridades estadounidenses elevan la presión, presentan pruebas contundentes o avanzan hacia una acusación formal, una solicitud de detención, extradición o procesamiento, el escenario podría cambiar radicalmente.
Y entonces la separación de Morena podría convertirse apenas en un paréntesis dentro de una crisis mucho mayor. Hay, además, otra pregunta que seguramente rondará los pasillos del Senado: ¿qué ocurrirá cuando Morena necesite el voto de Inzunza para sacar adelante una reforma o una decisión legislativa?
Ser independiente no significa estar obligado a votar en contra de una bancada. Un senador sin grupo parlamentario puede coincidir con Morena cuando sus intereses legislativos sean coincidentes.
De modo que tampoco sería extraño que, llegado el momento, Inzunza apareciera votando junto a quienes hasta hace unos días eran sus compañeros de bancada. Por eso, más que una ruptura política definitiva, la salida tiene el aroma de una operación de control de daños.
Morena reduce el costo de la polémica; Inzunza conserva el escaño y su capacidad de maniobra; y ambos parecen apostar a que el tiempo ayude a enfriar el escándalo.
El problema es que hay un actor que ninguno controla: Washington. Si Estados Unidos decide elevar la presión y presenta elementos que sustenten sus señalamientos, la estrategia podría quedar rebasada por los acontecimientos.
Lo que hoy parece una salida ordenada podría convertirse mañana en una crisis política de mayores dimensiones.
Por lo pronto, los hechos son simples: Inzunza sigue siendo senador, aunque ya no forma parte de la bancada de Morena
. Y la política mexicana vuelve a demostrar que, cuando se trata de sobrevivir a una crisis, la distancia entre una ruptura y una estrategia puede ser apenas cuestión de conveniencia.