CUAUHTÉMOC




 Fernando Vázquez Rigada


 La democracia mexicana no hubiera florecido sin Cuauhtémoc Cárdenas. Como hombre, tuvo luces y sombras. Su contribución histórica permanecerá. Sin él y su valor, no podríamos entender medio siglo del sistema político mexicano. Recibió una herencia que pudo ser aplastante.

 No lo fue. Lázaro Cárdenas fue un ingeniero de la estabilidad política mexicana, de su crecimiento económico posterior y de la consolidación del régimen político que, paradojas de la vida, su hijo contribuyó a demoler. Cuauhtémoc se convirtió en un crítico del priismo cuando intuyó que venía un viraje central después del desastre del gobierno de José López Portillo, antecedido por el caos de Luis Echeverría. Tuvo sus ideas, buenas o malas, acertadas o no, pero las defendió. Fue congruente y tuvo el coraje de convertir su pensamiento en acción. Cárdenas rompió con el PRI y con el gobierno cuando nadie de su peso se atrevía a hacerlo.

 El país vivía una crisis económica brutal que se convirtió en crisis social. El milagro económico saltó por los aires. La presencia del narco comenzó a mostrar su rostro temible. Dos tragedias marcaron el sexenio de Miguel de la Madrid: la explosión de San Juanico y el terremoto de 1985.

 Poco después, la Bolsa Mexicana de Valores reventó. La clase media se evaporó. La resistencia política comenzó en el norte, en Chihuahua, y desde la derecha. El PAN cobró fuerza ahí y Manuel Bartlett, sin ningún pudor —nunca lo tuvo—, declaró que había instrumentado un fraude patriótico. En ese ambiente, México decidió entrar al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) y comenzar una tímida apertura a un mundo que cambiaba.

 El PRI nunca había sido un partido: había sido una bolsa de conciliación de intereses. En medio de la crisis del sistema, dos corrientes se enfrentaron: la de los modernizadores y la de los tradicionalistas. Los primeros pugnaban por la retirada del Estado de la economía y por su liberalización. Los segundos, entre ellos Cárdenas, buscaban reafirmar el nacionalismo revolucionario.

 Pronto, dentro del gobierno y del PRI, resultó evidente que los primeros, encabezados por Carlos Salinas de Gortari, ganaban la partida. Cárdenas y otros —notablemente Porfirio Muñoz Ledo, Efigenia Martínez y Rodolfo González Guevara— encabezaron la llamada Corriente Democrática dentro del PRI. Poco después, rompieron con el partido para impulsar una nueva corriente de izquierda. Así llegó 1988 y Cárdenas, ya candidato a la Presidencia, produjo un cisma. Generó un movimiento social que desplazó al PAN y compitió contra el PRI. Ganó las primeras senadurías de mayoría y, apoyado por Heberto Castillo, fundó el primer partido de izquierda potente del país: el PRD.

 Las elecciones de 1988 fueron, y lo siguen siendo hasta hoy, duramente cuestionadas. Hirieron la legitimidad de Salinas de Gortari como presidente. A partir de ahí comenzó la ciudadanización de la organización de las elecciones, que derivó en el Instituto Federal Electoral (IFE) de 1996 y que hoy está siendo destruida. Eso no hubiera sido posible sin Cárdenas. 

 Pero también el hijo del general fue clave para impedir una represión brutal del movimiento zapatista en 1994. Ya con esas credenciales, fue el primer jefe de Gobierno electo de la capital e impulsor de que, en 1997, el PRI perdiera la mayoría calificada en la Cámara de Diputados. Fue un gobernante gris. Su brillo se opacó a partir de su gestión y su empuje fue borrado por un liderazgo brioso e irreverente, todo lo que Cuauhtémoc no era: el de Vicente Fox.

 Con todo, Cuauhtémoc Cárdenas tuvo el coraje de romper con un sistema monolítico y feroz. Lo hizo en voz alta y en su momento. Fue el factor de transformación que desembocó en elecciones libres y en la alternancia política. Su liderazgo fue sustituido por un nuevo caudillo. Su legado, no. @fvazquezrig

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