Fernando Vázquez Rigada.
Las elecciones del próximo año representan una enorme oportunidad para continuar con el debilitamiento del oficialismo.
Eso dependerá fundamentalmente de la sociedad. También, de los partidos.
Por el flanco de la sociedad: debemos estar plenamente conscientes —primero— y comunicarlo vehemente —segundo— de que en esta elección se juega el porvenir de nuestra forma de vida, nuestro bienestar y nuestra paz.
Por el flanco de los partidos: adoptar el pragmatismo para aliarse donde se pueda ganar, pero, sobre todo, nominar buenos candidatos. Las marcas opositoras están desgastadas. Otras, no tiene arrastre por sí mismas. El electorado que se ha desprendido de Morena no se ha ido a otro partido, ni se irá: esperará a ver a quién se nomina.
Por otro lado, hay factores objetivos adicionales que influirán en la elección.
La aprobación presidencial está cayendo, aunque traten de convencernos de lo contrario. La realidad es que ya está por debajo de la mitad de la población (46% en junio).
El sentimiento predominante será el miedo: hay la certeza de que los criminales se han apoderado del Estado.
No obstante, hay otros tres temas que impactan el voto: corrupción, economía y salud.
Por último, y no menos importante, las elecciones intermedias favorecen el castigo.
Desde que se fundaron las bases de la democracia con Ernesto Zedillo, todos los presidentes, salvo Peña Nieto, han perdido su elección intermedia. Unos más, otros menos. El PRI perdió su hegemonía en 1997.
Vicente Fox perdió 62 distritos, en parte producto de su ruptura con el PVEM y en parte por la desilusión de su gestión.
La intermedia de Felipe Calderón en el 2009 no fue una derrota: fue una catástrofe. Perdió 67 distritos.
Peña fue la excepción que confirma la regla: logró aumentar en 10 distritos su bancada, aliado con el Verde y llegando a 184.
López Obrador también perdió su intermedia: su coalición perdió 39 distritos y la mitad de las alcaldías de la Ciudad de México. Ahí se disputaron, por primera vez 15 gubernaturas. Morena y aliados ganó 11. El PAN triunfó en dos —Querétaro y Chihuahua—. MC prevaleció en Nuevo León y el Verde en San Luis. Pero fue en esta elección, ojo, donde asomó el rostro temible del narco como operador electoral. Eso explica porque Morena ganó muchos estados, pero perdió casi 40 distritos. Al crimen le interesa el territorio, no las curules.
Las tendencias de la elección del 2027 parecerían ser favorables para un castigo.
Cierto: las encuestas nacionales revelan una ascendencia fuerte, aunque disminuida, de la marca Morena. De agosto del 2025 a junio pasado, el partido en el gobierno había perdido 10 puntos. Mucho, pero aún registraba un 30% de intención para la elección de la cámara de Diputados. El problema es que los partidos de oposición, en su conjunto, apenas llegaban al 19% de intención.
Pero insisto: faltan los nombres. Falta ver el desenlace de las guerras intestinas adentro del oficialismo. Y falta ver si la gente sale a votar para darle un giro al rumbo del país.
Y falta otro factor crucial: las nominaciones en los estados. La mayoría de los gobernadores de Morena son impresentables o traen un desgaste profundo. La península de Baja California, Sinaloa, Zacatecas, Michoacán, Guerrero, Campeche, Quintana Roo, son entidades en disputa. También, todos los estados gobernados por partidos distintos a Morena.
Veremos.
@fvazquezrig
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