Por Fernando Vázquez Rigada
México está viviendo el trastorno del caos.
Edward Lorenz descubrió algo inquietante trabajando con modelos meteorológicos: el caos no es un desorden.
Tiene reglas. Equilibrios. Es predecible. Pero halló algo más: el efecto mariposa.
Éste significa que una perturbación aparentemente insignificante puede modificar por completo un sistema caótico.
México parece estar entrando en su propio efecto mariposa.
Durante años, Morena funcionó bajo una lógica relativamente sencilla: había un centro gravitacional indiscutible llamado Andrés Manuel López Obrador.
Todo giraba en torno a él. Era un ordenador.
Hoy ya no.
Claudia Sheinbaum tiene la Presidencia y una enorme concentración institucional y aparente poder extremo, pero no tiene las llaves de la maquinaria.
El caos comienza a trastocarse por esa razón.
Lo que vive el oficialismo es la transición de un centro único de poder a una constelación. Muchos actores tienen, o creen tener, vida propia. También los aliados.
A esto se suman varios efectos.
Morena ya no compite por el poder: es el poder. Sin un juez hegemónico, las luchas internas son intestinas. No hay claridad de quién define qué, cómo se deben aceptar las decisiones ni quien hará que se acaten.
Por lo mismo, hay un desgaste profundo, preocupante, en los tres niveles de gobierno. Alcaldes incapaces, corruptos, ligados con el crimen, o las tres anteriores de manera simultánea. Gobernador@s desgastados. Un gabinete, salvo excepciones, de medio pelo.
La única amalgama que les queda de unión interna es la corrupción o, si se quiere, la complicidad.
Y ahí, el aletear de la mariposa se vuelve más que riesgoso: se vuelve potencialmente mortal.
Y es que las acusaciones de asociación con el crimen organizado, huachicol fiscal, corrupción sistémica, ya no constituyen un escándalo que puede aislarse: es un huracán devastador.
El trastocamiento de todo el caos viene de afuera, donde los dichos de Estados Unidos generan una potente percepción de credibilidad. Cierto: la base de Morena no lo cree o no quiere creerlo, pero esa base dura es cada día más pequeña. No insignificante, pero se achica. No débil, pero adelgaza.
Por eso, no hay que olvidar que, en política, en muchas ocasiones, es más importante lo que la gente cree que pasa que lo que pasa.
Y esa construcción de un partido delictivo se está afianzando en el imaginario colectivo
.
Estamos, pues, ante ondas telúricas que el sistema morenista ya no controla.
Imposible, sin dar un golpe de timón, unificar el mando.
Imposible controlar las aspiraciones desmedidas de gobernadores, exfuncionarios, aspirantes.
Imposible frenar a Estados Unidos.
Imposible tirar el lastre de la ideología que impide el progreso económico de las familias.
Son muchas mariposas batiendo las alas simultáneamente.
Y entonces ocurre lo que Lorenz descubrió hace más de medio siglo: el sistema sigue teniendo reglas, pero éstas están tambaleando y se avecina una espiral que desatará una potente tormenta.
Lo que nadie puede asegurar ya, es dónde terminará la tormenta.
@fvazquezrig
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