Justo cuando la cumbre del G-7 parecía seguir el guion previsto, Donald Trump volvió a sacudir el tablero internacional. En un movimiento que tomó por sorpresa a propios y extraños, el presidente de Estados Unidos soltó una bomba informativa: la posibilidad real de firmar un histórico acuerdo de paz con Irán este mismo fin de semana.
¿El gran objetivo sobre la mesa? Destrabar de inmediato el Estrecho de Ormuz, el cuello de botella marítimo por donde pasa el petróleo que mueve al mundo y que hoy tiene a los mercados en vilo.
La mecha del optimismo se encendió rápido, especialmente del lado de aliados como Pakistán, donde algunos portavoces ya dan el pacto casi por hecho. Sin embargo, en Teherán prefieren pisar el freno. El gobierno iraní ha recibido los anuncios de Trump con una dosis fría de cautela, aclarando que, aunque se ha avanzado bastante, todavía quedan hilos sueltos y discrepancias importantes en el documento final antes de cantar victoria.
En los pasillos del G-7 el ambiente se puso tenso. Los líderes de las potencias más industrializadas intentan descifrar si se trata de un verdadero logro diplomático o de otra de las conocidas jugadas de presión del mandatario estadounidense. Lo cierto es que una tregua en esa zona aliviaría la asfixia energética global y reconfiguraría las alianzas en Medio Oriente.
La historia no terminará aquí, en cuanto se clausure la cumbre, Trump viajará directo al Palacio de Versalles para verse las caras en privado con Emmanuel Macron. El presidente francés lo espera con una agenda cargada, donde este sorpresivo acercamiento con Irán y el futuro de la seguridad en Europa se robarán, sin duda, toda la atención.
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