SABERSINFIN
Abel Pérez Rojas
En los recientes meses he sido parte de algunos ejercicios vinculados a concursos de declamación y composición poética de adolescentes estudiantes de secundaria y bachillerato en la ciudad de Puebla, lo cual me ha orillado a pensar sobre diferentes asuntos relacionados con ello.
He podido comprobar el entusiasmo, compromiso y seriedad con la que muchos de los profesores, adolescentes y padres de familia les han impreso a estas competencias. Inmediatamente se ve que, detrás de cada presentación existe un trabajo arduo que pocas veces es visible para el público: horas de lectura, memorización, ensayos, correcciones y acompañamiento. También hay docentes que, más allá de cumplir con una responsabilidad laboral, asumen la misión de acercar a sus estudiantes al universo de la palabra y de la sensibilidad.
En tiempos donde con frecuencia se afirma que los adolescentes únicamente viven pendientes de las redes sociales o de los dispositivos electrónicos, estos concursos muestran una realidad distinta.
Existen miles de jóvenes que desean expresarse, leer, escribir y descubrir en la literatura una manera de comprenderse a sí mismos y de entender el mundo que los rodea.
No son mayoría, pero su presencia demuestra que el interés por la poesía es real y está lejos de desaparecer.
¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de paciencia y asco?
¿sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
también les queda no decir amén
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros…
(¿Qué les queda a los jóvenes? / Mario Benedetti)
Me ha llamado la atención que, quizá ocho de cada diez participantes, inclusive en las finales de su respectivo nivel, son mujeres. Esto seguramente puede ser atribuido a que ellas están asumiendo sin límites los retos que tienen enfrente y quizá porque ven en la poesía una ruta idónea para externar su sentir.
Esto que señalo es más que una simple participación numérica. En muchos casos también sobresale la profundidad con la que las jóvenes abordan sus textos y la seguridad con la que los presentan frente al público. No cabe duda de que han encontrado en la poesía un espacio donde pueden nombrar aquello que en otros ámbitos permanece silenciado o invisible.
La literatura se convierte entonces en un territorio de libertad, identidad y construcción personal.
También he podido constatar cómo es que las estudiantes han logrado exteriorizar emociones que probablemente a los jóvenes no les esté resultando tan accesible; este es un punto que deberíamos todos reflexionar, porque habría que adoptar estrategias para acercar más la poesía a los varones.
Durante décadas, por razones culturales, muchos hombres fueron educados bajo la falsa idea de que expresar emociones era un signo de debilidad.
Esa herencia continúa manifestándose en numerosos adolescentes, quienes con frecuencia encuentran mayores dificultades para hablar de sus miedos, afectos, pérdidas o esperanzas
. La poesía podría convertirse precisamente en un puente para romper ese silencio.
No se trata de feminizar la sensibilidad masculina, sino de humanizarla. Un joven que aprende a expresar sus emociones mediante la palabra probablemente desarrollará mayores capacidades para dialogar, resolver conflictos y construir relaciones más sanas.
La educación emocional no debería entenderse como un complemento del proceso educativo, sino como uno de sus pilares fundamentales.
¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina?
¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?
les queda respirar / abrir los ojos
descubrir las raíces del horror
inventar paz así sea a ponchazos
entenderse con la naturaleza
y con la lluvia y los relámpagos
y con el sentimiento y con la muerte
esa loca de atar y desatar
(¿Qué les queda a los jóvenes? / Mario Benedetti)
Quizá convenga revisar también la manera en que presentamos la poesía dentro de los muros escolares.
En ocasiones se le reduce a la memorización de fechas, autores y figuras retóricas, cuando en realidad la poesía es una experiencia vital.
Antes que un conjunto de reglas, es una forma de mirar el mundo. Cuando los estudiantes descubren que escribir un poema también puede ser una manera de responder preguntas personales, de sanar heridas o de ordenar el pensamiento, la literatura adquiere un significado completamente distinto.
Los poemas relacionados con los feminicidios y las agresiones a las mujeres son un tema recurrente en las composiciones.
Dichos poemas son de denuncia, lo cual es un gran paso, pero habría que retomar estas inquietudes para entablar diálogos abiertos, documentados y orientados a la prevención, para contagiar a las familias a que estos sean replicados al interior de ellas.
Resulta significativo que sean precisamente las adolescentes quienes coloquen estos temas sobre la mesa. Sus poemas evidencian preocupación, indignación y, sobre todo, un profundo deseo de vivir en una sociedad más segura y justa.
La poesía deja entonces de ser únicamente un ejercicio estético para convertirse en un instrumento de conciencia social, tal y como ha quedado documentado en el Manifiesto del Saber Infinitista.
Sin embargo, la denuncia por sí sola no basta.
Los textos que escuchamos deberían convertirse en punto de partida para generar conversaciones entre estudiantes, maestros, especialistas y padres de familia. La palabra poética puede abrir puertas que, de otro modo, permanecerían cerradas. A partir de ella es posible hablar de violencia, igualdad, respeto, salud mental y convivencia sin que estos temas parezcan impuestos desde un discurso institucional.
Algo semejante ocurre con otras problemáticas que preocupan a las nuevas generaciones: la ansiedad, la incertidumbre frente al futuro, la soledad, el acoso escolar, la presión social y la búsqueda de identidad. Muchos de estos asuntos aparecen de manera recurrente en los poemas escritos por adolescentes. Escucharlos con atención puede ofrecernos información muy valiosa sobre lo que están viviendo y sintiendo.
Por ello, estos concursos representan mucho más que una competencia. Constituyen espacios privilegiados para conocer la voz de una generación que desea ser escuchada.
Cada poema es también un testimonio del momento histórico que vivimos y de las preocupaciones que acompañan a nuestros jóvenes.
Vale la pena que las instituciones educativas, las autoridades culturales y los medios de comunicación continúen fortaleciendo este tipo de actividades.
Promover la lectura, la escritura y la declamación no significa únicamente formar futuros poetas; significa formar ciudadanos con mayor capacidad para pensar críticamente, comunicarse con respeto y desarrollar empatía.
Siempre he sostenido que la poesía no transforma por sí sola a la sociedad, pero sí transforma a las personas. Y cuando las personas cambian, también cambian las familias, las escuelas y las comunidades.
Después de presenciar estos concursos salgo convencido de que existe una generación de adolescentes que quiere hablar, crear y participar. Nuestra responsabilidad consiste en ofrecerles espacios donde esa voz pueda crecer con libertad, acompañamiento y sentido. La poesía seguirá siendo, entonces, una de las formas más nobles de educar el corazón y de fortalecer el pensamiento.
¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?
también les queda discutir con dios
tanto si existe como si no existe
tender manos que ayudan / abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno /
sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines de pasado
y los sabios granujas del presente.
(¿Qué les queda a los jóvenes? / Mario Benedetti)
Concluyo expresando mi gratitud al Mtro. José Juan Cortés Castillo, supervisor de la Zona 034 BGE; a su equipo de trabajo, en particular a la Mtra. Nancy Luna; a mis compañeros jurados, y a toda la comunidad educativa integrada por estudiantes, profesores y padres de familia.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta
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