FUENTE DE PODER. Por Merlín.
En política, las sonrisas también dicen mucho… y a veces, demasiado poco.
El relevo en la dirigencia nacional de Morena, con Ariadna Montiel al frente, ocurrió en un ambiente que más que celebración parecía velorio.
No era para menos: el contexto pesa, y los escándalos recientes han dejado una sombra difícil de ignorar, especialmente los que rodean al exgobernador Rubén Rocha Moya y otros personajes señalados en una denuncia presentada ante la Fiscalía de Nueva York.
En ese escenario, Montiel lanzó un mensaje que busca marcar distancia: combatir la corrupción desde dentro y apostar por candidatos con trayectoria limpia
. El discurso suena firme, incluso necesario, pero la duda inevitable es si será suficiente para sacudirse los lastres que hoy pesan sobre el movimiento.
Porque mientras se hablaba de depuración, las imágenes contaban otra historia. Ahí estaba Luisa María Alcalde, con una sonrisa a medias, como quien entiende que el relevo no es necesariamente sinónimo de renovación. Más adelante, en primera fila, destacaba la amplia sonrisa de Andrés Manuel López Beltrán —“Andy”—, cuya presencia no pasa desapercibida en la nueva configuración del poder interno.
También figuraba el coordinador de la JUCOPO en el Senado de la República Ignacio Mier Velazco, siempre cercano a los momentos clave,otro más como Jesús Ramírez Cuevas y el gobernador poblano Alejandro Armenta Mier, testigos silenciosos de un acto que, más allá del protocolo, parecía cargado de mensajes internos.
Morena intenta reinventarse sin romperse, limpiar sin fracturarse, avanzar sin mirar demasiado atrás
EN MORENA NO PERMITIREMOSEN EL 2027 CANDIDATOS CORRUPTOS: ARIADNA MONTIEL
Pero la política tiene memoria, y los discursos —por contundentes que sean— no siempre logran sepultar las dudas.
El reto de Ariadna Montiel no será menor: convencer de que la promesa de una “limpia trayectoria” no es solo una frase de ocasión, sino una verdadera línea de acción. Porque si algo quedó claro en ese salón de sonrisas contenidas es que, en política, los relevos no siempre traen consigo los cambios que se anuncian.
La consigna fue clara, aunque el ambiente dijera otra cosa.
En pleno Consejo Político de Morena, la frase “no nos vamos a doblar” marcó el tono defensivo frente a la tormenta que representan las denuncias contra el exgobernador Rubén Rocha Moya y otros implicados.
Más que un mensaje de fortaleza, sonó a cierre de filas ante un escenario incómodo que el partido no logra sacudirse.
El salón, sin embargo, no acompañó del todo el discurso.
Fue un consejo frío, de esos donde las formas pesan más que el fondo. Las porras dejaron ver otra lectura: abundantes para Andrés Manuel López Obrador, escasas para Claudia Sheinbaum. Un detalle que, aunque parezca menor, refleja que las lealtades internas siguen ancladas en el pasado reciente más que en el presente que intenta consolidarse.
En ese contexto, la dirigente nacional Ariadna Montiel optó por un discurso que ya es conocido: cuestionar a los medios de comunicación.
Acusó desinformación y reprochó que no se difundan —según su visión— los logros del movimiento y del gobierno.
El problema es que esa narrativa tropieza con una realidad más compleja: los medios no inventan escándalos, los documentan.
Porque lo que hoy incomoda no es la cobertura, sino los hechos. Las denuncias que han alcanzado a Rubén Rocha Moya y a otros actores no desaparecen por señalar a la prensa.
Intentar trasladar el foco hacia la “desinformación” parece más un intento de control del relato que una respuesta de fondo.
Morena enfrenta así un doble desafío: sostener la unidad interna en medio de señales contradictorias y, al mismo tiempo, responder con claridad a cuestionamientos que trascienden el discurso político.
Porque si algo quedó en evidencia en ese consejo es que, más allá de las consignas, el ánimo no es de celebración… sino de contención.
Y en política, cuando se pasa de la movilización al control de daños, es porque algo ya empezó a cambiar.
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