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Poesía y la resistencia a la destrucción de la individualidad: reflexiones desde Bajo la rueda





SABERSINFIN  Abel Pérez Rojas


 Dejo aún tibias las páginas de Bajo la rueda (2018) de Hermann Hesse (1877- 1962), la novela del ensayista, cuentista y filósofo alemán, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1946, para disponerme a escribir mi artículo semanal. Como ahora lo vengo haciendo con obras que han dejado huella en la humanidad, trato de encontrar en estas si existe alguna relación con una de mis grandes pasiones: la poesía. 


De entrada, he reparado en varios elementos que saltan a la vista en relación con mi interés. Esto tiene que ver con el hecho de que el afamado Hesse, además de haber sido novelista —arte por el cual recibió el máximo galardón en literatura—, también escribió poesía.

 A lo largo de toda su vida, el autor de novelas como Siddhartha o El lobo estepario escribió una cantidad significativa de poemas —estos días dediqué también parte de mi tiempo a disfrutar su poesía—. Hesse escribió versos desde su juventud hasta los últimos años de su vida. Comprobé que su poesía es introspectiva, profundamente vinculada con la temática de sus novelas

. De hecho, mientras combinaba la lectura de Bajo la rueda con su poema En la niebla (Im Nebel), no podía dejar de encontrar similitudes entre los escenarios boscosos del terruño natal de Hans Giebenrath —personaje central de la novela— y esos versos donde la soledad se revela como una condición ontológica: vivir es estar solo.

 Y es precisamente en esa soledad donde emerge uno de los núcleos más inquietantes de la novela: la progresiva destrucción de la individualidad bajo los sistemas educativos rígidos. Hesse nos presenta a Hans Giebenrath como un joven dotado, cuya inteligencia es rápidamente detectada por su entorno social, no para ser cultivada en libertad, sino para ser encauzada hacia un molde preestablecido. Desde las primeras páginas, el destino del joven parece decidido: el seminario, la academia, la institucionalización del talento.

 La novela expone con crudeza cómo la sociedad —representada por la familia, la escuela, la iglesia— no busca el florecimiento del individuo, sino su adecuación a una estructura funcional. Hans deja de ser sujeto para convertirse en proyecto. Su vida se vuelve una suma de exigencias, una acumulación de tareas, un itinerario impuesto que no admite fisuras. Aquí es donde la poesía, como categoría espiritual y estética, adquiere una relevancia decisiva.

 La poesía no aparece explícitamente como práctica constante en la vida de Hans, pero sí como una posibilidad latente, como una dimensión del ser que se ve sofocada. La contemplación del río, la evocación de la infancia, el goce de la naturaleza —todos estos elementos presentes en la novela— son, en esencia, gestos poéticos. Sin embargo, son desplazados por la lógica utilitaria del rendimiento académico.

 Cabe mencionar que la poesía también aparece en la vida de Hans —como compañera y fulcro— cuando, en el seno del seminario, se vuelve entrañable su amistad con Hermann Heilner, un joven inquieto, rebelde e incluso misterioso, fruto de un saber disruptivo y amante de la poesía de William Shakespeare, Friedrich Schiller y Nikolaus Lenau, entre otros. Es en este periodo cuando Hans comienza a abrir los ojos para “ver” el lado gris y tortuoso del sistema escolar religioso al que ha ingresado.


 En este sentido, Bajo la rueda puede leerse como una denuncia anticipada de los sistemas educativos que privilegian la memorización, la competencia y la obediencia sobre la sensibilidad, la creatividad y la introspección. Hans es sometido a una disciplina que lo aleja de sí mismo.

 Su relación con el conocimiento deja de ser un acto de descubrimiento para convertirse en un ejercicio de supervivencia. Resulta profundamente revelador observar cómo, en medio de esta presión, los momentos de conexión con la naturaleza se convierten en los únicos espacios de libertad para el personaje. El río, la pesca, el recuerdo de la infancia: ahí está la poesía.

 No como ornamento, sino como una forma de resistencia. Como una manera de preservar aquello que el sistema intenta borrar. En este punto, la lectura de Hesse se vuelve contemporánea. En una época marcada por la estandarización del conocimiento, por la lógica de los algoritmos y la productividad constante, la figura de Hans Giebenrath se multiplica. Son miles los jóvenes que, como él, ven su sensibilidad reducida a métricas, su curiosidad sustituida por programas y su identidad diluida en expectativas ajenas. La poesía, entonces, se presenta como una alternativa radical.

 No en el sentido de evasión, sino como un acto consciente de recuperación del ser. La poesía permite nombrar lo que no encaja, lo que duele, lo que resiste. Es, en palabras del saber infinitista, una forma de reconfigurar la realidad desde la conciencia.

 En mi lectura, Hesse no solo critica un modelo educativo; plantea una pregunta más profunda: ¿qué sucede con el alma cuando se le niega su derecho a la expresión? Hans no fracasa por falta de inteligencia; fracasa porque su mundo interior es ignorado. 

Porque no hay espacio para su voz. Y aquí es donde la declamación, como extensión de la poesía, adquiere una dimensión formativa. Decir el poema es encarnarlo, es hacerlo presencia. La palabra deja de ser abstracción y se convierte en acto. En este sentido, la poesía no solo se escribe: se vive, se dice, se proyecta.

 La tragedia de Hans es, en última instancia, la tragedia de una sensibilidad no escuchada. Un joven que pudo haber sido muchas cosas, pero que fue reducido a una sola: la expectativa de los otros. Bajo la rueda, además de ser el título de la novela; es la metáfora de una maquinaria que aplasta lo singular en nombre de lo útil. Sin embargo, incluso en esa caída, hay destellos de humanidad. 

Hay momentos en los que Hans recuerda, siente, anhela. Y esos momentos son profundamente poéticos. Son la evidencia de que, a pesar de todo, hay algo en el ser humano que se resiste a desaparecer. No me queda la menor duda de que, cuando Hans pasa largas horas en su infancia pescando o recostado boca arriba en los pastizales de su comarca, ello remite a una suerte de “poesía de la calma”.

 Esta puede inferirse a partir de la lectura de uno de los textos que he venido abordando en mis artículos, Vida contemplativa de Byung-Chul Han, obra a la que, sin duda, volveré en diversas ocasiones en mis próximos escritos. Bajo la rueda trae consigo, en su primera mitad, la “rebeldía” de esa “poesía de la calma”; es decir, aquella que surge del ocio, de la paz y de la inactividad consciente. Por ello, leer Bajo la rueda desde la poesía no es un ejercicio caprichoso, sino una necesidad interpretativa.

 La poesía es la clave para comprender lo que está en juego: la defensa de la individualidad, la preservación del alma, la afirmación de la vida interior. Hoy más que nunca, en tiempos donde la velocidad y la eficiencia parecen regirlo todo, volver a Hesse es un acto de lucidez. Y hacerlo desde la poesía es, estoy convencido, una forma de resistir. Porque si algo nos enseña esta novela es que la educación sin sensibilidad es una forma de violencia. Y que la poesía, cuando es asumida como un acto consciente, no solo forma: salva. Salva la vida de caer, definitivamente, bajo la rueda. Bibliografía Han, Byung-Chul. (2023).

 Vida contemplativa. Taurus. Hesse, Hermann. (2018). Bajo la rueda. EMU, colección Grandes de la literatura. Martínez Barradas, M. A. (2026). Manifiesto del Saber Infinitista. Sabersinfin / Mundo Iluminado. Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta

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