SABERSINFIN. Abel Pérez Rojas.
Escribo este artículo en Jueves Santo de la Semana Santa de 2026. En estos
días, una parte significativa de la población mexicana se encuentra de asueto,
fenómeno que se replica —con matices— en gran parte de América Latina.
Las
ciudades adquieren un ritmo distinto: algunas calles se vacían, otras se llenan de
viajeros; el tiempo cotidiano se dilata y el reloj social parece aflojar su presión
sobre la conciencia.
Ese cambio en el pulso colectivo invita a pensar. Y cuando el pensamiento se
vuelve atento a los signos del tiempo, inevitablemente se abre un espacio para la
contemplación.
Desde esa pausa reflexiva no puedo evitar relacionar estas fechas
con una de mis lecturas más recientes, la cual he disfrutado particularmente:
Elogio de la inactividad. Vida contemplativa del filósofo surcoreano Byung-Chul
Han.
La tesis de Han resulta provocadora en un mundo que ha sacralizado la
productividad. Vivimos —nos dice— bajo el régimen de una hiperactividad
permanente que convierte cada instante en una oportunidad para producir,
optimizar o competir.
El sujeto contemporáneo no descansa: incluso cuando
parece hacerlo, continúa conectado, gestionando información o respondiendo
estímulos. En ese escenario, el ocio ha sido degradado hasta convertirse en una
mera pausa funcional dentro de la maquinaria del rendimiento
Sin embargo, la tradición filosófica y cultural de Occidente comprendía el ocio de
una manera radicalmente distinta.
En la Grecia clásica, el ocio —scholé— no era un vacío improductivo, sino la
condición necesaria para el pensamiento. De hecho, la palabra “escuela” proviene
precisamente de ese término.
El tiempo libre permitía dedicarse a la
contemplación, al diálogo filosófico y a la formación del espíritu.
Durante siglos, la vida contemplativa fue considerada una de las formas más
elevadas de existencia humana. Filósofos, místicos y poetas coincidían en que la
pausa permitía abrir un espacio interior desde el cual comprender el mundo.
La modernidad, sin embargo, alteró esa jerarquía. El trabajo pasó a ocupar el
centro del valor social. El tiempo comenzó a medirse por su utilidad económica.
Y
así, el ocio fue reducido a un simple descanso para volver a producir.
El diagnóstico de Han es contundente: hemos perdido la capacidad de habitar el
tiempo sin explotarlo.
La consecuencia no es menor. Cuando toda experiencia se orienta a la
productividad, la vida pierde profundidad.
El sujeto contemporáneo se vuelve
incapaz de demorarse en las cosas, de escucharlas, de contemplarlas.
En otras palabras: pierde su capacidad poética.
En este punto aparece una posibilidad de resistencia cultural. Si la sociedad del
rendimiento nos arrastra hacia una aceleración permanente, la poesía introduce
una pausa radical.
La poesía no se escribe ni se lee con prisa.
Exige detenerse.
Exige escuchar el silencio entre las palabras.
Exige suspender la utilidad inmediata.
En ese sentido, la poesía es una forma de reapropiación del tiempo interior.
Cuando el poeta escribe, no busca producir resultados medibles. Tampoco
pretende optimizar el lenguaje. Su gesto es otro: detener el flujo automático del
mundo para revelar lo que normalmente pasa inadvertido.
Por ello, la poesía no pertenece al ámbito de la productividad sino al de la
contemplación.
No es casual que Octavio Paz haya señalado en su obra El arco y la lira que la
poesía constituye una experiencia que suspende el tiempo ordinario. El poema
abre una grieta en la continuidad del mundo utilitario y nos permite experimentar
una intensidad distinta de la realidad.
El poema, en ese sentido, es una forma de ocio creador.
Los días de asueto —como los que se viven durante la Semana Santa—
conservan todavía un vestigio de esa antigua comprensión del tiempo. Aunque
muchos los asocien únicamente con vacaciones o descanso laboral, su origen
cultural remite a una suspensión del ritmo cotidiano para dar lugar a la reflexión
espiritual.
Incluso quienes no participan activamente de las prácticas religiosas experimentan
un cambio en la atmósfera social.
Hay algo distinto en el aire.
Los ritmos disminuyen.
Las conversaciones se alargan
.
Las caminatas se vuelven más lentas.
Se trata de pequeñas rendijas en el engranaje de la hiperactividad
contemporánea.
Y en esos resquicios la poesía encuentra un espacio fértil.
Porque el poema nace precisamente en ese territorio donde el tiempo deja de ser
presión y se convierte en presencia.
La contemplación, en el sentido profundo que propone Han, no es una pasividad
“hueca”. Por el contrario, implica una forma superior de atención.
Contemplar es mirar sin consumir.
Escuchar sin reducir la experiencia a información.
Habitar el instante sin convertirlo en rendimiento.
En un mundo saturado de estímulos y datos, la contemplación se vuelve un acto
radical.
La cultura digital —con su flujo constante de mensajes, imágenes y
notificaciones— fragmenta nuestra atención. El pensamiento se vuelve disperso,
superficial, incapaz de demorarse en una idea.
La poesía actúa entonces como una disciplina de la atención.
El poema obliga a leer lentamente.
A respirar con las palabras.
A permitir que el sentido emerja gradualmente.
Por ello, la poesía, además de ser un arte, es también una forma de higiene
espiritual frente al exceso de estímulos.
Si algo caracteriza a la poesía es su capacidad de transformar la percepción.
El
poeta no se limita a describir el mundo; lo reinterpreta, lo reorganiza
simbólicamente.
Ese proceso exige una forma particular de inteligencia: la inteligencia poética.
Esta inteligencia no se basa únicamente en la lógica analítica. También integra
intuición, sensibilidad, memoria cultural y experiencia emocional.
Pero hay un requisito previo para que esa inteligencia se despliegue: el tiempo
contemplativo.
Nadie puede escribir un poema profundo desde la prisa.
Nadie puede escuchar la música secreta del lenguaje mientras responde
notificaciones.
El poema requiere una forma de silencio interior.
Y ese silencio solo aparece cuando nos permitimos no hacer.
Paradójicamente, la creatividad surge muchas veces en esos momentos que el
sistema considera improductivos: una caminata sin rumbo, una conversación
pausada, la contemplación de un paisaje, el simple acto de mirar el cielo.
La poesía, por tanto, reivindica el valor del tiempo aparentemente inútil.
El planteamiento de Han puede leerse también como una advertencia cultural. Si
una civilización pierde su capacidad de contemplación, corre el riesgo de perder
también su profundidad espiritual.
Una sociedad completamente orientada al rendimiento produce individuos
eficientes, pero no necesariamente sabios.
La poesía, la filosofía y el arte han sido históricamente espacios donde la
humanidad reflexiona sobre sí misma. Si esas prácticas desaparecen o se
subordinan totalmente a la lógica del mercado, el pensamiento se empobrece.
Por ello, defender el ocio contemplativo no es una nostalgia romántica: es una
necesidad civilizatoria.
Necesitamos tiempo para pensar.
Tiempo para leer.
Tiempo para escribir.
Tiempo para contemplar.
Sin esos espacios, la cultura se vuelve mera información y la vida se reduce a
productividad.
En última instancia, la poesía enseña algo fundamental: volver a mirar.
Cuando un poema logra tocar la sensibilidad del lector, produce un pequeño
desplazamiento en su percepción del mundo. Aquello que parecía cotidiano
adquiere un nuevo significado.
El árbol ya no es solo un objeto del paisaje.
La lluvia deja de ser un fenómeno meteorológico.
El silencio revela una profundidad inesperada.
Ese cambio de mirada constituye una forma de despertar.
Por eso, la poesía sigue siendo necesaria en tiempos de hiperactividad: porque
nos recuerda que la vida no se reduce a producir y consumir.
Existe otra dimensión de la existencia.
Una dimensión donde el tiempo no se mide por su rendimiento sino por su
intensidad.
Mientras termino estas líneas en este Jueves Santo, pienso que los días de asueto
no deberían ser vistos únicamente como interrupciones del trabajo. Pueden ser
comprendidos también como oportunidades para recuperar el tiempo interior.
Leer un poema.
Escribir algunas líneas.
Caminar sin prisa.
Escuchar el silencio.
Pequeños actos que, en apariencia, no producen nada.
En esas aparente inactividad se encuentra una de las formas más profundas de
actividad humana: la contemplación.
Y en ese territorio, donde el tiempo se aquieta y la conciencia se expande, la
poesía sigue encendiendo su antigua tarea: recordarnos que la vida, antes que
rendimiento, es presencia en el aquí y ahora.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta
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