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CNDH contra ONU, negar para gobernar





Por Karla Pulido



 En México no solo desaparecen personas. En México también se están desapareciendo las palabras. Y eso no es menor. Es una estrategia.


 Porque cuando el poder decide no llamar a las cosas por su nombre, no está siendo prudente... está siendo cómplice. Cómplice por omisión, por cálculo o por conveniencia. Pero cómplice al final. Hoy vivimos en un país donde la tragedia se administra desde el lenguaje. No hay desapariciones forzadas, dicen. 

Hay "personas no localizadas". No hay desastre ambiental, dicen. Hay "unas gotas" de hidrocarburos. No hay patrones de violencia estructural. Hay "casos aislados". ¿De verdad? Mientras organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas advierten sobre la gravedad de la crisis de desapariciones en México, aquí se opta por la narrativa cómoda: la que reduce, la que matiza, la que esquiva. El caso del rancho Izaguirre es indignante no solo por lo que revela, sino por cómo se intenta explicar. Hablar de "ausencias voluntarias" en un país donde miles de familias buscan a sus hijos entre fosas clandestinas no es un error de comunicación. Es una falta de respeto. Es negar la realidad de frente


. Es intentar convencer a la sociedad de que la gente desaparece porque quiere, no porque hay redes criminales, colusión o abandono institucional. Y eso, francamente, es insostenible, porque si algo prometió este gobierno fue romper con las prácticas del pasado. No repetirlas con otro discurso. No maquillarlas con otras palabras. No administrar el desastre heredado como si fuera inevitable. El cambio no era semántico.

 Era estructural. Pero cuando se minimiza un derrame como "unas gotas", cuando se diluye una desaparición en tecnicismos, cuando se le baja el volumen al horror... lo que vemos no es transformación. Es continuidad. Una continuidad peligrosa, porque además se disfraza de cambio. Aquí no se trata de atacar por atacar. Se trata de exigir congruencia.


 De recordar que gobernar implica nombrar la realidad tal cual es, aunque incomode, aunque cueste, aunque exhiba fallas. Porque solo así se puede corregir. Negar el nombre de las cosas no las desaparece. Solo las encubre. Y un país que encubre su propia tragedia está condenado a repetirla. Las madres buscadoras no necesitan discursos. Necesitan verdad. Y la verdad, en México, empieza por algo básico que hoy parece revolucionario: Llamar a las cosas por su nombre

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