EN LA LÍNEA POR CARLOS TORRES.
LAS GUBERNATURA Y CURULES FEDERALES SON DE PALACIO NACIONAL
El relevo en la dirigencia nacional de Morena no es un simple cambio administrativo: es, en los hechos, el inicio de una reconfiguración profunda rumbo a 2027. Con la llegada de Ariadna Montiel, identificada con el ala más dura del movimiento, se anticipa una sacudida en las listas de aspirantes a cargos de elección popular en todo el país.
La lógica es clara: se acabaron —al menos en el discurso— las candidaturas dictadas por los gobernadores. Montiel, acompañada de su círculo cercano de asesores, pretende revisar personalmente los perfiles para garantizar que quienes aparezcan en la boleta sean competitivos, rentables electoralmente y, sobre todo, leales al proyecto político en turno.
La apuesta no es menor, porque implica centralizar decisiones que antes se negociaban en los estados, lo que inevitablemente abrirá nuevos frentes de tensión interna.
En Palacio Nacional y en la cúpula morenista hay plena conciencia del escenario que se avecina
. Las elecciones de 2027 no serán un trámite. Está en juego la mayoría en el Congreso de la Unión, un factor clave para mantener la viabilidad legislativa del proyecto político.
Perder ese control significaría abrir la puerta a contrapesos reales que hoy no existen.
Pero el mayor desafío no está solo en la oposición, sino en el desgaste interno. El hartazgo ciudadano comienza a hacerse evidente.
La percepción de que el gobierno federal no responde con eficacia a las demandas sociales crece, mientras que sectores estratégicos, como el empresarial, muestran señales de cansancio ante un entorno económico que no despega y reglas del juego que consideran inciertas.
Ese doble frente —descontento social y desconfianza económica— convierte la selección de candidatos en una operación de alto riesgo. No bastará con la marca partidista ni con la estructura territorial; se necesitarán perfiles que conecten con un electorado cada vez más crítico.
La pregunta de fondo es si la nueva dirigencia logrará equilibrar la disciplina interna con la apertura necesaria para postular perfiles realmente competitivos.
Porque si algo ha demostrado la historia reciente es que las imposiciones, aunque funcionen en el corto plazo, suelen cobrar factura en las urnas.
Morena entra así a una etapa decisiva: redefinir su método de selección o arriesgarse a que el 2027 marque el inicio de su desgaste electoral. El reloj ya empezó a correr.
En el fondo de la reconfiguración política que vive Morena hay una tensión que, aunque se niega en el discurso público, es cada vez más evidente en los hechos: la disputa por la lealtad real dentro del movimiento.
Una buena parte de los gobernadores morenistas mantiene un vínculo político más sólido con Andrés Manuel López Obrador que con la actual presidenta Claudia Sheinbaum.
No es casualidad. Fue el exmandatario quien los impulsó, los posicionó y, en muchos casos, los llevó directamente al poder. Esa relación política, construida a lo largo de años, no se diluye de un día para otro por un relevo institucional.
Aunque en público cierren filas con la titular del Ejecutivo, en privado las señales son distintas.
La lealtad política no se decreta, se ejerce, y hoy ese ejercicio muestra matices que incomodan en Palacio Nacional.
Frente a este escenario, todo apunta a que la presidenta buscará afianzar su propio control político.
¿Cómo? Con una ruta ya conocida en el sistema mexicano: reconfigurar el gabinete y redibujar las candidaturas. Los movimientos vendrían en dos frentes.
Primero, los ajustes en el gabinete.
Aquellos perfiles que llegaron por recomendación o cuota política podrían empezar a salir gradualmente para dar paso a funcionarios más alineados con el proyecto personal de la mandataria. No se trata solo de eficiencia administrativa, sino de construir una estructura de poder propia, sin intermediarios ni compromisos heredados.
Segundo, el control de las candidaturas. Las postulaciones a gubernaturas y diputaciones federales difícilmente quedarán en manos de los grupos locales. La intención sería clara: privilegiar a perfiles cercanos a la presidenta, con lealtad probada y capacidad de operación política. En otras palabras, cerrar el paso a las imposiciones externas, incluso si provienen de figuras con peso histórico dentro del movimiento.
Este reacomodo no estará exento de costos.
Desplazar a grupos que se sienten con derechos adquiridos generará resistencias internas, fracturas silenciosas y, eventualmente, fugas políticas. Pero también puede convertirse en una oportunidad para redefinir el liderazgo real dentro del partido.
De cara a 2027, lo que está en juego no es solo una elección, sino el control del proyecto político en su conjunto. La pregunta es si Claudia Sheinbaum logrará consolidar su propio bloque de poder a tiempo, o si las lealtades heredadas terminarán condicionando su margen de maniobra.
Porque en política, como bien se sabe, el poder no se hereda: se construye… o se pierde.
LA PREGUNTA DEL DÍA
Quien es el exgobernador poblano que junto con sus dos socios siguen ofreciendo su Helicóptero Agusta en 8 millones de dólares que equivale a casi 140 millones de pesos?.¡Vaya! austeridad republicana.
Publicar un comentario