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LOS POLÍTICOS ENGAÑAN CON MENTIRAS A LOS CIUDADANOS






 Entre el dicho y el hecho

 En México, la política se ha vuelto, para muchos ciudadanos, un ejercicio de memoria corta… pero de larga decepción. No es nuevo: campañas llenas de promesas, discursos cuidadosamente diseñados y compromisos que, una vez en el poder, se diluyen entre excusas, ajustes y silencios.

 La pregunta no es por qué ocurre, sino por qué sigue ocurriendo sin consecuencias reales.

 El guion se repite elección tras elección. Candidatos que juran austeridad terminan rodeados de privilegios; quienes prometen cercanía con el pueblo levantan muros burocráticos; los que critican al poder, al llegar a él, replican las mismas prácticas que antes condenaban. 

El problema no es de colores ni de siglas, es estructural.

 En el fondo, la política mexicana sigue atrapada en una lógica donde el discurso sirve para ganar y la realidad obliga a gobernar… pero sin rendir cuentas. Y ahí está el punto crítico: la distancia entre lo que se dice y lo que se hace no sería tan grave si existieran mecanismos eficaces para exigir responsabilidad. 

 Pero no los hay. O no como deberían.

 La rendición de cuentas sigue siendo débil, la transparencia muchas veces es simulación y el costo político de incumplir promesas es, en la práctica, mínimo. Así, el incentivo es claro: prometer más, aunque se cumpla menos.

 A esto se suma una ciudadanía cada vez más escéptica, que observa, critica y señala, pero que también, en ocasiones, normaliza estas contradicciones como parte inevitable del sistema.

 Ese es quizá el mayor riesgo: que la incongruencia deje de indignar. Porque cuando decir una cosa y hacer otra se vuelve regla, la confianza pública se erosiona, y con ella, la legitimidad de las instituciones.

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