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La poesía y la Copa Mundial de Futbol de 2026






SABERSINFIN

 Abel Pérez Rojas 

 Los grandes acontecimientos internacionales, además de convocar a multitudes en torno a una actividad específica, también abren un escenario simbólico donde los países anfitriones proyectan su identidad cultural ante el mundo.


 Los Juegos Olímpicos, las exposiciones universales y, de manera particularmente intensa, los campeonatos mundiales de futbol se convierten en vitrinas globales donde, además de mostrar los resultados deportivos, también se comparte el patrimonio cultural, histórico y humano de las naciones que los reciben.

 La Copa Mundial de la FIFA 2026 será uno de esos momentos de concentración simbólica planetaria. El torneo se realizará de manera conjunta en México, Estados Unidos y Canadá, lo que convertirá a América del Norte en el epicentro mediático del deporte más popular del planeta. Escribo estas líneas a unas cuantas horas de la reinauguración del Estadio Azteca —que ahora llevará el nombre de Estadio Banorte—, un recinto que ocupa un lugar singular en la historia del deporte mundial. No se trata de un estadio cualquiera: es el único estadio de futbol en el planeta en albergar tres ceremonias inaugurales de un campeonato mundial.


 Esa singularidad lo convierte en un símbolo deportivo global y, al mismo tiempo, en un punto de convergencia de memorias colectivas. En las próximas semanas, millones de espectadores seguirán cada partido, cada jugada y cada resultado.


 Pero, paralelamente, las cámaras de televisión, los cronistas, los reporteros culturales y los viajeros recorrerán ciudades, museos, plazas, barrios y paisajes de los países sede. En ese recorrido inevitablemente se asomarán a la cultura viva de cada nación. 


En el caso de México, el país aparecerá ante el mundo como una civilización cultural profundamente compleja, donde convergen historia milenaria, tradición popular, tecnología contemporánea y una de las literaturas más vigorosas de la lengua española. México es, en muchos sentidos, un país que escribe y canta absolutamente a todo. La poesía ha sido una de las formas privilegiadas mediante las cuales los mexicanos han pensado su existencia. 

Desde los antiguos cantos prehispánicos hasta las voces contemporáneas que circulan hoy en libros, revistas y plataformas digitales, el país ha construido una relación íntima con la palabra poética. Uno de los testimonios más antiguos y profundos de esta tradición se encuentra en la poesía de los pueblos originarios. En ella resuenan reflexiones filosóficas, preguntas metafísicas y cantos que expresan la conciencia de la fugacidad de la vida.


 El antiguo poeta y gobernante texcocano Nezahualcóyotl escribió hace siglos unos versos que aún hoy conservan una sorprendente vigencia: “¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra? No para siempre en la tierra: solo un poco aquí”. Estas palabras, surgidas en el mundo náhuatl prehispánico, contienen una reflexión que atraviesa siglos y culturas: la conciencia de la temporalidad humana. En ellas se revela una filosofía de la vida que forma parte de la raíz cultural del país.

 La poesía indígena no es únicamente una herencia histórica; es también una forma de resistencia cultural. Las lenguas originarias de México —náhuatl, maya, mixteco, zapoteco, otomí, purépecha, entre muchas otras— han resistido procesos históricos de marginación y silenciamiento. Sin embargo, en ellas continúa latiendo una tradición poética que se niega a desaparecer. Cada poema escrito o cantado en estas lenguas es una afirmación de identidad cultural. Cuando el mundo observe a México durante el Mundial de Futbol de 2026, estará viendo también esa diversidad cultural que se resiste a desaparecer.

 Pero la tradición poética mexicana no se limita al pasado indígena. En la modernidad literaria del país han surgido voces capaces de dialogar con el pensamiento universal. Entre ellas destaca la figura de Octavio Paz, quien exploró en su obra la relación entre lenguaje, historia y conciencia. En uno de sus versos más conocidos escribió:


 “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono”. Esta afirmación resume una concepción profunda de la poesía: tanto como arte estético, como forma de conocimiento del mundo y de nosotros mismos. En México la poesía ha sido también un espacio para cuestionar las estructuras sociales y reflexionar sobre la condición humana. La voz de Rosario Castellanos representa una de las expresiones más lúcidas de esa mirada crítica. En uno de sus versos escribió:


 “Debe haber otro modo de ser humano y libre”. Mucho antes, en el siglo XVII, otra voz extraordinaria había dejado una huella indeleble en la tradición literaria del país: Sor Juana Inés de la Cruz. En su célebre poema crítico escribió: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón”.

 Con esa ironía intelectual, Sor Juana inauguró una tradición de pensamiento crítico que continúa influyendo en la cultura latinoamericana. Así, desde el mundo prehispánico hasta la modernidad literaria, la poesía mexicana ha dialogado con la historia, con la política, con la identidad y con los dilemas existenciales del ser humano. Hoy esa tradición convive con una realidad cultural donde se entrelazan tecnología, folclore, historia y actualidad. En las ciudades mexicanas conviven templos prehispánicos, iglesias coloniales, arquitectura contemporánea, redes digitales y plataformas culturales que amplifican las voces de escritores y artistas.


 En este contexto ha surgido también una corriente cultural reciente que busca articular educación, pensamiento crítico y creación artística: el movimiento del saber infinitista. Este movimiento nació en 2006 en la ciudad de Puebla, una ciudad histórica que está a tan solo unos años de cumplir quinientos años de su fundación. Desde entonces, el saber infinitista ha transitado de la reflexión académica hacia una propuesta cultural más amplia que dialoga con la literatura, la educación y el pensamiento contemporáneo.

 Su voz ha encontrado eco en diversos espacios culturales de América Latina, particularmente en Sudamérica, donde ha recibido múltiples reconocimientos por su contribución a la reflexión cultural y educativa. 

El movimiento representa, en muchos sentidos, un aporte cultural nacido en Puebla para dialogar con el mundo. Ha saltado de la academia a la cultura, y de esta a la literatura, muy especialmente a la poesía. En ese horizonte se inscribe también una concepción de la poesía como herramienta para comprender la realidad contemporánea. En uno de mis versos he escrito: “entre lo infinito y lo mundano entre lo etérico y lo citadino transito aprendiendo que toda certeza es apenas una forma del instante”.

 La poesía permite justamente eso: habitar el instante y, al mismo tiempo, interrogar la totalidad de la experiencia humana. Si el futbol convoca multitudes en torno a una emoción colectiva, la poesía convoca conciencia. Ambos fenómenos participan, de maneras distintas, en la construcción de narrativas sociales. Cuando millones de personas sigan los partidos de la Copa Mundial de Futbol de 2026, estarán celebrando un acontecimiento deportivo global.


 Pero también estarán mirando —quizá sin advertirlo plenamente— el entramado cultural de los países anfitriones. México tendrá entonces la oportunidad de mostrar su pasión por el futbol y la profundidad de su tradición cultural. Una tradición que incluye la poesía ancestral de los pueblos originarios, la modernidad literaria de sus grandes autores y las nuevas voces que continúan escribiendo desde la complejidad del presente. Tal vez, en medio del ruido mediático que acompañará al torneo, alguien advierta que México, además de ser una nación profundamente aficionada al futbol, es también un manantial de versos capaces de nombrar la complejidad de la vida. Porque, al final, tanto en el futbol como en la poesía, lo que verdaderamente se pone en juego es la experiencia humana compartida. Para finalizar, comparto de mi autoría el poema 


Como once ideal. Dispuestos estratégicamente, como once ideal de la verdeamarela, algunos de mis poemas esperan ansiosos encandilar tus pupilas, generar la chispa que golee tu mente y gambetee en tu corazón. Como si se tratase de seleccionados recién convocados, ejecutan calistenia puntual: estiran y calientan los músculos, poniéndolos a tono con los requerimientos físicos para vencer tu formación escalonada de media cancha para atrás.

Prejuicios como central adelantado, las objeciones como fiel acompañante, y de laterales esos “peros” que siempre has puesto a mi poesía, a mis tesis y a mis argumentaciones. Con estrategia de pizarrón cargo dinamita a sus botines; diseño un ataque de dos en punta y contragolpe al recuperar el balón.

 Me siento Alex Ferguson, Mario Zagallo o Pep Guardiola mientras tengo los poemas conmigo, antes de lanzarlos al césped de juego para que exhiban su hambre de gol en cancha ajena. Si en tránsito de los noventa minutos los nervios me traicionan, será porque mis odas no son Pelé, Maradona ni Messi; solo son reserva amateur que sueña algún día con ver al menos un Mundial desde las gradas o ser preliminar de un clásico de barriada.

 Mis versos no son “Los Diablos Rojos”, ni son los “Merengues”, mucho menos la “Naranja Mecánica”. Pero sí son modestos guerreros dispuestos a sudar la camiseta, driblar para deleite de la afición, oradar tu corazón si te descuidas, romper el aburrido cero a cero y congraciarse con los fieles tifosi, testigos de una gesta heroica ausente de todo diario deportivo, pero presente en tu memoria íntima: ese rincón que rozo furtivamente con mis palabras, como si se tratase del legendario diez y su “mano de Dios” doblegando a Inglaterra en el Coloso de Santa Úrsula. Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta

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