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Mística de todo viaje consciente
Por Al Minuto • febrero 01, 2026 • Columnas • Comentarios : 0
SABERSINFIN .
Abel Pérez Rojas
Viajar es un acto más que geográfico: es una especie de fisura en el tiempo. Cuando se hace conscientemente, se trata de abrir fronteras desde dentro del pecho.
Cada desplazamiento inaugura un umbral donde lo que fuimos se disuelve con la misma paciencia con la que se dibuja lo que seremos.
En ese tránsito, la identidad se vuelve porosa, permeable a la intemperie del mundo y a la revelación silenciosa que nos espera en cada esquina del camino.
Vivo en la semilla que germinará mañana,
en el pensamiento que libera,
en el latido que hace diferente a la bomba
del núcleo púrpura de esperanza*.
Partimos con la ilusión de mover el cuerpo, pero es el pensamiento el que realmente camina. A veces, el equipaje más pesado está en la memoria: nombres, certezas, heridas, convicciones que creíamos definitivas. Al avanzar, algo se desprende.
El viaje actúa como un fuego lento que calcina lo superfluo y deja al descubierto la arquitectura esencial del ser. Se vuelve ceniza todo aquello que no resiste el paso de los días, de las miradas ajenas, del idioma incomprensible.
Renazco una y otra vez en cada amanecer,
soy la historia de lo que fue,
el pasado de lo que será
y el intervalo del tic tac imparable.
Hay una mística en la espera del andén, en la puerta que se cierra detrás, en la noche que se abre como un códice estelar sobre la carretera.
Cada trayecto es un rito de paso, una ceremonia sin sacerdotes donde el viajero se consagra a sí mismo en la incertidumbre.
Una pregunta emerge “¿a dónde voy?”, para dar paso a otra inevitable “¿quién seré cuando regrese?”. Porque todo viaje es una ecuación que se resuelve con incógnitas nuevas.
Parado en el montículo de sueños
que hicieron lo que somos
refrendo mi origen
reconozco mi punto de partida
me abrazo a mis huestes
y camino en solitario.
La distancia mide conciencia, en todo caso, kilómetros de mirarse sinceramente. Al alejarnos, la realidad cotidiana se vuelve un espejo retrovisor que revela su verdadera forma. Lo que parecía indispensable se reduce a un gesto, a un objeto, a una palabra. En la lejanía, el mundo adquiere proporciones más humanas
Aprendemos que somos centro y órbita de la vasta coreografía de existencias que se cruzan sin saberlo. El otro deja de ser una silueta para convertirse en una posibilidad.
Avanzo en medio del inexistente desierto
que amenaza con devorarme.
Nombro mis miedos,
los reconozco,
los bendigo y los suelto,
los hago libres de torturar
a masa endeble que abunda por doquier.
Viajar despierto, sin rehuir verse a sí mismo y quizá mirando a los otros, es pedagogía, más cuando se hace en silencio.
Hay lugares que no admiten traducción, paisajes que no se narran: se escuchan.
El mar al amanecer, la ciudad que despierta antes de pronunciar su nombre, la montaña que guarda su respiración en las nubes. En esos escenarios, la voz interna se aquieta y aparece una forma distinta de comprensión, una inteligencia que emerge sin conceptos a cuestas.
Me veo de frente sin retoques
con la carne cayendo a pedazos,
miro lo que queda más allá de los huesos:
permanece ese brillo profundo de los ojos
que es reflejo de la luz interna.
Pero el viaje, además de abrir puertas hacia afuera, es una prospección del tiempo.
Cada paso hacia lo desconocido proyecta una sombra hacia el futuro. Imaginamos lo que vendrá con la materia prima de lo que dejamos atrás.
La nostalgia se vuelve un laboratorio donde ensayamos versiones de nosotros mismos que aún no existen. Así, el porvenir se escribe con tinta de ausencia
.
En ese mundo minúsculo
radica el viajero que usa el pensamiento como barca,
la consciencia como piel
y el logos como universo.
Lo que queda atrás se transforma en brújula. Las despedidas, los lugares que ya no habitamos, los rostros que se quedan en la fotografía mental del recuerdo, todo eso se convierte en una constelación que orienta las decisiones que vendrán.
El pasado, lejos de ser un ancla, puede ser una vela, porque nos impulsa.
Hay quienes viajan para encontrar respuestas.
Otros, para aprender a formular mejor sus preguntas. En ambos casos, el movimiento revela que la vida es una especie de espiral que se expande con cada experiencia.
Volvemos a los mismos temas —amor, miedo, sentido, pertenencia—, pero desde una altura distinta, con una perspectiva que solo concede la distancia recorrida.
En el umbral del regreso ocurre una paradoja. Traemos menos cosas de las que llevamos, pero somos más.
La ciudad natal se vuelve extraña, la casa adquiere una resonancia nueva. Descubrimos que no es posible volver al mismo lugar porque nosotros ya somos otros. El viaje nos ha escrito en la piel una gramática distinta.
Quizá, en el fondo, todo desplazamiento sea un ensayo para el gran tránsito: ese momento en que dejamos atrás una versión completa de nuestra existencia. Por eso, cada viaje —por pequeño que sea—, contiene una metáfora del viaje último. Nos entrena en la despedida, en la gratitud, en la apertura de lo que escapa a nuestro control
Desde ahí te hablo
esperando que me escuches
que prestes oídos a lo que se gesta,
a lo que prodiga sin mengua.
Así, avanzar por el mundo se convierte en un acto de fe laica: creer que lo desconocido es una invitación por encima de cualquier idea recurrente de amenaza, porque más allá de esta, se trata de una invitación. Lo que concluye es una forma de espacio para lo que aún no se atreve a nacer. El viajero, entonces, camina siempre hacia una posibilidad.
Y en esa posibilidad, el porvenir deja de ser un territorio ajeno. Se vuelve una habitación que estamos aprendiendo a habitar, paso a paso, con la reverencia de quien sabe que cada huella es también una promesa.
Con la nobleza que eso implica
te llamo cómplice,
te llamo amigo,
te llamo hermano.
*Los versos que inserté en este artículo son del poema de mi autoría: Desde el nanomundo (15/IX/2018)
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoetaPrincipio del formulario
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