SABERSINFIN .Abel Pérez Rojas
Antes de la llegada de los españoles, el territorio que sería Puebla era ya núcleo de una lírica ritual y filosófica heredada de los pueblos indígenas. En el mundo náhuatl, el in xóchitl in cuícatl —“flor y canto”— constituía una forma de conocimiento en la que la música, el símbolo y la palabra se fundían en poetizar del mundo. Esta poesía, transmitida por generaciones a través de la oralidad, enseñaba, recordaba y resignificaba la experiencia comunitaria, integrando naturaleza, destino y memoria como un solo tejido expresivo.
La Conquista trasformó radicalmente las condiciones de ese canto ancestral. Sin embargo, su impronta no desapareció: pervivió, en algunos casos, en recopilaciones misioneras bilingües durante el periodo novohispano temprano, y en la sensibilidad híbrida de poetas criollos que, décadas después, reinterpretarían la tradición europea desde un contexto americano.
La llegada de la imprenta a la Nueva España en 1539 fue un hito cultural que facilitó la expansión del libro; sin embargo, su presencia en Puebla —como función editorial autónoma— no se consolidó sino hasta mediados del siglo XVII.
El bibliógrafo chileno José Toribio Medina documenta en su obra La imprenta en la Puebla de los Ángeles (1640-1821) la existencia de 2,779 títulos impresos en la ciudad durante el periodo colonial, cifra que confirma el dinamismo editorial poblano en menos de dos siglos de actividad tipográfica continuada.
Según Medina, el primer título impreso en Puebla se publicó en 1642, cuando Sumario de las indulgencias… salió de la imprenta de Pedro de Quiñones, bajo el impulso del obispo Juan de Palafox y Mendoza. Palafox promovió la infraestructura editorial para la producción religiosa y doctrinal —como se aprecia en su propia Historia real sagrada de 1643— y consolidó la imprenta como un instrumento decisivo del proyecto educativo y cultural de la diócesis poblana.
La producción catalogada por Medina —casi tres mil títulos— revela que la imprenta poblana no se limitó a textos litúrgicos y gubernamentales. Junto a sermones y catecismos, imprimió celebraciones festivas, poesías de ocasión, poemas laudatorios y composiciones vinculadas a certámenes religiosos y públicos. Cada uno de estos textos supone la conversión de la poesía de acto efímero a documento: el verso deja la oralidad para convertirse en pieza verificable históricamente.
Este tránsito materializó una transformación profunda en la sensibilidad poética. La poesía, que antes de la imprenta se expresaba en contextos restringidos (rituales, códices, cantos comunitarios), comenzó a inscribirse en una esfera pública más amplia.
El libro tipográfico, al ser reproducible, amplió la circulación de los poemas, alentó la autoría individual y otorgó una temporalidad dis
tinta a la lírica: ya no era solo un acto presente, sino un texto con pasado y futura memoria colectiva.
Uno de los hitos fundamentales en la tradición literaria local es Gaspar Pérez de Villagrá (c. 1555–1620). Su Historia de la Nueva México (1610), escrita en octavas reales, representa uno de los primeros poemas épicos compuestos por un autor criollo novohispano y marcó la posibilidad de un discurso lírico que tematizaba experiencias americanas desde una formación humanista poblana. Aunque esta obra no se imprimió en Puebla, su existencia indica que la ciudad ya contaba con una sensibilidad literaria capaz de apropiarse de modelos europeos para producir cosmologías expresivas en el Nuevo Mundo.
Durante el auge barroco (siglos XVII–XVIII), la lírica poblana adoptó formas métricas y retóricas complejas, integrando recursos tradicionales del Siglo de Oro español con una religiosidad vivida en contextos locales. Las poesías impresas durante esta época reflejaron una mezcla entre la celebración de santos, las ceremonias públicas y el despliegue de una imaginación que buscaba hacer visible lo sagrado en el cotidiano urbano.
La imprenta funcionó en Puebla no aisladamente, sino articulada a instituciones educativas y de lectura, como la Biblioteca Palafoxiana, fundada en 1646 y considerada la primera biblioteca pública del continente americano. Esta institución consolidó un circuito producción–preservación–lectura que fortaleció la presencia del libro y la poesía en la vida cultural de la ciudad.
La herencia editorial acumulada, así como los repertorios impresos, conformaron un archivo cultural cuya existencia moderna se basa precisamente en la labor de almacenamiento y catalogación tipográfica. El alcance cuantitativo señalado por Medina —2,779 títulos impresos— es el reflejo de una cultura del libro y la poesía enraizada en la vida social, religiosa e intelectual de Puebla durante la época colonial.
En larga duración, la poesía en Puebla se puede concebir como un proceso de sedimentación cultural:
La poesía prehispánica, en su forma oral y ritual, establece la primera matriz expresiva del territorio
.
La poesía criolla temprana, como la de Villagrá, articula modelos europeos con experiencias americanas.
La poesía barroca e impresa, ubicada en el contexto editorial que Medina documenta, representa la estabilización de la lírica como parte de la identidad cultural y colectiva de la Angelópolis.
La imprenta convirtió a la poesía en Puebla en historia verificable. Gracias a trabajos bibliográficos como el de Medina —y a estudios posteriores que examinan las relaciones entre prácticas editoriales y producción literaria— podemos reconstruir la genealogía de una tradición poética que desde múltiples fuentes y formatos (códices, pliegos sueltos, libros) dio forma a una lírica compartida.
La poesía poblana entre los siglos XVI y XIX no es un fenómeno aislado, ni un repertorio de estilos importados sin mediación. Es el producto de una historia cultural compleja, en la que la imprenta, las instituciones, los contextos religiosos y las formas locales de experiencia se entrelazaron para hacer de la poesía un patrimonio colectivo.
La obra bibliográfica sobre la imprenta en Puebla —con sus casi 2,800 títulos impresos durante el periodo colonial— es testimonio de ese proceso. Cada verso impreso es un nodo en el tejido de una tradición en donde la palabra —como flor, como canto, como libro— constituyó y transforma hasta hoy la memoria cultural de la ciudad.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoetaPrincipio del formulario
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