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Venezuela: los seres humanos por encima de todo





SABERSINFIN  Abel Pérez Rojas Por más malabares que se hagan, no hay forma de justificar una intervención militar norteamericana en territorio venezolano con el argumento de capturar y trasladar a una corte extranjera al presidente de un país soberano.


 Aun reconociendo los excesos, abusos y el despotismo de un gobierno que ha buscado perpetuarse indefinidamente en el poder, la violencia como método político vuelve a colocar a las personas en el último lugar de la ecuación. 

Y eso, desde cualquier mirada humanista, resulta inaceptable. La historia latinoamericana es elocuente: cuando la fuerza externa se impone, los daños colaterales no son una abstracción, sino rostros concretos. Personas de todas las edades son quienes terminan pagando el costo de decisiones tomadas lejos de su vida cotidiana

. En ese sentido, el reciente editorial de El País apunta un riesgo central: la fuerza bruta, lejos de resolver, agrava los conflictos y clausura las salidas democráticas.


 Desde América Latina, existen principios históricos que ofrecen una brújula ética más profunda para leer el presente.

 Uno de ellos es la Doctrina Estrada, formulada desde la política exterior mexicana, que establece la no intervención y el respeto irrestricto a la soberanía de los Estados, sin juicios externos sobre la legitimidad de sus gobiernos.

 Este principio no nació de la complacencia frente a los abusos, sino del reconocimiento de que la autodeterminación es condición indispensable para la paz duradera. A ello se suma el principio juarista de la libre autodeterminación de los pueblos, legado de Benito Juárez, que sigue teniendo una vigencia incómoda para los poderes hegemónicos: 

Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.

 No se trata de una frase decorativa, sino de una advertencia histórica. Cuando una nación se arroga el derecho de decidir por otra, se rompe el frágil equilibrio que sostiene la convivencia internacional.

 Esto no implica, de ninguna manera, exculpar a un gobierno que ha ejercido prácticas autoritarias, reprimido disidencias o deteriorado gravemente las condiciones de vida de su población. Nombrar los abusos es necesario.


 Callarlos sería una forma de complicidad. Sin embargo, convertir esos abusos en pretexto para una intervención militar extranjera supone cambiar una opresión por otra, con el agravante de que ahora la violencia se legitima bajo el discurso de la justicia.

 El punto al que están llegando las cosas es verdaderamente grave y nos recuerda que la historia parece repetirse: el país del norte hace lo que se le place, toma lo que se le antoja y no hay poder efectivo que se lo impida

. Esta lógica de excepcionalidad permanente erosiona el derecho internacional y normaliza la idea de que la fuerza está por encima de la ley. Para América Latina, ese escenario no es teórico; es una herida abierta en su memoria colectiva. Desde una perspectiva pacifista, es fundamental insistir en que la captura de un líder no equivale a la reconstrucción de un país.


 Las crisis políticas profundas no se resuelven con operaciones militares quirúrgicas ni con espectáculos de poder, sino con procesos complejos de diálogo interno, acompañamiento internacional legítimo y respeto a la voluntad popular. Todo lo demás es atajo, y los atajos, en política, suelen desembocar en tragedias humanas.

 La Doctrina Estrada y el ideario juarista no son reliquias diplomáticas; son herramientas éticas para pensar el presente. Nos recuerdan que la soberanía no es un escudo para la impunidad, pero tampoco una excusa para la invasión.

 El desafío está en sostener esa tensión sin romperla: exigir derechos sin imponer destinos, denunciar abusos sin bombardear pueblos.

 Colocar a las personas en el centro del debate implica rechazar tanto el autoritarismo interno como el intervencionismo externo. Implica entender que la paz no se decreta con armas, sino que se construye con justicia, memoria, diálogo y respeto. Implica, también, asumir que ningún proyecto político —por poderoso que sea— tiene legitimidad cuando sacrifica la vida y la dignidad humanas en nombre de intereses estratégicos o económicos.

 Hoy, Venezuela necesita que el mundo la mire no como un tablero geopolítico, sino como una comunidad de millones de personas que merecen decidir su futuro sin tutelajes armados. Apostar por la autodeterminación, el diálogo y la no intervención no es ingenuidad: es una forma responsable y profundamente humana de entender la política internacional. Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoetaPrincipio del formulario

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