Inicio > Columnas > Mi paso por el Primer Festival de Poesía en Necochea
Mi paso por el Primer Festival de Poesía en Necochea
SABERSINFIN.
Abel Pérez Rojas.
Llegué a Necochea, Argentina, con la certeza íntima de que la poesía no se presenta: se atraviesa.
No se pronuncia únicamente en voz alta, se encarna en el fondo del corazón, en cada respiración consciente y en la mirada atenta del otro.
Versos del Mar —el primer festival de su tipo en Necochea— no fue para mí un encuentro en el sentido convencional del término, sino un umbral: una zona de tránsito entre la palabra y el Logos, entre la geografía visible del océano y la cartografía invisible del pensamiento… de la flama.
Ser convocado como ponente y figura central de este primer Festival de Poesía frente al mar argentino implicó asumir una responsabilidad que va más allá del acto de leer versos. Me correspondió acompañar un proceso colectivo en el que cada intervención, cada diálogo y cada silencio fueron configurando una experiencia de sentido compartido. Frente a la vastedad del Atlántico, confirmé una intuición que me ha acompañado desde hace años: la poesía es una forma de saber profundo que trasciende la interpretación del mundo, que lo reconfigura desde adentro.
Las playas de Necochea y Quequén se transformaron en un espacio simbólico donde la palabra dejó de ser mero discurso para convertirse en presencia.
Allí, la arena fue página, el viento fue lector y el mar, un antiguo editor que devolvía cada verso a su dimensión esencial: la de ser un gesto humano lanzado hacia lo infinito.
En esta travesía poética, la labor de la maestra Nancy Almassio resultó fundamental.
Su papel como coordinadora general del encuentro se sostuvo sobre una síntesis profunda de su experiencia como docente y como participante activa en las publicaciones y los encuentros internacionales impulsados por Sabersinfin. Lo que durante años ha sido construcción editorial, diálogo entre culturas y pedagogía de la palabra encontró en Necochea una aplicación viva y tangible.
Nancy fue más allá de la coordinación de horarios o sedes: articuló una lógica de encuentro.
Trasladó al festival una visión formativa en la que cada lectura se convierte en aula abierta, cada presentación en laboratorio de sensibilidad y cada conversación en una extensión del acto educativo.
Esa impronta, nacida en los espacios latinoamericanos de reflexión literaria que hemos construido desde Sabersinfin, se manifestó en el modo en que los poetas y el público se reconocieron como parte de una misma comunidad de sentido.
A lo largo de las jornadas, la poesía se desplegó como una respiración colectiva. En la inauguración, la danza y la palabra se encontraron para recordar que todo verso tiene un cuerpo y toda emoción, un ritmo.
En los espacios de lectura y presentación de libros, la literatura dejó de ser objeto para convertirse en experiencia compartida.
Y en las reflexiones sobre la poesía contemporánea y su diálogo con la tecnología se abrió un campo de pensamiento que cuestionó los límites entre lo humano, lo digital y lo poético.
Para mí, la presentación de Cartografía de la flama. Poemas de lo inmanente en este contexto tuvo un significado particular. Hablar de lo inmanente frente al mar —ese símbolo de lo inabarcable— fue un ejercicio de contraste: lo íntimo frente a lo inmenso, lo personal frente a lo colectivo.
Allí confirmé que cada poema, por más hermético que parezca, solo se completa en la conciencia del otro.
Ser considerado una figura principal del evento me colocó en el centro de una matriz de vínculos. Reconocí mi labor como una especie de fulcro para detonar resonancias y permitir que otras voces pudieran expandirse.
La verdadera centralidad estuvo en nutrir y potenciar lo que se construía entre quienes escuchaban y quienes se atrevían a decir.
En ese sentido, Versos del Mar fue una confirmación de algo que he sostenido en mi trabajo literario y educativo: la poesía no es un ejercicio solitario, sino una práctica comunitaria del pensamiento sensible.
Cada festival, cada revista, cada encuentro internacional es un nodo en una red más amplia del entramado cultural latinoamericano.
Necochea fue más que una sede: fue una metáfora.
La orilla, ese lugar donde la tierra se encuentra con el agua, se convirtió en imagen del tiempo que habitamos: un tiempo de tránsito entre lo que fuimos y lo que aún no somos.
Allí, entre versos y mareas, se hizo visible una esperanza silenciosa: que la poesía siga siendo un espacio de resistencia sensible, un territorio donde la palabra no se subordine a la prisa ni al ruido, sino que recupere su dimensión de revelación.
Me voy de este festival con la convicción renovada de que cada encuentro poético es, en el fondo, un acto de educación profunda.
Y con la certeza de que la labor articuladora de Nancy Almassio —al llevar al territorio argentino la experiencia internacional, editorial y formativa de Sabersinfin, claro, con su propia magia— ha sembrado una semilla que seguirá dando frutos en futuras ediciones de este diálogo frente al mar.
Porque, al final, la poesía no se queda en la arena. Se la lleva cada quien en la conciencia, como una llama discreta que continúa ardiendo mucho después de que la marea ha borrado nuestras huellas.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoetaPrincipio del formulario
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada
(
Atom
)
Publicar un comentario