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14 de junio de 2021

Remoria





Chairos y fifís: nuestra guerra más antigua

Por Rodolfo Herrera López

 

No fue el presidente el que dividió al país, pero sí se aprovechó de ello. Hemos estado divididos desde que Hidalgo tomaba el té con la Corregidora y asociados, incluso antes, quizás desde siempre. Eso es porque pensar la realidad como blanco y negro, bueno y malo, chairos y fifís, además de simplista nos es natural. Pero es por un error de pensamiento y de juicios sobre lo que nos rodea. Esta manera de pensar tiene tres nombres: falacia de la falsa dicotomía, falacia de composición y falacia de división. No entro en detalles, sólo les dejo un ejemplo para que vean por dónde van estos atajos de la inteligencia: alguien cuestiona si la beca Benito Juárez favorece a la economía del país. La conclusión a la que se llega de inmediato es que se trata de un fifí. O lo contrario: alguien resalta que sí es fundamental hacer frente a la corrupción en México porque nos tiene en un abismo eterno[1]. Conclusión: es un chairo. Estoy siendo simplista, pero por ahí va nuestra situación ideológica y social en México.

Una aclaración, la vida es de gamas que se mueven y que, incluso se funden y es muy difícil distinguirlas y definirlas. ¿Acaso no es evidente que está llena de variaciones, es impredecible, se mueve y no la podemos encasillar? Sin embargo, la hemos hecho de polos, categorías, etiquetas, grupos y divisiones y ese es el problema.

En el caso de México estas ilusiones de nuestro pensamiento han hecho crecer al racismo, malinchismo, machismo, clasismo (no sólo social, también intelectual. Si no me creen chequen el vínculo que les dejo más abajo sobre un caso de CONACYT[2]), sexismo y partidismo. Una sociedad así de discriminatoria no promete mucho.

Sobre el asunto de derecha e izquierda. En realidad, México no ha tenido gobiernos de izquierda. La ciudad de México se jactaba de tenerlo; pero, cuando se notan los datos del INEGI sobre la distribución de oficinas que prestan servicios profesionales, la ubicación de centros de cultura, población que puede estudiar, dónde hay más concentración de viviendas, densidad de trabajadores, y demás, pues… simplemente uno se da cuenta de que las desigualdades que un gobierno de izquierda suele combatir,  en la ciudad de México están muy bien acentuadas y no fueron atendidas durante los 20 años de gobierno de este supuesto polo. Somos un país conservador que aún está lejos de legislar para, simplemente, el progreso en asuntos de salud y seguridad pública.

Las desigualdades en México van mucho más allá de la actual división geográfica y del porcentaje de asientos en la cámara de diputados. Los desniveles económicos, sociales, culturales, de servicios públicos, educativos y demás son muy antiguos y no vienen de partidos, sino de intereses individuales y de un país que funciona por los contactos para alcanzar poder y no porque el escogido sea competente y sobresaliente en el área (sólo miren muchos puestos de funcionarios, ganadores de premios de arte y cultura, directores de organismos e instituciones).

No niego que las personas nos inclinamos a los polos y adoptamos ideologías, pero eso es por nuestra visión sesgada de la realidad (la que crea las falacias de las que les platiqué) con la que nos auto etiquetamos (y es mucho trabajo salir de ello). Los propios partidos nos han mostrado que se mueven según intereses de poder. En las elecciones pasadas, incluso, hubo quienes sólo adoptaron posturas e hicieron sus propuestas según los temas en boga, pero sin realmente considerarlos a fondo. En Puebla se dio a conocer la postura de los candidatos en relación a los derechos de la población LGBT+ y las respuestas eran imprecisas, hacían notar que sólo se respondía lo que se esperaba, pero quizás ni lo entendían o hasta ni les ha interesado como cuestión social y humana.

Que la gente se enfrente por asuntos de partido es el colmo. Los partidos no tienen siquiera una postura. Se adecua según la ley del juego, la carrera que es la política.

Pelear por pseudo ideologías que no están ni definidas y que un país esté fragmentado por esa ilusión, hace muy miserable y absurdo el ser parte de la polis. La política suele ser un medio para cumplir la ilusión de estar en la mira y enriquecerse, pero pocas veces hay un progreso genuino en lo que se refiere al orden y bienestar social.

Más que decir que somos un país mestizo, rico por su pluralidad, podemos decir que somos un país separado por su discriminación y conservadurismo. En lugar de defender de manera comprometida los abusos contra nuestro bienestar y el del espacio natural que nos sostiene (como hicieron en 2011 en San Francisco Cherán), nos pintamos el rostro de algún color y nos lanzamos a la guerra contra nuestro propio reflejo.

 



[1] Somos el número 124 de 180 países en el ranking mundial de corrupción, donde el 180 es el más corrupto. En el gobierno de Andrés Manuel sólo nos movimos 6 lugares: estábamos en el 130.

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