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21 de junio de 2020

La huella de AMLO en Puebla



Por Soleares
De Jesús Manuel Hernández

La huella de AMLO en Puebla

Por Jesús Manuel Hernández

Quien tenga ojos que vea, quien tenga oídos que escuche y quien tenga boca que hable o que calle. Quizá esas frases pasarían por la mente del Presidente durante su visita a Puebla, rodeada de incipientes protestas de Antorcha Campesina, a todas luces el colectivo político en la antípoda de la 4T.
Significada siempre por sus negocios producto de las presiones a gobernadores y presidentes, AC, recibió en el pasado el apoyo de Raúl Salinas de Gortari, de Guillermo Jiménez Morales y posteriores gobiernos, salvo el de Miguel Barbosa, en clarísimo seguimiento a los intereses y a la postura de López Obrador.
Pero hubo otros asuntos que debieron dejar mensajes quizá no tan cifrados para quienes pueden leerlos.
Claudia Rivera Vivanco habló con Olga Sánchez Cordero, desayunó con el presidente, habló con él, llegó a la mañanera del lado de López Obrador.
Fue sentada en la segunda fila del presídium, detrás del Secretario de la Defensa que no dio buenas noticias sobre la seguridad en Puebla, al anunciar que los meses de marzo y abril Puebla registró un notable crecimiento en homicidios dolosos, aunque el informe de Miguel Barbosa destacó el avance en el combate a la delincuencia.

Hubo quien vio distanciamiento entre AMLO y Barbosa, pero también hubo quien vio la intervención de Sánchez Cordero para destrabar una petición de Claudia Rivera en la Fiscalía, quizá debido a las relaciones accidentadas de los niveles de gobierno.
El Presidente convocó al gobernador a trabajar con los presidentes municipales.
Al día siguiente en la mañanera aldeana, un reportero, quizá de buen fe o influenciado por algún mando superior, preguntó sobre el tema.
El gobernador fue tajante “trabajo con todos los presidentes municipales, menos con la de aquí“.

En el pasado se decía que el “hilo se revienta por lo más delgado”. ¿Cuál es la parte más delgada del hilo?
¿A dónde está llevando esta rivalidad? a una confrontación donde intervienen otros asuntos ajenos a los intereses locales y dejan un escenario hasta ahora no experimentado en Puebla.

En el pasado cuando se elegían gobernador y presidente municipal de la capital al mismo tiempo, el primer trienio era para un representante de los grupos locales, no del candidato a gobernador. Por ejemplo, Jiménez Morales tuvo de compañero de fórmula a Victoriano Álvarez, amigo de Gustavo Carvajal, sin trayectoria local; Mariano Piña Olaya quería a Marco Antonio Rojas, pero los grupos locales prácticamente impusieron a Guillermo Pacheco Pulido.

Pero en ambos casos el presidente municipal electo le pedía comedidamente al gobernador electo algunas sugerencias de los cargos para mantener una buena relación con la administración estatal; así el tesorero casi siempre era del gobernador, el director de la policía y a veces hasta el encargo de la obra pública.

Pero Claudia Rivera no llegó junto con Barbosa al gobierno, tomó posesión antes, el 14 de octubre, y la elección se había judicializado, por tanto, formó su equipo al margen de Barbosa.

La división, el reclamo constante del gobernador en sus mañaneras a la postura de Claudia Rivera, la presión a renunciar a Lourdes Rosales, la concentración de mandos policíacos, los reclamos por cierres de calles, ambulantes, etcétera, ya no son noticia, son el pan de cada día.

Quizá por eso muchos esperaban que López Obrador mandaría un mensaje en su visita a Puebla. Quizá haber llegado con ella caminando al auditorio donde tuvo lugar la mañanera presidencial, quizá dejarla subir detrás de él al presídium y sentarla atrás del titular de la Defensa Nacional, sean el mensaje que algunos esperaban.
O por lo menos, así me lo parece.
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