Abel Pérez Rojas
Ayer concluí la lectura de Rebelión en la granja, de George Orwell. Después de reencontrarme con Orwell a través de su fecunda imaginación no puedo menos que pensar en lo útil que resulta tener acceso a lecturas de esta naturaleza. Son obras indispensables para comprender cómo hemos llegado social y políticamente hasta el punto en el que hoy nos encontramos.
Los grandes textos literarios poseen una virtud que a menudo olvidamos: permiten pensar la historia desde una dimensión simbólica. Allí donde los discursos políticos suelen simplificar la complejidad de los procesos sociales, la literatura restituye la profundidad de las tensiones humanas, porque revela las fuerzas invisibles que los hacen posibles.
En ese sentido, Rebelión en la granja es mucho más que una sátira política. Es una descripción minuciosa de la descomposición moral del poder.
La gran analogía sobre la cual construye Orwell su relato muestra sin máscara alguna la avaricia que termina apropiándose de los sentimientos libertarios de los animales de la granja. Lo que comienza como una aspiración legítima de emancipación se transforma gradualmente en una nueva estructura de dominación. El proceso es tan progresivo que casi pasa desapercibido para quienes lo protagonizan.
Allí radica la potencia del libro: en mostrar cómo los ideales más nobles pueden ser capturados por quienes descubren que el control del discurso es, en última instancia, una de las formas más eficaces de ejercer el poder.
Conviene detenerse un momento en la arquitectura conceptual que sostiene la obra.
Antes de convertirse en relato, la historia de Rebelión en la granja es una narrativa. Es decir, una interpretación general de la realidad histórica: la revolución, el conflicto entre clases sociales, la promesa de justicia, la aparición de nuevas élites.
La narrativa es el marco conceptual que permite comprender el mundo.
El relato, en cambio, es la materialización concreta de esa narrativa.
Podríamos decir que la narrativa pertenece al territorio de las ideas, mientras que el relato pertenece al territorio de las experiencias encarnadas.
Orwell comprende perfectamente esta diferencia. Por eso no escribe un tratado político, sino una fábula. Lo que en la historia contemporánea aparece como procesos abstractos —revolución, burocratización del poder, manipulación ideológica— en su obra se vuelve escena, voz, personaje y conflicto.
La narrativa se convierte en relato.
Y el relato, al volverse visible, permite comprender con claridad aquello que las teorías muchas veces apenas logran insinuar.
Cuando el Viejo Comandante expone su visión sobre la explotación que padecen los animales, se formula una narrativa emancipadora: la promesa de una sociedad donde todos los animales vivirán en igualdad y dignidad (Orwell, 2025). Esa narrativa inaugura el horizonte de la rebelión.
Pero esa narrativa, una vez trasladada al terreno del relato, revela algo más complejo: la facilidad con la que los ideales pueden transformarse en nuevas formas de dominación.
La historia que Orwell cuenta es, en el fondo, una advertencia: no basta con derrocar un sistema injusto; también es necesario vigilar constantemente las narrativas que sostienen la nueva realidad.
En medio del relato de degradación de la convivencia descrita por Orwell aparece un elemento particularmente revelador: la poesía.
Aunque no constituye la trama central del libro, la poesía emerge en distintos momentos como una fuerza simbólica capaz de movilizar emociones colectivas.
El ejemplo más claro es la canción “Bestias de Inglaterra”, que funciona como un himno revolucionario que unifica a los animales en torno a la promesa de libertad (Orwell, 2025).
En su origen, ese canto representa la esperanza.
Es la expresión lírica de un horizonte compartido.
Sin embargo, conforme avanza la historia, la poesía comienza a desempeñar otro papel. Los cantos, los símbolos y las consignas dejan de ser únicamente expresiones de libertad para convertirse también en instrumentos de cohesión ideológica.
La lírica épica empieza a operar como mecanismo de legitimación del poder.
Orwell muestra con una claridad inquietante que el lenguaje —incluido el lenguaje poético— puede ser utilizado tanto para emancipar como para someter.
Este aspecto de la novela resulta especialmente relevante porque toca una cuestión profundamente contemporánea.
Las sociedades modernas viven inmersas en una permanente disputa por el control de las narrativas colectivas.
Los relatos que organizan la memoria histórica, las identidades sociales y las aspiraciones políticas determinan en gran medida el rumbo de las comunidades.
Por eso el poder siempre busca apropiarse del lenguaje.
Y por eso mismo la literatura y la poesía ocupan un lugar estratégico en esa disputa.
En este punto resulta inevitable traer a la reflexión algunos elementos que en Sabersinfin hemos expuesto y que ahora ha quedado documentado en el Manifiesto del Saber infinitista (Martínez Barradas, 2026).
Una de las intuiciones centrales del Saber infinitista consiste en reconocer que el conocimiento humano no puede comprenderse como parcelas aisladas o disciplinas separadas entre sí. La comprensión profunda de la realidad exige integrar saberes: ciencia, filosofía, arte, experiencia histórica y sensibilidad poética.
Desde esta perspectiva, la poesía no es ornamento cultural.
Es una forma de conocimiento.
La poesía tiene la capacidad de revelar conexiones invisibles entre los fenómenos humanos. Su lenguaje simbólico permite explorar dimensiones de la experiencia que el discurso estrictamente racional no siempre logra expresar.
El Saber infinitista reconoce en la poesía un espacio privilegiado para el ejercicio de la conciencia.
No una poesía domesticada por el poder, sino una poesía capaz de cuestionar las narrativas dominantes.
En contraste con la utilización instrumental del lenguaje que aparece en Rebelión en la granja, la visión infinitista de la poesía propone otra posibilidad.
La poesía puede convertirse en una forma de vigilancia cultural.
Puede actuar como una conciencia crítica que examine los relatos colectivos y señale sus contradicciones.
Porque cuando las narrativas se vuelven dogmas, la poesía puede recordar que toda construcción humana es provisional.
Cuando los discursos políticos pretenden convertirse en verdades absolutas, la poesía introduce la duda.
Cuando el lenguaje se degrada en propaganda, la poesía recupera su profundidad simbólica.
La lectura de Orwell deja ver con claridad una tensión permanente: el lenguaje puede servir tanto a la manipulación como a la lucidez.
La diferencia no está en las palabras, sino en la conciencia con la que se utilizan.
Por eso la educación, el pensamiento crítico y el cultivo de la sensibilidad estética se vuelven herramientas fundamentales para las sociedades que aspiran a preservar su libertad.
El problema no es que existan narrativas colectivas —toda sociedad las necesita—, sino que esas narrativas se vuelvan incuestionables.
Después de cerrar el libro de Orwell queda la impresión de que Rebelión en la granja no describe únicamente un episodio histórico del siglo XX.
Describe un mecanismo humano.
La facilidad con la que los ideales pueden deformarse.
La rapidez con la que el poder aprende a apropiarse del lenguaje.
Y la importancia de mantener viva la capacidad crítica frente a los relatos que organizan nuestra vida social.
Quizá por eso la lectura de este libro resulta tan pertinente en nuestro tiempo.
Nos recuerda que la libertad no se sostiene únicamente en las instituciones políticas.
También se sostiene en la calidad de las palabras que usamos para pensar el mundo.
Y en ese territorio —el territorio del lenguaje— la poesía continúa siendo una de las formas más profundas de lucidez.
Referencias
Orwell, G. (2025). Rebelión en la granja. Ediciones Dos Puntos.
Martínez Barradas, M. A. (2026).
Manifiesto del Saber infinitista. Sabersinfin / Mundo Iluminado.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente.
Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta


