FUENTE DE PODER .Por Merlín.
La presidenta Claudia Sheinbaum llega a su segundo informe de gobierno en medio de un escenario político cada vez más complejo, marcado por el desgaste, las dudas y una pregunta que comienza a repetirse en distintos sectores del país: ¿quién manda realmente en México?
Aunque Sheinbaum encabeza formalmente el Poder Ejecutivo, persiste la percepción de que buena parte de las decisiones políticas y de los grupos de poder dentro de Morena continúan teniendo una fuerte influencia del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Y es que el problema no termina en el gabinete presidencial.
Los cuestionamientos alcanzan también posiciones estratégicas dentro de la administración pública, estructuras partidistas y gobiernos estatales, donde el llamado obradorismo conserva importantes espacios de poder.
Ahí está precisamente uno de los principales desafíos de la presidenta: demostrar que su gobierno tiene identidad propia, capacidad de decisión y autoridad suficiente para actuar incluso cuando los intereses de su propio movimiento están de por medio.
La prueba más complicada se encuentra en los casos de presunta corrupción que han salpicado a figuras relevantes de Morena. Los señalamientos relacionados con el llamado **“huachicol fiscal” han puesto bajo los reflectores a personajes cercanos al poder, entre ellos Andrés Manuel López Beltrán y Adán Augusto López, aunque hasta ahora las acusaciones deben distinguirse de responsabilidades legalmente acreditadas.
La exigencia ciudadana es sencilla: si existen pruebas, que se investigue; si hay responsables, que se sancione; y si no existen elementos suficientes, que también se aclare públicamente. La justicia no puede tener colores partidistas.
Otro frente complicado son los gobernadores de Morena cuestionados por presuntas irregularidades o vínculos con hechos delictivos.
El caso de Sinaloa, con Rubén Rocha Moya, se ha convertido en uno de los asuntos más incómodos para la administración federal. Los cuestionamientos alrededor de su gobierno han generado presión política y mediática, mientras desde Estados Unidos también existen investigaciones y señalamientos que han elevado la tensión.
Pero mientras estos temas ocupan los reflectores, hay una realidad que golpea todos los días a los mexicanos: la inseguridad,
La violencia continúa siendo uno de los grandes pendientes del gobierno federal. El reciente episodio del coche bomba en Zacatecas vuelve a encender las alarmas sobre la capacidad de los grupos criminales para utilizar métodos cada vez más agresivos.
No se trata solamente de un hecho aislado. Para la ciudadanía, cada ataque, desaparición, homicidio o enfrentamiento representa la sensación de que el Estado sigue sin recuperar plenamente el control de amplias regiones del territorio nacional. Y en materia económica tampoco existe espacio para el triunfalismo.
La inversión privada mexicana necesita certidumbre, seguridad, reglas claras y confianza. Si los empresarios perciben un entorno de incertidumbre política, inseguridad o falta de condiciones para invertir, el crecimiento económico termina resintiéndolo.
Claudia Sheinbaum tiene todavía tiempo para marcar una diferencia respecto al pasado, pero para lograrlo tendrá que enfrentar uno de los mayores dilemas de su administración: dejar claro que el poder presidencial no se encuentra condicionado por grupos políticos, lealtades personales ni compromisos heredados.
El segundo informe será mucho más que un recuento de cifras y programas gubernamentales. Será una oportunidad para responder a una pregunta que permanece en el ambiente nacional: ¿Claudia Sheinbaum gobierna con plena autonomía o continúa atrapada entre el pasado de López Obrador y las exigencias del presente?
El tiempo dirá si la presidenta logra construir su propio proyecto de nación o si, por el contrario, su gobierno terminará siendo recordado como una prolongación del sexenio anterior.
Por ahora, la inseguridad, la falta de confianza empresarial y los cuestionamientos de corrupción dentro de Morena siguen siendo asignaturas pendientes que difícilmente podrán ocultarse detrás de un discurso político.