Por: Daniel Alberto Jacobo Velázquez
Decano Asociado de Investigación y Posgrados Científicos
Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey
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Cada año, junio, el Mes del Orgullo, nos recuerda algo muy sencillo, pero profundamente
importante: todas las personas deberíamos poder vivir con dignidad, respeto y libertad. Para
quienes estamos en ciencia, tecnología e innovación este mensaje tiene una relevancia
especial. La ciencia necesita libertad para preguntar, imaginar, crear y construir soluciones.
Pero esa libertad no puede existir plenamente cuando una persona siente que debe esconder
una parte de sí misma para poder pertenecer.
Escribo desde una convicción personal y profesional. Soy miembro de la comunidad LGBTQ+
y me interesa ser promotor de espacios más inclusivos, especialmente en ciencia y
tecnología.
No lo veo solo como una causa personal; lo veo como un compromiso con las
nuevas generaciones. Quienes hoy están entrando a preparatoria, universidad, posgrado,
laboratorios o empresas tecnológicas merecen encontrar un mundo mejor que el que muchas
personas tuvieron que enfrentar antes.
También lo veo desde mi trabajo en investigación y ciencia aplicada. La ciencia no ocurre
aislada de las personas. La hacen personas, con historias, contextos, talentos, dudas y
aspiraciones.
Por eso, hablar de diversidad no debe verse como un tema adicional o
simbólico. Hablar de diversidad es hablar de cómo construimos mejores equipos, cómo
hacemos mejores preguntas y cómo desarrollamos soluciones más pertinentes para los retos
que enfrenta la sociedad.
Durante mucho tiempo, muchas personas LGBTQ+ en áreas STEM (ciencia, tecnología,
ingeniería y matemáticas) aprendieron que avanzar implicaba volverse menos visibles.
Aprendieron a medir sus palabras, a evitar hablar de su vida personal, a no corregir
comentarios incómodos o a tratar de no “incomodar” en ciertos espacios. Esa edición
constante puede parecer invisible, pero tiene un costo muy alto. Consume energía, seguridad,
creatividad y sentido de pertenencia.
Y ese costo no lo paga únicamente la persona. También lo pagan las instituciones, los
equipos y la ciencia. Cuando alguien siente que debe fragmentarse para pertenecer,
difícilmente puede aportar desde todo su potencial. En áreas donde necesitamos pensamiento
crítico, colaboración, innovación y creatividad, no podemos permitirnos perder talento por no
construir ambientes donde todas las personas puedan participar plenamente.
A veces pensamos que la exclusión solo ocurre cuando hay actos explícitos de discriminación,
pero muchas veces aparece de formas más sutiles: como bromas, silencios, suposiciones,
comentarios o dinámicas que van marcando quién parece encajar y quién tiene que
esforzarse más para hacerlo. Por eso, la inclusión no puede quedarse en decir que todas las
personas son bienvenidas.
La pregunta real es si todas las personas pueden crecer,
equivocarse, aprender, liderar y ser evaluadas por la calidad de su trabajo, no por qué tanto se
parecen a lo que históricamente hemos considerado “normal”.
En México, esta conversación es especialmente importante. De acuerdo con la Encuesta
Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género, en el país cinco millones de personas de 15
años y más se identifican como LGBTI+, lo que equivale al 5.1% de esa población. Además,
67.5% de la población que se reconoce como LGBTI+ tiene entre 15 y 29 años (Instituto
Nacional de Estadística y Geografía [INEGI], 2022). Es decir, estamos hablando en gran
medida de juventudes que están construyendo su proyecto de vida, su vocación y su futuro
profesional.
Este dato debería interpelarnos directamente a quienes trabajamos en educación,
investigación, innovación y tecnología. Las nuevas generaciones están llegando con una
expectativa legítima: no tener que elegir entre su identidad y su desarrollo profesional. No
tener que decidir entre ser auténticas o avanzar. No tener que esconderse para hacer ciencia,
emprender, dirigir un proyecto, estudiar un posgrado o formar parte de un equipo de alto
desempeño.
La evidencia internacional muestra que todavía existen barreras importantes. Cech y
Waidzunas (2021) reportaron que profesionales LGBTQ+ en STEM enfrentan con mayor
frecuencia limitaciones en su carrera, acoso, devaluación profesional, dificultades de salud e
intención de dejar su campo profesional, en comparación con sus pares no LGBTQ+. Este
hallazgo es importante porque nos recuerda que el talento no se pierde únicamente por falta
de capacidad. También se pierde cuando los sistemas no crean condiciones para que las
personas permanezcan, crezcan y aporten.
Por eso me parece necesario cambiar la narrativa. Muchas veces celebramos historias de
personas LGBTQ+ que lograron salir adelante “a pesar de todo”.
Esas historias pueden
inspirar, pero también deben hacernos reflexionar. Sobrevivir no debería ser el estándar de
éxito para una persona LGBTQ+ en ciencia, ingeniería o tecnología. El objetivo no debería ser
admirar que alguien resistió, sino construir espacios donde resistir no sea necesario.
La inclusión tampoco debe verse como algo que compite con la excelencia.
Al contrario: la
fortalece. La ciencia avanza cuando incorpora distintas experiencias, perspectivas y formas de
entender los problemas. Hofstra et al. (2020) mostraron que personas de grupos
históricamente subrepresentados pueden generar contribuciones altamente novedosas,
aunque con frecuencia esas contribuciones reciben menos reconocimiento. Este punto es
clave: no basta con invitar a más personas a participar; también debemos revisar cómo
valoramos sus ideas, cómo reconocemos el mérito y cómo distribuimos oportunidades.
En ciencia aplicada esto es todavía más relevante. Si nuestra aspiración es desarrollar
conocimiento que impacte positivamente la salud de las personas, el planeta y la prosperidad
de la sociedad, necesitamos equipos capaces de entender realidades diversas. Los
algoritmos, los dispositivos médicos, los alimentos funcionales, las soluciones de movilidad,
las tecnologías de agua, la inteligencia artificial o las ciudades inteligentes no se diseñan en el
vacío. Reflejan las preguntas, prioridades y supuestos de quienes los construyen.
Cuando los equipos son demasiado homogéneos es más fácil que ciertos sesgos pasen
inadvertidos.
Cuando los equipos son diversos e inclusivos aumentan las posibilidades de
anticipar impactos, hacer mejores preguntas éticas y diseñar soluciones que sirvan a más
personas. En ese sentido, la diversidad no es solamente un valor humano: también es una
condición para hacer mejor ciencia, mejor tecnología y mejor innovación.
Ser promotor de la comunidad LGBTQ+ en ciencia y tecnología no significa imponer una
forma única de pensar o vivir. Significa defender una idea básica: ninguna persona debería ser
reducida a su orientación sexual, identidad o expresión de género, pero tampoco debería
verse obligada a ocultarlas para ser respetada
. Significa reconocer que la diversidad también
incluye culturas, trayectorias, religiones, nacionalidades, capacidades, formas de familia y
maneras distintas de ver el mundo.
También es importante decir que la visibilidad debe ser una posibilidad, no una obligación. No
todas las personas LGBTQ+ pueden o quieren ser visibles en todos los espacios, y esa
decisión debe respetarse. Sin embargo, quienes tenemos la posibilidad de usar nuestra voz
desde posiciones de liderazgo tenemos una responsabilidad especial
La representación
importa. Cuando una persona joven ve a alguien LGBTQ+ liderando, investigando, enseñando
o impulsando proyectos de impacto, puede imaginar con mayor claridad que también hay
lugar para su futuro.
El compromiso en las instituciones educativas debe traducirse en acciones concretas.
Necesitamos formar liderazgos capaces de escuchar, fortalecer protocolos que den confianza,
generar espacios seguros para aprender y construir una cultura en la que el respeto no
dependa solo de la buena voluntad de algunas personas.
También necesitamos datos que nos
permitan entender mejor las realidades de nuestras comunidades, siempre cuidando la
privacidad, la dignidad y la seguridad de las personas.
Las National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine (2022) han señalado que
medir mejor la orientación sexual y la identidad de género permite identificar poblaciones,
entender desafíos y diseñar mejores respuestas.
Esto es fundamental. Lo que no se reconoce,
difícilmente se atiende bien. Y si queremos construir instituciones verdaderamente inclusivas,
necesitamos pasar de la intención a la acción y de los mensajes de apoyo a prácticas
concretas que se reflejen en la vida diaria de quienes estudian, enseñan, investigan y
colaboran en nuestros espacios de trabajo.
El Mes del Orgullo no debe quedarse en una conmemoración. Los símbolos importan, pero su
verdadero valor está en lo que nos comprometen a transformar. En ciencia y tecnología, ese
compromiso implica revisar cómo reclutamos, cómo acompañamos, cómo evaluamos, cómo
promovemos y cómo construimos comunidad. Implica preguntarnos si las personas más
jóvenes están entrando a espacios en los que pueden desplegar todo su talento o si todavía
les estamos pidiendo que gasten parte de su energía en protegerse.
Mi aspiración es contribuir a una ciencia más humana, más abierta y más valiente. Una
ciencia que entienda que la excelencia también se construye desde el respeto. Una ciencia
que no confunda objetividad con indiferencia, ni neutralidad con silencio. Una ciencia que
reconozca que la innovación no surge únicamente de laboratorios equipados, sino también de
comunidades donde las personas pueden pensar, crear y colaborar con libertad.
En este Mes del Orgullo, mi invitación es sencilla: que nadie tenga que esconderse para hacer
ciencia. Que nadie tenga que fragmentarse para pertenecer. Que las nuevas generaciones
encuentren aulas, laboratorios, empresas y universidades en las que puedan ser evaluadas
por sus ideas, su trabajo, su ética y su contribución al mundo.
Porque cuando una persona
puede ser plenamente ella misma, no solo gana esa persona, ganan la ciencia, la tecnología y
la sociedad que queremos construir.
Referencias
Cech, E. A., & Waidzunas, T. J. (2021). Systemic inequalities for LGBTQ professionals in
STEM. Science Advances, 7(3), eabe0933. https://doi.org/10.1126/sciadv.abe0933
Hofstra, B., Kulkarni, V. V., Galvez, S. M.-N., He, B., Jurafsky, D., & McFarland, D. A. (2020).
The diversity–innovation paradox in science. Proceedings of the National Academy of
Sciences, 117(17), 9284–9291. https://doi.org/10.1073/pnas.1915378117
Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2022). “Encuesta Nacional sobre Diversidad
Sexual y de Género (ENDISEG) 2021: Comunicado de prensa núm. 340/22.”
https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2022/endiseg/Resul_Endiseg21.p
df
National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine. (2022). Measuring sex, gender
identity, and sexual orientation. The National Academies Press. https://doi.org/10.17226/26424