José Roberto Fuentes López
Desde la tribuna presidencial en México de manera recurrente, desde el anterior
sexenio y en el actual se hace alusión a la soberanía nacional, de manera retórica
o como una línea recta en la política, discurso que sirve para consumo interno,
donde la mayoría no ve la contradicción entre el principio y la realidad.
Ahora bien,
El término soberanía proviene de la voz francesa souveraineté, y del
latín superanus, ambas con el sentido de “poder supremo”.
Se empleo en el siglo
XVI por el pensador francés Jean Bodin (1530-1596) para promover y justificar la
imposición del poder del rey francés sobre los señores feudales; ello contribuyo a
sustituir feudalismo por nacionalismo.
En la ciencia política y en el derecho internacional, la soberanía representa la
suma del poder político, supremo e ilimitado, que posee un Estado independiente;
el cual se le confiere autoridad necesaria para tomar autónomamente sus propias
decisiones sobre política interior y exterior.
“En los Estados democráticos, si bien el gobierno lo ejerce un personal político
profesional, la soberanía reside en la nación o el pueblo, que elige a sus
representantes mediante el voto popular, y este principio está contemplado en la
Constitución”.
El significado contemporáneo proviene del filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-
1679), quien afirmaba que en todo Estado debía existir una persona o un conjunto
de personas que concentraran el poder supremo para imponer la ley Según
Hobbes, dividir el poder equivaldría a destruir la unidad del Estado.
Por tanto, el concepto de soberanía popular está en la base de los regímenes
democráticos y republicanos de la Edad Contemporánea, surgió a partir de la obra
de pensadores como el inglés John Locke (1632-1704) y el francés Jean-Jacques
Rousseau (1712-1778).
Estos filósofos plantearon que el Estado se basa en un
contrato social por el que los ciudadanos transfieren su poder a un gobierno, que
garantiza seguridad y protección mutua, pero mantiene la soberanía en el pueblo.
José Roberto Fuentes López
Las revoluciones liberales de fines del siglo XVIII, como la independencia
estadounidense de 1776 y la Revolución francesa de 1789, retomaron el
principio de soberanía popular.
“La Constitución Francesa de 1791 estableció que la soberanía es indivisible y
reside en la nación, y la Constitución de 1793 sostuvo que “la soberanía reside en
el pueblo; es indivisible, imprescriptible e inalienable”.
Esta doctrina se repitió en
diversos textos constitucionales a lo largo del siglo XIX, como la Constitución de
Cádiz de 1812 y diversas constituciones hispanoamericanas”
Centrándonos en México, soberanía y no intervención que siempre antepone la
presidenta Sheinbaum ante la Unión Americana no tiene valor real allá, algunos
sectores la ven como manipulación ideológica.
Siendo realistas, la soberanía
debería empezar en casa, pues de otra forma, esa justificación pierde sustento.
Y la dialéctica en la que se desarrolla la relación bilateral está generando un
problema de gobernabilidad, porque las presiones internas y externas son
excluyentes y ralentizan o paralizan la conducción presidencial.
López Obrador confundió soberanía con impunidad y retórica con estrategia.
Apostó por la victimización cuando el conflicto migraba del terreno político al
jurídico.
Actuaba considerando que todo se resolvería en la plaza pública.
Y cuando la infraestructura de un país opera más para las redes criminales que
para el sistema productivo, deja de ser un asunto interno y se convierte en una
amenaza regional.
Por esa razón considero que, en México no habrá una intervención militar,
enfrentaremos algo más sofisticado y devastador: “asfixia económica, presión
financiera, aislamiento logístico y exposición penal internacional”.
Bajo esta óptica, la presidenta deberá definir qué país quiere para los mexicanos,
como llegará al 2030, o si continua o no atendiendo el ejemplo de su antecesor.
Sus comentarios. jrobertofl2021@outlook.com