EN LA LÍNEA Por Carlos Torres.
En muchos gobiernos emanados de Morena comienza a repetirse una conducta que contradice por completo el discurso de austeridad con el que llegaron al poder.
Varios gobernadores han caído en la soberbia del cargo y hoy actúan como auténticos virreyes, alejados de la realidad que viven millones de ciudadanos en sus estados.
Mientras en comunidades rurales persisten carencias en salud, caminos, seguridad y servicios básicos, algunos mandatarios prefieren desplazarse en helicópteros rentados a empresas privadas, utilizando recursos públicos para mantener una vida de privilegios que poco tiene que ver con la llamada “austeridad republicana”
. El problema no es solamente el uso de aeronaves, sino el abuso constante de ese tipo de transportes.
Una hora de vuelo en un helicóptero Agusta puede costar cerca de tres mil dólares, y en varios casos estas unidades son utilizadas durante más de dos horas diarias por gobernadores, funcionarios cercanos y equipos de seguridad, provocando facturaciones millonarias que terminan pagando los ciudadanos.
El contraste es brutal. Mientras las familias hacen esfuerzos para sobrevivir ante la inflación y la falta de oportunidades, desde algunos gobiernos estatales se mantiene un ritmo de gasto ofensivo que recuerda a los excesos de los viejos regímenes que Morena tanto criticó durante años.
La narrativa de “primero los pobres” pierde fuerza cuando la clase gobernante comienza a vivir rodeada de lujos, vuelos privados y privilegios financiados con dinero público.
Porque aunque intenten justificar estos gastos bajo argumentos de seguridad o eficiencia, la percepción ciudadana es otra: derroche, desconexión y abuso del poder.
El riesgo para Morena es evidente. La gente votó por un cambio, no por una nueva élite política que repita las mismas prácticas del pasado. Y cuando el poder genera soberbia, tarde o temprano llega también el desgaste político.
En la política mexicana la memoria suele ser corta, pero el enojo social frente a los excesos del poder nunca desaparece del todo. Mucho menos cuando el dinero público termina en vuelos de lujo mientras las comunidades continúan esperando obras, medicinas y apoyos que nunca llegan.
LOS GOBERNANTES Y SUS PÉSIMAS ESTRATEGIAS DE COMUNICACIÓN
En política, la comunicación no es un accesorio ni un asunto secundario. Es una herramienta de poder, de cercanía y de credibilidad. Cuando un gobierno fracasa en comunicar, la imagen del gobernante comienza a deteriorarse rápidamente y las críticas crecen como bola de nieve, incluso aunque existan acciones positivas dentro de la administración.
La razón es sencilla: lo que no se comunica, simplemente no existe para la ciudadanía. Muchas veces los gobiernos realizan obras, programas o inversiones importantes, pero si no logran informar a tiempo y de manera efectiva, esos resultados terminan perdiéndose entre rumores, desinformación y ataques de la oposición.
Comunicación fallida, desgaste asegurado
El problema se agrava cuando no existe una estrategia clara de comunicación. Improvisar discursos, reaccionar tarde a las crisis o dejar que otros marquen la agenda pública provoca desgaste político. Un gobierno sin narrativa termina atrapado en la confusión y el desorden mediático.
Pero también hay otro factor determinante: el propio gobernante. Ninguna estrategia funciona si quien encabeza el gobierno no ayuda, no genera confianza o manda mensajes contradictorios.
La comunicación política requiere disciplina, claridad y cercanía con la gente. Cuando el líder se aleja, se encierra o pierde contacto con la realidad social, la credibilidad comienza a derrumbarse.
Y en política, perder credibilidad es comenzar a perder el poder.
Hoy muchos gobiernos creen que comunicar es solamente publicar fotografías en redes sociales o llenar eventos de propaganda. Grave error.
Comunicar implica explicar decisiones, responder críticas, fijar postura y mantener una relación constante con la ciudadanía.
Porque cuando la comunicación falla, el vacío se llena de rumores, especulaciones y golpeteo político.
Y entonces la percepción pública cambia rápidamente.
La lección es clara: un gobierno puede tener recursos, estructura y operación política, pero si no sabe comunicar o pierde credibilidad ante la gente, el desgaste llegará tarde o temprano. Y recuperarse, casi siempre, resulta mucho más difícil.
