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6 de agosto de 2019

Humanidad insatisfecha David Penchyna Grüb




Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la insatisfacción. No importa si el ciudadano es inglés, brasileño, turco, estadunidense, alemán o mexicano; hay suficiente evidencia en materia de virajes electorales en los años recientes, para afirmar que el modelo capitalista atado a la globalidad, está en crisis. Una crisis ignorada por muchos y pronosticada por pocos. Todo lo contrario: a la caída del Muro de Berlín y del mundo bipolar, se llegó a hablar del fin de la historia. Tres décadas después, la historia se reclama inconclusa y el consenso mundial de naciones con democracias liberales, fronteras abiertas, comunidades como la Unión Europea, comercio libre y ciudadanos globales, se ha topado con claros obstáculos en el camino: la concentración de la riqueza en el último cuarto de siglo y el supremacismo racial, el sincretismo cultural provocado por flujos migratorios imposibles de frenar, y una nostalgia acendrada por la época de la posguerra: el crecimiento económico, la expansión de las clases medias y el equilibrio entre industrialización-automatización del trabajo, con altísima demanda de mano de obra.

Muchos podrán argumentar con razón que se puede volver a un modelo, pero no a una época. Lo cierto es que de nada sirve ganar esa discusión si sólo se recurre, con la soberbia de la técnica económica, a la defensa a ultranza del modelo en crisis. Un modelo que en el papel y de manera normativa, permite e incentiva la competencia, premia capacidades e incentiva la creatividad; pero que –debemos reconocerlo– también ha disparado la inequidad entre ciudadanos, la distancia entre ricos y pobres, que de manera paradójica, ha coincidido con un acceso prácticamente generalizado a la tecnología. En pocas palabras, el modelo ha generado más necesidades y expectativas de las que la economía puede cumplir. Y esas promesas incumplidas las están pagando la democracia y la globalidad.

Un ejemplo de lo que está ocurriendo con la insatisfacción social a escala mundial y el cambio en los estándares y expectativas, es lo que ocurre con Amazon: esta empresa elevó cualitativamente la experiencia de compra de los usuarios (tienen lo que quieren en 24 horas a mejor precio que lo que encontrarían en otras opciones) y con ello, ha subido la vara para toda la industria. Los consumidores empiezan a considerar inaceptable esperar 48 o 72 horas, una semana, cuando hasta hace muy pocos años, el proceso les habría demandado dedicar tiempo y desplazamiento en la compra. Ese consumidor impaciente es también el ciudadano insatisfecho. Ese que no puede estar dos minutos sin señal de Internet o dejar de revisar sus redes sociales, porque se siente aislado y robado. Ese consumidor que no puede esperar a ver un capítulo semanal o diario de una serie, y la devora en apenas unas horas para empezar a buscar la siguiente. Ese consumidor que antes debía esperar por varios minutos hasta encontrar un taxi seguro y que hoy se molesta si su conductor de Uber llega un minuto tarde.--
Saludos
David Penchyna Grüb

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