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23 de abril de 2019

LA PALABRA AMENAZADA

Fernando Vázquez Rigada





“Si se pasan, ya saben lo que sucede”-. Le llegó su turno a la libertad de expresión, al derecho a la información, a la riqueza de la pluralidad. Le llegó a través de una advertencia, rayana en la amenaza, emitida por el poder al que se accede por la fuerza de la democracia solo para desmantelarla.



Es la admonición al crítico. Al opositor. Al disidente.



Implica el llamado a la turba de bots y fanáticos al linchamiento; el desamparo al crítico en un territorio que cada día es recorrido por la muerte (6 periodistas ejecutados desde la llegada de la 4T); el amago de la persecución.



Es, por supuesto, un llamado a la autocensura.



En los tiempos del neo-pensamiento único, disentir es imposible. Pensar y expresarlo se vuelve, para el autoritario, no sólo inadmisible: es también peligroso.



El poder siempre ha rehuido a la rebeldía cívica que es la crítica. George Orwell lo caracterizaba en 1984 bajo la temible “Policía del Pensamiento”: la auscultación de la vida privada, de los sueños, para encontrar al disidente y encerrarlo.



Ese temor está fundado: los grandes cambios de la humanidad se han dado a fuerza de golpes de ideas. Del federalista a los artículos de Marat, las revoluciones americana y francesa se inflamaron con argumentos, debates, propuestas de un cambio hacia una vida mejor. Fueron aquellos artículos igual de poderosos que los fusiles porque no mataban: contagiaban.



La historia de la resistencia mexicana se incuba en los medios disidentes. El Diario del Hogar, el Monitor Republicano, el Hijo del Ahuizote o Regeneración son los testimonios de la perseverancia y el valor ante la represión porfirista. El germen de la revolución se incuba en una declaración de prensa -a Creelman- y en un libro -la Sucesión Presidencial-. El México de las alternancias no se podría entender sin la gallardía de plumas contenidas en Política, Proceso, Reforma: en decenas de diarios locales o en la explosión informativa de la radio mexicana en los noventas.



Pero la misma lección que inspira al demócrata alerta al autócrata.



Uno de los primeros decretos bolcheviques fue la supresión de toda la prensa. Goebbels también lo hizo y culminó en la pira fanática de la Plaza de la Ópera de Berlín: las llamas consumiendo los libros proscritos.



De Castro a Chávez y de Fujimori a Erdogan, la historia se repite: quien aspira a todo el poder quiere una opinión unánime. La uniformidad es clave para que penetre el nuevo discurso público y lo inocule en una sociedad somnolienta por la esperanza, sí, pero también por el aturdimiento.



La generación del consenso solo puede darse, así, mediante la docilidad. En un huracán de slogans y simbolismos, el gobernante pretende que se desmovilice la crítica, el análisis, la opinión. El gusto por el monólogo y por los mítines a modo expresan la debilidad hacia el halago y el aplauso.



La ovación, sin embargo, es siempre peligrosa: ensordece.



Por eso la incomodidad o la molestia ante el abucheo o el cuestionamiento de un periodista.



El cambio no es sinónimo de mejora. Criticar implica contrastar ideas, argumentos, caminos. Los medios no son ornamentas de la sociedad: son sus pilares. La libertad se funda en la posibilidad de ser diferente. Ahí está lo mejor de lo que somos.



Ojalá lo defendamos. O ya saben lo que sucede.



@fvazquezrig
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