Últimas Noticias

6 de marzo de 2019

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA DE 2019

La creación, expectante, está aguardando
la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19)
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con
el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por
la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser
con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos
caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación
que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos
sido salvados en esperanza» (Rm 8,24). Este misterio de salvación, que ya
obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye
también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La
creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios»
(Rm 8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de
reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima
Cuaresma.
1. La redención de la creación
La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de
Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario
de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un
don inestimable de la misericordia de Dios.
Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se
deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en
práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y
en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su
redención. Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que
se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del
misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a
alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano.
Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y
cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte
hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma
admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc.
Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la
redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado
y de la muerte.
2. La fuerza destructiva del pecado
Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos
comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y
también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos
conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina
la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que
nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los
deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos,
o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones,
ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente
la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la
lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.
Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición
entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la
creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El
hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la
relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están
llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto
(cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el
dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin
deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las
criaturas y de los demás.
Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley
del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del
hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un
bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo
también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas
y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo
como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien
vive bajo su dominio.
3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón
Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los
hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si
alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha
comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la
creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra
nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a
restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el
arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza
de la gracia del misterio pascual.
Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento
cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos
los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión.
Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de
la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm
8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a
los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en
su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración
y la limosna.
Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las
criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la
capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón.
Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y
declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir
de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo
que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar
así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro
corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y
encontrar en este amor la verdadera felicidad.
Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar
en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la
comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3).
Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar
también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la
esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de
Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable.
Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera
conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y
dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos
y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes
espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la
victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza
transformadora también sobre la creación.
Vaticano, 4 de octubre de 2018
Fiesta de san Francisco de Asís
Francisco
Comparte la Noticia :

Publicar un comentario

 

Top