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16 de marzo de 2019

Decenas de miles de catalanes toman Madrid contra el juicio del ‘procés’

Puntuar fuera de casa siempre está bien. Los futbolistas regresan al autobús cansados y satisfechos si al menos han arrancado un empate. Eso hizo ayer el independentismo catalán, vino a Madrid a puntuar y logró un empate honorable. La manifestación contra el juicio del 1-O, organizada por ANC y Òmnium con el apoyo de algunas organizaciones madrileñas por el derecho a decidir, reunió ayer en Madrid a decenas de miles de personas, casi tantas como la concentración contra el relator convocada por PP, Ciudadanos y Vox en la plaza de Colón, el 10 de febrero, para tratar de forzar la renuncia de Pedro Sánchez. Según la policía, no tantas, unas 18.000, aunque lo cierto es que se antoja un cálculo raquítico: en términos de extensión, cuando en Cibeles comenzaban los parlamentos, la cola de la manifestación cantaba L’estaca –que fue el himno de la marcha– casi al final del Museo del Prado, junto al Jardín Botánico. Tampoco parecían los 120.000 que proclaman los organizadores, pero, a la vista de la caravana de autobuses movilizada, más los que acudieron por sus propios medios y algunos madrileños, gallegos y vascos que también secundaron la manifestación, seguro que no anduvieran muy lejos de los 50.000 abanderados de la plaza de Colón. Bajo otra bandera.

En los discursos, “derecho de auto­determinación”, “libertad para los presos políticos” y un cierre de emotividad partisana: la cantante Alicia Ramos entonó Canto a la libertad del aragonés José Antonio Labordeta, el cantautor de la tierra dura, convertido luego en mochilero rural de las Españas y después, en diputado en las Cortes, al que el periodista zaragozano David Remartínez definió en términos geográficos “tan familiar como el cierzo que soplaba en las orejas al salir a la calle (...), Labordeta es Aragón, entendiendo por Aragón una gente y un paisaje. Nada más y nada menos”. Otra gente en otro paisaje era la que paseaba con cánticos contra el Supremo por la aorta del centro de Madrid, un paseo del Prado que luego se eterniza en los de Recoletos y la Castellana.

La policía calcula que hubo 18.000 personas en la marcha, y la organización, 120.000

La marea de estelades que partía de Atocha rodeó la Cibeles, totémico santuario de la afición madridista, que este año no parece que vaya a cursar visita, a eso de las siete de la tarde, y aún hubo un audaz que colgó de la mano izquierda de la diosa la bandera del independentismo. Una anécdota, en todo caso, en una marcha cívica y tranquila, como subrayaron líderes políticos como el presidente de la Generalitat, Quim Torra; el del Parlament, Roger Torrent; el diputado de ERC Gabriel Rufián, y los sociales, como la vicepresidente de ANC, Elisenda Paluzie, y el de Òmnium, Marcel Mauri, que dirigían los oficios.

Secundaban otras formaciones políticas como En Comú –asistió el teniente de alcalde barcelonés, Gerardo Pisarello–, IU de Madrid, Izquierda Castellana, el Sindicato Andaluz de Trabajadores, Anova, Coordinadora 25S y EH Bildu, entre otras. El Gobierno respondió con prudencia a la manifestación: “La misma democracia que protege la libertad de quienes se manifiestan hoy es la que juzga a quienes se saltan sus normas”, señalaron fuentes de la Moncloa, que añadían: “El Gobierno siempre ha mantenido una voluntad sincera de solucionar el problema en Catalunya. Ha construido un camino donde no había camino”. El líder del PP, Pablo Casado, interpretó la marcha como un aviso a Sánchez de que el independentismo piensa “cobrar al contado” una posible investidura. Pero, tras una semana de excesos verbales, no hubo palabras gruesas más allá de un tuit de Javier Maroto, horas antes de la manifestación, acusando a Manuela Carmena y Pedro Sánchez de auspiciarla y prometiendo que, con Casado “esto no volverá a suceder nunca”. Una promesa que causó revuelo digital y muchas citas al artículo 21 de la Constitución, que protege el derecho de manifestación y permite ejercerlo “sin autorización previa”.

El Gobierno recalca que la misma democracia que ampara la protesta es la que juzga el 1-O

Presidía el ritual el palacio de las Telecomunicaciones (hoy palacio de Cibeles y casa consistorial), que el jueves celebró su primer centenario. Ante los miles de abanderados, alzaba su modernismo plateresco, obra de los arquitectos Antonio Palacios y Joaquín Otamendi cuya imponente escala responde a su cometido original: ser sede de la Sociedad de Correos y Telégrafos de España, símbolo de la articulación del Estado. Como enseñan los viejos westerns, el Estado alcanza allí donde llega el telégrafo y el ferrocarril tiene apeadero. Ni un kilómetro más allá. Una alegoría pues de músculo estatal primisecular que ayer, en tanto el Ayuntamiento de Madrid, colaboraba magnánimo con la convocatoria procesista –abundantes son las facilidades que delegación del Gobierno y el gobierno municipal han puesto para que la histórica marcha se desarrollara sin inconvenientes–. Eso convocó el recuerdo de que fue también esa la sede institucional que la alcaldesa Carmena dispuso hace casi dos años, meses antes de los hechos de Octubre, para que el entonces presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, pudiera dar una conferencia en la villa. Era mayo del 2017 y aún no se había roto un plato, pero el gobierno de Mariano Rajoy no estaba por la labor de ofrecer la formalidad de las Cortes para el discurso del molt honorable. Ayer también era mayo en Madrid. Manga corta o chaqueta ligera. Un mayo de mentira, en pleno marzo electoral. “Cuando marzo mayea...”, avisa el refranero. Un mayo falso, de calentamiento global, tan distinto de aquel otro, auténtico, tenso pero soleado, que antecedió al naufragio
La Vanguardia PEDRO VALLÍN  /Foto: Dani Duch
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