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6 de septiembre de 2018

Cuestionado el uso universal de los probióticos


La microbiota intestinal juega un papel vital para el funcionamiento del cuerpo (ChrisChrisW / Getty Images/iStockphoto)
ELSA VELASCO

Tomar probióticos podría afectar de forma diferente a cada persona según sus características y, en algunos casos, tener un efecto menor de lo esperado. Por otra parte, consumirlos para mitigar los efectos adversos de los antibióticos puede retrasar la recuperación de la microbiota intestinal. Son las conclusiones de una investigación liderada por el Instituto Weizmann de Ciencias, en Rehovot (Israel), y publicada ayer en dos artículos en la revista Cell.

“Deberíamos ser más cautos con el uso de los probióticos”, declara por correo electrónico Eran Elinav, director del trabajo e investigador del Instituto Weizmann de Ciencias. “El uso actual, empírico y de enfoque universal, debería transformarse en un uso basado en la ciencia, a medida de cada persona y adaptado al contexto clínico”, recalca. Asimismo, Elinav valora que debería reconsiderarse utilizar probióticos tras los tratamientos con antibióticos.

En la actualidad los probióticos se suelen consumir como suplementos nutricionales para fortalecer el sistema inmunitario, proteger contra infecciones, mitigar síntomas de trastornos intestinales y prevenir las diarreas que pueden producirse tras los tratamientos con antibióticos, entre otros. Sin embargo, todavía hay debate respecto a sus efectos sobre la salud y sobre cómo interaccionan con el cuerpo humano, señala Eran Elinav. Su equipo ha intentado buscar respuestas a esta cuestión tomando muestras directamente del tracto intestinal de personas después de que consumieran probióticos.

Los probióticos se suelen consumir como suplementos nutricionales para fortalecer el sistema inmunitario, proteger contra infecciones, mitigar síntomas de trastornos intestinales y prevenir las diarreas que pueden producirse tras los tratamientos con antibióticos, entre otros

En el primero de los dos estudios publicados en Cell , los investigadores reclutaron 15 voluntarios, a los que dividieron en dos grupos: unos tomaron un placebo y los otros, un probiótico comercial que contiene once cepas de bacterias durante cuatro semanas. Los investigadores les practicaron endoscopias antes de empezar el experimento y a las tres semanas de tratamiento.

Entre los diez voluntarios que tomaron probióticos, los investigadores hallaron las bacterias que contenían los suplementos en el intestino de seis de ellos. En los otros cuatro, aunque sí los presentaban en las heces, no se detectó rastro de los probióticos en el tracto digestivo. Los científicos han clasificado los dos grupos como “permisivos” y “resistentes” ante la colonización por probióticos.

Por otra parte, todos los voluntarios que tomaron probióticos experimentaron variaciones en la expresión de genes en el intestino, tanto los de la microbiota como los de sus propias células, si bien los cambios fueron menos pronunciados en el caso de los participantes resistentes. Eso indica potencialmente que en estas personas los efectos de los probióticos podrían ser menores, aunque Eran Elinav matiza que su estudio “no se diseñó para analizar si se producían o no efectos beneficiosos para la salud”.

En el segundo artículo de Cell , los investigadores han analizado cómo los probióticos afectan al intestino cuando se toman para contrarrestar el efecto de los antibióticos de amplio espectro. Esta clase de fármacos merman buena parte de los microorganismos que conforman la microbiota intestinal, con lo que pueden proliferar especies nocivas que provocan complicaciones, como la candidiasis o la diarrea causada por la bacteria Clostridium difficile.

En este segundo estudio participaron 21 voluntarios que tomaron dos antibióticos de amplio espectro durante siete días. A continuación, se dividieron en tres grupos: siete de ellos no recibieron ninguna otra terapia, ocho tomaron probióticos durante cuatro semanas y seis recibieron un trasplante de heces autólogo. Este último procedimiento consiste en tomar una muestra de excrementos de una persona y congelarla para más tarde volver a introducirla en el intestino del mismo individuo.

Los antibióticos merman buena parte de los microorganismos que conforman la microbiota intestinal, con lo que pueden proliferar especies nocivas que provocan complicaciones, como la candidiasis o la diarrea causada por la bacteria Clostridium difficile

Al analizar los efectos de los tratamientos mediante endoscopia, los investigadores advirtieron que en los pacientes que tomaron probiótico, las especies que formaban el suplemento proliferaron y retrasaron la recuperación de la normalidad tanto en la microbiota como en la actividad de los genes del intestino, más incluso que en las personas que no habían recibido ningún tratamiento después de los antibióticos. En cambio, el trasplante de heces aceleró la recuperación.

“Los posibles efectos protectores de los probióticos tras los antibióticos, que todavía deben probarse o refutarse, se acompañan de una inducción de un estado persistente de disbiosis [un desequilibrio en la microbiota intestinal]” que puede durar hasta cinco meses después del tratamiento de antibiótico, recalca Eran Elinav. “Se ha sugerido que este estado puede estar asociado a enfermedades a largo plazo como la obesidad y la alergia, algo que debe comprobarse en futuros ensayos. Sin embargo, hasta que se concluyan estos experimentos creemos que debe primar la cautela ante el uso indiscriminado de probióticos en este contexto”.

“Los posibles efectos protectores de los probióticos tras los antibióticos se acompañan de una inducción de un estado persistente de disbiosis”

ERAN ELINAV Director de la investigación
“En la práctica clínica, el objetivo principal del uso de probióticos junto con los antibióticos es prevenir el sobrecrecimiento de especies patógenas oportunistas resistentes a los antibióticos”, señala Francisco Guarner, investigador del Vall d’Hebron Institut de Recerca (VHIR) que no ha participado en el estudio. Para esta aplicación, que “preocupa mucho más a nivel clínico que la disbiosis”, hay decenas de estudios que han probado que los probióticos son eficaces, subraya Guarner en entrevista telefónica. El investigador del VHIR critica por otra parte que el trabajo no refleja la práctica clínica, en la que se utilizan otros tipos de probióticos y se administran a la vez que los antibióticos, no después del tratamiento, por lo que “no da datos suficientes para sacar conclusiones para la aplicabilidad en clínica”, advierte.

La disbiosis, un problema secundario
“En la práctica clínica, el objetivo principal del uso de probióticos junto con los antibióticos es prevenir el sobrecrecimiento de especies patógenas oportunistas resistentes a los antibióticos”

FRANCISCO GUARNER Investigador del VHIR
Elinav y su equipo proponen el trasplante de heces autólogo como una alternativa más segura para la recuperación rápida de la microbiota después de un tratamiento con antibióticos, aunque matizan que todavía debe estudiarse cómo se puede aplicar en un contexto clínico. Otra posibilidad, sostienen, podría ser analizar la microbiota de los pacientes y administrar probióticos adaptados al máximo al ecosistema intestinal de cada persona. Sería un intermedio entre el uso universal de probióticos y el trasplante de heces, que es un tratamiento totalmente individualizado.

“Es una buena idea”, valora Francisco Guarner. “Generar probióticos a partir de cepas de microorganismos humanos es el sueño desde hace una década. Pero en la práctica no es nada fácil conseguir que crezcan estas cepas, encapsularlas y administrarlas como probióticos”. El trasplante de heces autólogo, por otra parte, sería imposible de aplicar de forma generalizada a todos los pacientes que tomen antibiótico y todavía no se ha demostrado que sea seguro “ni que prevenga el crecimiento de microorganismos resistentes a antibióticos y nocivos como las cándidas o Clostridium difficile”, advierte Guarner.

Un limbo regulatorio que entorpece la investigación

Actualmente en Europa no existe una regulación específica para los probióticos, advierte Francisco Guarner. Una empresa puede vender un suplemento nutricional como probiótico sin haber demostrado científicamente su eficacia mientras contenga al menos un componente que entre dentro de una lista de seguridad elaborada por la Autoridad Europea para la Seguridad de los Alimentos (EFSA por sus siglas en inglés). “Muchos probióticos que se encuentran en farmacias no han pasado ningún estudio de eficacia”, lamenta el investigador del VHIR. La situación ha entorpecido la investigación, ya que las empresas no necesitan respaldar con datos las afirmaciones sobre los efectos de los probióticos para venderlos. Tampoco hay directrices sobre el uso clínico de estos productos desde las autoridades europeas y estadounidenses, señala Eran Elinav, aunque sí existe una guía elaborada por la Organización Mundial de Gastroenterología en base a las evidencias reunidas hasta ahora sobre su eficacia.L a Vanguardia
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