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15 de septiembre de 2018

Benidorm, de pueblo pesquero a Manhattan mediterráneo




Benidorm, pasado y presente (Redacción)
ALEXIS RODRÍGUEZ-RATA

Benidorm es un caso de éxito o una pesadilla terrenal depende de a quien se le pregunte, pero que en un relato u otro casi siempre empieza igual. Con una playa alargada, de arena fina y llena de gente y un Mediterráneo limpio y azul –es igual si es en un soleado verano o en un invierno más bien templado– que hace de telón de fondo. Y con brazadas, una vez mar adentro, que tras girar sobre uno mismo dejan entrever en el horizonte uno, dos, tres… decenas de rascacielos que guardan las espaldas a miles de sombrillas y rostros rosados.
La Costa Blanca alicantina deja así de lado la imagen idílica y tranquila de los pueblos de mar para transformarse en el que los expertos incluso han tildado de Manhattan mediterráneo; urbe en altura en la que cada año recalan miles de personas para respirar el verano, invierno, otoño o primavera. Porque la ciudad-playa –o la playa hecha ciudad…– apenas sabe de temporadas: tiene, según datos del ayuntamiento, una ocupación de entre el 75 y 85% durante todo el año.

Benidorm, ayer
Hoy en su costa se acumulan tiendas de chancletas, gafas y tubos de buceo, ropa de baño, sombrillas, cremas de protección solar, souvenirs con la estereotipada marca España y un larguísimo etcétera.

Pero en el origen, Benidorm fue una pequeña población costera y pesquera, conocida y basada en la almadraba. Porque como tantas otras de Andalucía o Murcia, Marruecos o Italia, la pesca del atún en su migración a o desde el Atlántico constituyó su principal actividad económica. El cambio vino con las cada vez más escasas capturas y la falta de alternativas económicas salvo un entorno privilegiado.

La niebla cubre los rascacielos de Benidorm
La niebla cubre los rascacielos de Benidorm (OlafSpeier / Getty)
Es así que lo que, hasta entonces apenas había sido un indicio, un complemento y un anuncio, el atractivo de los baños termales de la localidad, se convirtió poco después en su razón de ser.

Aunque revolucionada.

Foto aérea del casco histórico de Benidorm
Foto aérea del casco histórico de Benidorm (visitbenidorm.es)
Hasta los años 50 del siglo XX la localidad apenas tenía unos 6.000 habitantes. En 1952 cerraba una de las mayores almadrabas de atún. Benidorm empezó a buscar una alternativa de futuro. Esta acabó por consistir en transformar las casas bajas entre calles estrechas –que aún hoy son el casco histórico de la urbe– por grandes y anchas avenidas; por una planificación en cuyas islas crecerían edificios destinados al turismo de masas interior, el español, que ya daba sus primeros pasos.
El pueblo empezaba a experimentar con los cambios urbanísticos y económicos. La España de Francisco Franco, a su vez, empezaba a abrirse al exterior. Con el desarrollismo. Y, sobre todo, de la mano del turismo.

La playa de Levante de Benidorm, llena de bañistas
La playa de Levante de Benidorm, llena de bañistas (PoppyPixels / Getty)
Por eso que a partir de esa época la población residente no dejara de aumentar. Aún más lo haría la visitante. Y, con ella, los servicios para dar contenido a este nuevo presente: si hasta 1959 se abrieron cuatro nuevos hoteles en la localidad, ese mismo año, en una España franquista en cambio acelerado, se inaugura el Festival de la Canción de Benidorm, y el alcalde permite el uso del bikini en las playas del municipio. Benidorm se acercaba al objetivo de hacer de la ciudad la referencia turística del sol y playa español.
El resultado llega hasta hoy.

La pesca fue la principal actividad económica del pueblo
La pesca fue la principal actividad económica del pueblo (visitbenidorm.es)
Porque como recoge en un informe Ana Espinosa Seguí, profesora de Geografía Humana de la Universidad de Alicante, en la década de 1960 y 70 es cuando se abren el grueso de los nuevos hoteles. Por decenas. Y estos, además, lo serán de mayor altura que sus predecesores gracias a un segundo plan general de la ciudad, el de 1963, que permitió aumentar la altura de los rascacielos.
Tanto, que Benidorm es hoy la ciudad del mundo con más densidad por metro cuadrado de rascacielos, sólo tras Nueva York. El lugar en el que se ubican la mayoría de los primeros edificios en altura del ranking español, sólo tras las cuatro torres madrileñas del Paseo de la Castellana, y ya sean estos residenciales u hoteles. Aquí destacan el inacabado InTempo, el Gran Hotel Bali, el postmoderno Lúgano, el brutalista Neguri Gane y un etcétera que hace las delicias de los amantes de la arquitectura.
Benidorm, hoy
El cambio experimentado por la ciudad-playa, como muchos insisten en llamar, ha sido con todo ampliamente criticado. Por los ecologistas, por la sobreexplotación del mar y la tierra. También por colectivos ciudadanos, por acoger un turismo que a menudo se resume en sol, playa y borrachera. (Otros lo llamarán barato o de de baja calidad, por su menor capacidad adquisitiva). Pero, a veces, también ha sido elogiada, por responder a una necesidad concreta, adaptar la oferta a la demanda y reducir su impacto aumentando la densidad de los edificios y lograr ser uno de los pocos casos en Europa que logra colgar el cartel de lleno casi todo el año, en verano de la mano de los jóvenes y las familias y en invierno gracias, sobre todo, a mayores y jubilados.

El debate lo resume bien Ana Belén Berrocal, profesora e ingeniera de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid: “Lo más preocupante para las diferentes corrientes críticas del modelo urbanístico de Benidorm, más allá de los riesgos medioambientales que supone, es su exportación (…) Otro punto importante de crítica corresponde a la forma en que se especula con el suelo, las diferentes recalificaciones de terrenos que favorecen la aparición de más estructuras que servirán al turismo”. Sin embargo, como ella misma apunta, “no son pocos los que empiezan a afirmar que podemos encontrarnos ante un modelo ideal de ciudad sostenible en Benidorm”. Y cita un estudio de la Universitat Autònoma de Barcelona y la de Alicante, según el cual “los rascacielos ofrecen una ventaja: más turismo en menos superficie. La construcción en vertical permite optimizar no sólo el espacio sino otros recursos básicos como son una sola piscina o utilización de placas solares”.

Benidorm, 'pequeño Manhattan' en el Mediterráneo
Benidorm, 'pequeño Manhattan' en el Mediterráneo (stelianpopa / Getty)
Sea cual sea la opción que uno escoja, la revolución del turismo en Benidorm se resume siempre en unos pocos y precisos datos: una ciudad con alrededor de 70.000 habitantes, casi dos millones de visitantes, por encima de los diez millones de pernoctaciones y con hasta 400 mil habitantes en la temporada alta.

Una ciudad que, como citan, elogian o critican los autores, es un “monocultivo” turístico único, impulsado por una fuerte base de empresarios locales (casi el 50% de los hoteles están en manos familiares frente a los tradicionales grupos nacionales e internacionales de otras ciudades) con hoteles que en su gran parte son de tres estrellas, en habitaciones que se reparten casi a partes iguales entre españoles y extranjeros, con mayoría de madrileños y vascos entre los primeros (ambos siendo más o menos el 22% del total en su mitad), y británicos entre los segundos (más del 60% entre estos últimos, quizá la razón de que incluso la BBC emita una serie de televisión llamada Benidorm), seguidos por holandeses, franceses y belgas.

Benidorm, antes de su gran transformación turística
Benidorm, antes de su gran transformación turística (visitbenidorm.es)
Y es así que en Benidorm abundan discotecas, salas de juego, bingos, salas de cine, parques temáticos, minigolf, muchos pubs ingleses, la retransmisión de los partidos del Athletic y la Real, e incluso un circo... Una oferta que sirve para ahondar en el estereotipo de una España tierra de toros, sangría y de olé . En la que, por no haber, no hay ni museos ni teatros. Pero que responde a lo que piden sus visitantes.

Sol y playa, la combinación clásica del turismo en España
Sol y playa, la combinación clásica del turismo en España (ManuelVelasco / Getty)
Kiko Llaneras lo resumía con un titular sencillo y directo en Jot Down : “Benidorm, el turismo antihipster”. Allí describía una localidad que atrae a miles, pero sin glamour, entre gintonics que pasaron de moda, música siempre comercial y ropa hortera. También unos ingredientes que la hacen única: mucha playa, mucho sol, mucha gente, un destino muy barato y popular con “rascacielos [que] prenden el cielo”. Hay quien la ha definido como un “McDonald’s gigante”.

Benidorm optó en su día por un turismo más intensivo que extensivo. Pero se quiera o se odie, con sus pros y sus contras, no deja de permitir decir que en Benidorm hay poco paro, mucho contrato temporal y también, a diferencia de otros destinos, una oferta de ciudad-playa que no esconde su razón de ser, como decía su alcalde, Antonio Pérez, en el informe de Benidorm en cifras 2016: “Benidorm continúa siendo un fenómeno único en la historia del turismo y del urbanismo y así queremos que siga siendo, con la ayuda de todos”.

¿Seguirá siéndolo?

La Vanguardia
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