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26 de noviembre de 2017

Don Rosendo, un equilibrio.Por Soleares Por Jesús Manuel Hernández.


La vida de don Rosendo Huesca y su paso por la diócesis de Puebla podrá entenderse mejor a la luz de dos escenarios, uno en el aspecto de su vocación sacerdotal, de conducir a su grey y haber abierto los espacios de participación en temas cercanos a los asuntos sociales, como el caso de Cáritas que incluso le valió felicitaciones en el vaticano.
Pero la parte sociopolítica fue fundamental en su quehacer por guardar los equilibrios y buscar la armonía de los grupos de poder en una entidad convulsionada por los radicalismos.
A don Rosendo le tocó recibir una arquidiócesis donde el estilo de mandato de Octaviano Márquez y Toríz privilegiaba la protección de la derecha y la condena de la izquierda. Llegado en 1970 de Nueva York donde había estudiado psicología luego de su paso por Roma, Huesca fue recibido en el aeropuerto de la Ciudad de México con las primeras manifestaciones en su contra por los grupos de la derecha organizada de Puebla y de México. No lo querían. Contra eso tuvo que batallar prácticamente todo su periodo de arzobispo, intentando guardar las formas para evitar las condenas en juicios de valor y alentando el acercamiento de las partes para el bien común de la diócesis.
Don Rosendo se ganó un papel protagónico en lo político, su afecto y consejo se convirtieron en indispensables para los hombres de poder, no sólo poblanos, algunos de orden nacional también le consultaban y pedían consejo.
Supo lidiar con los “ismos”, con los grupos reservados y secretos, algunos de ellos opositores a sus instrucciones, pero siempre atendiendo fielmente a la gestión ante el Papa por conservar la unidad y retomar el camino que correspondía a cada grupo religioso o seglar.
Tuvo la suerte de participar en el Celam y gracias a sus buenos oficios consiguió que Puebla fuera la sede de la tercera Asamblea, un escenario donde se debatirían las posiciones más radicales y encontradas sobre el comportamiento de la Iglesia Católica en Latinoamérica de cara a temas cruciales como la pobreza y donde además se diera el encuentro frontal de los teólogos de la liberación y quienes les cortaron el paso.
La muerte de Juan Pablo I llevó al pontificado a Juan Pablo II, con quien guardaba amistad desde antes, y por tanto la invitación de Celam en 1979 para visitar Puebla no tuvo impedimento. Fue sin duda su gran éxito, haber traído al Papa a la Angelópolis.
Otro lo fue el impulso a partir de 1999 a los trabajos para obtener la beatificación de Juan de Palafox y Mendoza. Huesca trabajó intensamente en la conciliación con los jesuitas, opositores naturales e históricos al hoy beato. Desde el anonimato don Rosendo estimuló investigaciones y procuró fondos para conseguir que los trabajos reiniciados en El Burgo de Osma tuvieran feliz conclusión.
Anécdotas se podrán contar por cientos sobre su intervención en los conflictos políticos de Puebla, su cercanía a varios jerarcas de la iglesia, su participación en el financiamiento del Pontificio Colegio Seminario Mexicano en Roma, donde se le respetaba mucho.
Otro aspecto importante fue la apertura que como arzobispo tuvo a los medios de comunicación, aceptaba las entrevistas, las charlas con los periodistas en público y encorto, un tema que jamás se había dado con sus antecesores.
Su última misa, el viernes 24 de noviembre, la celebró en la parroquia de Nuestra del Camino, una iglesia que fue construida gracias a su apoyo y al financiamiento de la Agrupación Leonesa de Puebla y de su benefactor con Antonio Fernández.
Cuando se retiró y pasó a ser arzobispo emérito de Puebla algunas voces le sugirieron y ofrecieron el patrocinio para que escribiera sus memorias. Si lo hizo o no lo hizo, muy pocos lo saben.
Don Rosendo fue un arzobispo muy influyente poseedor de muchos secretos de la vida cotidiana de los poblanos, de sus políticos, de sus amigos y de sus enemigos con quienes, pese a todo, siempre procuró el acercamiento.
Don Rosendo fue un hombre que supo guardar los secretos de la sociedad y sus actores para mantener siempre el equilibrio.
O por lo menos, así me lo parece.

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