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29 de septiembre de 2017

DE SACUDIDAS Y OTRAS COSAS Por Marcela Jiménez Avendaño

Este 19 de septiembre lo recordaré por dos razones. Y una de ellas no será por el miedo atroz que sentí cuando la tierra decidió sacudirnos a los mexicanos, pero si porque movió millones de consciencias que salieron a las calles a darse y a dar.

Pero también, porque murió una gran amiga. Y cuando digo “gran amiga” es porque en verdad lo fue. Se asumió ser mi mentora a mi arribo a Puebla hace ocho años, cuando tenía la idea de hacer carrera política en el estado en que viví cuando niña. No le fue tarea fácil, pero ambas disfrutamos enormemente el proceso.

Ella era muy libre, muy auténtica. Y, sin embargo, estaba formada en las reglas de la vieja política, ante las cuales yo soy la más rebelde e imprudente. Obvio, los choques eran constantes, especialmente cuando en alguna reunión salía mi yo no político y cero diplomático, y ella tenía que entrar inmediatamente al quite para suavizar mis palabras y distender los ánimos.

Yo, formada en la política de alturas, y con esto me refiero a esa que se hace tras los escritorios, tras las mesas de juntas, tras enormes y pomposos nombres, cargos y construcciones, esa que no se acerca a la gente, esa que no conoce de primera mano lo que los mexicanos claman y anhelan. Ella, maestra en la política de tierra, del abrazo y la cantada, del escuchar y solucionar en el momento, del compromiso cara a cara. Ahí sí que me sentía fuera de lugar, no estaba acostumbrada a tantas horas atendiendo a la gente que, por cierto, muchas veces no buscaba ayuda, simplemente querían ser escuchados. Y eso sí que se le daba a ella. Se transformaba completamente. Era feliz.

Como es norma en la clase dirigente de los últimos años en el que era nuestro partido, el Revolucionario Institucional, fuimos, junto con muchísimos priístas más, dejadas de lado. Resultábamos, como tantos otros, incómodas. Las nuevas directrices marcaban que para ser tomado en cuenta había que ser, antes que nada, cómplices de raterías y corruptelas. La autenticidad no era considerada más una virtud, y lo mismo pasaba con la capacidad intelectual, política o social. Ahora lo que buscaban eran perfiles bien definidos como títeres, lame botas, rastreros, levanta dedos. Y bueno, ni mi amiga ni yo dábamos ese ancho.

Entonces nos embarcamos en una aventura que resultaría peor. Nos dejamos seducir por el canto de las sirenas. Nos proponían integrarnos a un proyecto político, el de Rafael Moreno Valle. Craso error. Esta novedad, conjuntaba toda la miseria y mezquindad vista en el que había sido nuestro partido, pero ahora adornado con carretadas de soberbia y cínica corrupción. De a poco fui viendo como ella se marchitaba. Yo, siendo políticamente menos correcta, los mandé muy lejos.

Hoy que veo todas las muestras de solidaridad y de cariño, a un pueblo volcado en la ayuda al otro, a mexicanos poniéndose en los zapatos de otros mexicanos, no dejo de pensar en ella. Me vuelve la esperanza de que este país puede dar increíbles políticos, de que no todo está perdido. Que este nuestro México es mucho más grande que ellos.

Hasta pronto querida Enoe, con un poco de suerte, espero que el sueño de dejar un país mejor al que nos entregaron pase de ser solo un sueño. Nos vemos, aunque no muy pronto.
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