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31 de mayo de 2017

Elucubraciones sobre pactos poblanos Por Valentín Varillas


Nadie debe dudar del hecho de que los acuerdos entre el presidente Peña y el ex gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, no solo siguen vigentes sino que gozan de cabal salud.

El cénit de los amarres, por lógica elemental, debe de ser el proceso electoral 2018.


Hacia esa coyuntura se tejió una relación de intereses económicos y políticos que intenta, muy cerca ya del momento culminante, generar beneficios mutuos de largo alcance.


Parece evidente que, en este contexto, ambos tendrán que mostrar la flexibilidad y el talento necesarios para librar una elección que, de salírseles de las manos, podría traerles consecuencias desastrosas.

Puebla tendrá que estar en el centro de esos acuerdos.

La auténtica cereza del pastel para el morenovallismo podría no ser entregada en bandeja de plata al actual grupo gobernante, ni siquiera en el escenario de que se tengan que sacrificar las aspiraciones presidenciales del poblano y favorecer los intereses electorales del presidente.

¿Una salomónica repartición?

Podría ser.



Hay voces informadas que aseguran que este escenario de supuesta equidad, por lo menos en lo que se refiere al reparto de la candidatura al gobierno del estado y la alcaldía de Puebla, no es descabellado.

La primera posición sería innegociable y quedaría en manos de quien Moreno Valle decida.

La lógica para entregar la nominación a la presidencia municipal de la capital, podría resultar distinta.

Aquí, hay posibilidades de que prevalezca el interés presidencial de no rendir la plaza completa y compensar al tricolor poblano, seis años afectado electoralmente por los pactos cupulares entre Casa Puebla y Los Pinos.

Ayer le platicaba en este espacio dos ejemplos de sacrificios concretos que se vio obligado a realizar el hoy ex gobernador, quien inclusive mandó al cadalso a dos de sus más cercanos e incondicionales aliados (Trauwitz y Cabalán)

Quizás por ello, en la lógica de los operadores electorales y estrategas políticos de Moreno Valle, la alcaldía de la ciudad más importante del estado parece no ser un tema prioritario.

A diferencia de la gubernatura, no han dejado correr a posibles aspirantes reales a alcanzar esta posición.

Y vaya que hay tiradores.

Varios personajes de la burbuja morenovallista se sienten con los tamaños para convertirse en el próximo alcalde y otros creen que han cumplido escrupulosamente con la complicada, y a veces surrealista, meritocracia impuesta por su jefe político.

Sin embargo, no los han dejado moverse.

Por lo menos no con la intensidad necesaria para darle forma a una propuesta electoralmente competitiva.

Todo se ha centrado en analizar y en algunos casos hasta “vender” mediáticamente el perfil de quienes podrían suceder a Tony Gali y a empatar esos nombres con los distintos escenarios que plantea la elección del próximo año, tanto a nivel federal, como local.

Extraño, muy extraño.

Factores externos como el resultado de las elecciones del próximo domingo y cómo quede el nuevo mapa político nacional, a partir de ahí, abonarán o no a la concreción de un amarre con estas características.

Sin embargo, el que siquiera se lo planteen seriamente, nos muestra que el otorgamiento de candidaturas a puestos de elección popular no se hace pensando en impulsar los mejores perfiles para darle forma a los mejores gobiernos, sino cuidando beneficios personales o de grupo que en la mayoría de los casos resultan completamente ajenos al bienestar de los gobernados.

Casos que demuestran lo anterior hemos tenido de sobra a lo largo de la historia.



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